78/100
26 de junio de 2026
Frontiers Music
Yo siempre fui helloweenista. Esto no significa únicamente que me encante la banda alemana, sino también que en mi adolescencia me afané en defender la obra de Helloween ante los éxitos de sus escisiones. Me resultaba muy difícil hacerlo en relación con el soberbio debut de Gamma Ray, Heading for Tomorrow (1990). La respuesta de la banda madre había sido el decepcionante Pink Bubbles Go Ape (1991), disco del que se salvaban tres canciones compuestas por un tal Roland Grapow («The Chance», «Someone’s Crying» y «Mankind»).
El caso es que para mí todo aquello era historia antigua, porque había descubierto a Helloween con Master of the Rings (1994) y me formé en esto del metal disfrutando de su edad de plata. Una época deudora de las composiciones del mentado guitarrista Roland Grapow y del baterista Uli Kusch (quien se había incorporado, precisamente, desde Gamma Ray). El segundo gran cisma vino con la expulsión de estos dos músicos tras The Dark Ride (2000). Ese sí que lo viví en directo. Como respuesta al nuevo grupo que montaron Grapow y Kusch, Helloween pergeñó Rabbit Don’t Come Easy (2003), cuya mediocridad no fue capaz de paliar ni el bueno de Mikkey Dee (Motörhead, hoy Scorpions). Y se repitió la misma historia que con los rayos gamma.
Los «ex» provocaron un terremoto con el homónimo debut de Masterplan (Masterplan, 2003). Lograr la colaboración en ese disco de Michael Kiske (por entonces también ex-Helloween) formaba parte de su plan maestro. No obstante, su gran jugada fue fichar al noruego Jørn Lande, uno de los mejores barítonos que ha dado y dará el power metal.
Espoleado por influencias que iban desde el hard rock al prog, y con cierto halo de melancolía, Masterplan se convirtió en la «next big thing» del europower y se instaló en la zona noble de los carteles de los festivales. Cuando se publicó Aeronautics (2005), incluso mi fe en la superioridad intrínseca de Helloween empezó a tambalearse. Aquello no fue a mayores porque Lande partió, Kusch también, y el plan de Grapow se fisuró.
La última vez que Masterplan entró al estudio para grabar un disco, este era de versiones. De Helloween, ni más ni menos (PumpKings, 2017). Obligar a Rick Altzi, un cantante inferior a Andi Deris, a abarcar también el registro de Kiske me pareció un ejercicio de sadismo para con el vocalista de At Vance. Estaba convencido de que lo siguiente sería el funeral de Masterplan. Pero Grapow ha llamado a filas a sus muchachos: «Still we go on the metal highway!». Trece años después de su último disco con material original, llega Metalmorphosis.
El título no es muy acertado, porque el álbum es igual de metálico que cualquier otro de Masterplan y no hay cambios en su formación desde su anterior trabajo. A Grapow y a Altzi los acompañan Axel Mackenrott, exteclista de Gamma Ray presente en la banda desde Aeronautics, el legendario exbajista de Stratovarius, Jari Kainulainen, y el baterista Kevin Kott (At Vance).
Tras un teclado introductorio, «Chase the Light» da el pistoletazo de salida con un ritmo de batería similar al que hacía lo propio en «Revelation» (Helloween, Better Than Raw, 1998), para desembocar en un estribillo hímnico. Cumple con su cometido, que no es otro que recordarnos que esto es power metal con ADN de la banda de Hamburgo, pero con un sonido más solemne. Acto seguido, llega «Electric Nights». Curiosamente, más que a Helloween, identifico en esta canción a Gamma Ray. Grapow se luce en el solo, porque como bien demostró en su infravalorado álbum en solitario Kaleidoscope (1999), siempre fue un auténtico guitar hero. Arranca bien Metalmorphosis.
Una de las clásicas virtudes de Masterplan fue adentrarse en una oscuridad que el europower se esfuerza en esquivar. Pocas veces lo ha hecho tanto como en «Shadow Man», un hombre sombrío que seguramente sea finlandés. Su atmósfera goth podría firmarla Tarja Turunen y varios riffs llevan el sello de Alexi Laiho (Children of Bodom, quien fue un gran fan de Helloween, por otro lado). Más previsible para Masterplan es «Bound to Fall», cuyo estribillo evoca el de «A Million to One» (Helloween, The Time of the Oath, 1996).
«Pain of Yesterday» es una balada hard rockera en la que se integra una de esas melodías orientales tan del gusto de Grapow. Este tipo de canciones dependen mucho del desempeño vocal, que es lo que convirtió «Lonely Winds of War» en una joya (Time to Be King, 2010). Rick Altzi no es mal cantante y sería injusto exigirle ser Lande, porque pocos podrían. El problema es que nunca me transmitió mucho y ahora, con el peso de la edad, menos. No pretendo ser excesivamente duro con el sueco, pero «Pain of Yesterday», con una voz que me resultara más emotiva (la de Mike DiMeo, también ex-Masterplan, mismamente), podría ser espléndida.
Llegamos al tema título, donde Masterplan da rienda suelta a sus tendencias más progresivas y grandilocuentes. «Metalmorphosis» es estructuralmente compleja, a veces de forma artificiosa, y, viniendo de una balada, acaba aburriéndome. Hubiera funcionado mejor como cierre del disco. Afortunadamente, «Through the Storm» me espabila con power metal de principios de siglo y mucho aroma a calabaza. No es demasiado original, pero será de las preferidas de quienes busquen una dosis del Masterplan de «Heroes» (Masterplan, 2003).
«Ghostlight» es un midtempo de esos que, como suele decirse, «ganan con las escuchas». Este lo hace, pero tampoco demasiado, pese a los esfuerzos de Kott. De aquí pasamos a «The Call», nuevamente muy progresiva y, además, innecesariamente larga. No le vendría mal recortar alguno de sus más de ocho minutos, aunque sus transiciones funcionan mejor que las del tema título. El luminoso teclado inicial me sirve para refrescar por qué vendí mi corazón a la melodía y la música de Masterplan. Lo malo es que a ratos agarra el micrófono el mismísimo Roland Grapow, cosa que ya había hecho en «Chase the Light». En «The Call» se desmadra un poco, hasta el punto de hacerme desear que vuelva la voz de Altzi.
Metalmorphosis concluye con «Rise Again», single que fue publicado aisladamente en 2024, que se beneficia ahora de una mejor producción y donde hay ecos de Manowar. Es una canción que transmite optimismo y es marca de la casa, entre el hard rock y el power metal.
Llevo varios meses dándole vueltas, en todos los sentidos, a este álbum. No es malo, ni muchísimo menos. Pero el tiempo para que Masterplan fuera rey ya pasó. Si nos centramos en la etapa de Rick Altzi, es mejor disco que Novum Initium (2013), mucho más disfrutable en su conjunto. Sin embargo, carece de un tema capaz de enganchar con la inmediatez de, por ejemplo, «Black Night of Magic».
Es posible que Metalmorphosis no esté dirigido a quienes vivimos la edad de oro de Masterplan sino, al contrario, a quienes no la conocen. Es una buena entrada para descubrir a un grupo que lleva tanto tiempo en silencio y, así, comprender por qué brilló como una estrella fugaz hace más de veinte años.


Doctor en Derecho, licenciado en Ciencias Políticas, novelista especializado en fantasía y bajista en excedencia. Apasionado del metal en todas sus formas, debuto como redactor musical en Stairway to Rock.
Descubre más desde Stairway to Rock
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
