Deep Purple — Splat!

91/100

3 de julio de 2026

earMUSIC

 

Hablar de Deep Purple es hacerlo de un grupo seminal para la génesis del hard rock y del heavy metal. Aunque la profundidad del púrpura es de tal magnitud que también puede ofrecernos, incluso en una misma canción, pasajes que van del funk a la música clásica. No voy a perder el tiempo presentando a los titanes de Hertford. Sí considero útil, no obstante, detenerme en su actual encarnación antes de analizar su vigésimo cuarto álbum de estudio.

 

Podríamos situar el origen de la historia más reciente de la banda inglesa en Now What!? (2013). Ahí comenzó la sucesión de álbumes (brillantemente) producidos por Bob Ezrin, un profesional que siempre deja su sello. Sin embargo, para valorar Splat! es más importante centrarnos en lo que ocurrió en 2022. Fue entonces cuando el virtuoso multinstrumentista Simon McBride (Sweet Savage) sustituyó a Steve Morse, dando así lugar a la novena formación del grupo inglés. Es decir, la «Mark IX», acompañando McBride a Ian Gillan (voz), Roger Glover (bajo), Ian Paice (batería) y Don Airey (órgano Hammond).

 

Ian Gillan nació antes de que finalizara la Segunda Guerra Mundial. Sirva el dato para calibrar su mérito cada vez que se sube a un escenario y para no criticar una voz que se conserva razonablemente bien. McBride todavía no ha cumplido los cincuenta. Era previsible que su entrada a la guitarra insuflara energía a sus octogenarios compañeros.

 

Desde su incorporación, detecté la voluntad de recuperar la faceta más épica de la banda. Podría mencionar a este respecto la versión de «Child in Time» publicada para promocionar la última temporada de la serie Stranger Things (2025), pero me parece más significativo el retorno a los setlists del grupo, según aterrizó McBride, de ese temazo que es «Anya» (The Battle Rages On…, 1993). Y es que el estilo del músico de Belfast, aun con todo su tecnicismo a cuestas, me parece más cercano al de Ritchie Blackmore que al de Steve Morse.

 

Sólo imaginar el potencial de sus interacciones con Don Airey me hizo salivar. Son muchos los que gustan de invocar una verdad de Perogrullo: Airey nunca será el añorado Jon Lord. A ellos les replico: ni falta que le hace, siendo el teclista detrás de piezas como Mr. Crowley (Ozzy Osbourne, Blizzard of Ozz, 1980) o A Touch of Evil (Judas Priest, Painkiller, 1990). Ese tándem anticipaba grandes cosas para esta «Mk IX». En el anterior álbum de Deep Purple, la sinergia AireyMcBride se empezó a notar, particularmente en la sublime «Bleeding Obvious» (=1, 2024). Ahora ha llegado el momento de averiguar cuáles son sus límites.

 

 

Splat! es un álbum que roza lo conceptual y que versa sobre el fin de la humanidad, en un sentido más New Age (como refleja la portada) que apocalíptico. Estamos ante un disco de menos de una hora de duración y con canciones cortas, especialmente para los estándares de Deep Purple. Como ya sucedía en su predecesor =1 (2024), la más larga no llega ni a cinco minutos.

 

«Arrogant Boy» es la primera, y no se me ocurre mejor forma de empezar. Un riff velocísimo nos invita a acompañar a Deep Purple por esa carretera que tantas veces ha transitado. Es un viaje muy entretenido, porque Don Airey y McBride conversan continuamente.

 

Gillan no ha perdido las buenas costumbres y se luce en este disco con letras muy divertidas, presentándonos a varios personajes inadaptados. Tenemos al narcisista «The Rider», a «The Lunatic» (que lo es porque piensa por sí mismo) o a quienes frecuentan el bar de Jessica, un negocio que se anuncia con errata («Jessica’s Bra»). Mención especial merece el sujeto que dialoga con un caballo en la magnífica «The Only Horse in Town». Y, en «Arrogant Boy», nos habla de un tal Billy, ácrata analfabeto que desafía a las élites. Letras al margen, voy a atreverme a decir que es el mejor single de Deep Purple del siglo XXI.

 

El segundo single, que además es la segunda canción de Splat!, fue «Diablo», más atmosférica que la anterior y en la que colabora el guitarrista country Keith Urban. «Diablo» encaja mejor con lo que venía ofreciendo la «Mark VIII» desde que Bob Ezrin tomó las riendas de la producción. No quiero que se me malinterprete: el Deep Purple experimental de los últimos tiempos me gusta. «Throw my Bones» (Whoosh!, 2020) es una canción que sigo escuchando muchísimo. En este disco encontraremos también buenos temas en esa línea, como el homónimo «Splat!» o el propio «Diablo». Pero después de deleitarme con «Arrogant Boy», este otro single no me convenció tanto.

 

Fue el tercer adelanto el que despejó mis dudas. Esa antesala del solo… ¿Ya he dicho que habían recuperado su lado más épico? Las aventureras transiciones de «Guilt Trippin’», que incluye un hipnótico piano a caballo entre el jazz y el flamenco y, al mismo tiempo, un riff muy duro, me gritaban (como grita Gillan en esta canción) que se avecinaba algo grande.

 

La onomatopeya del título sugiere que nos va a dejar planchados, pero lo que hace Splat! es devorarte a base de calidad, ingenio y melodía. Y, también, potencia. Sin que sirva de precedente, su campaña publicitaria no mentía. En su conjunto, es lo más heavy que ha hecho Deep Purple en mucho tiempo.

 

Dicho esto, lo cierto es que, ante un álbum de este calibre, es irrelevante la etiqueta que queramos ponerle. En algunas canciones tenemos, en efecto, incontestables riffs de heavy metal («Scriblin’ Gib’rish»). En muchas otras, puro prog rock. Y quien busque blues, por supuesto, lo encontrará («The Beating of Wings»). Por haber, hay incluso retazos de folk escocés («Sacred Land»). McBride y Airey me colman con más duelos de guitarra y teclado, al nivel de los de la mejor época de Deep Purple, de los que me hubiera atrevido a exigirles: «My New Movie» es el mejor ejemplo. En otros momentos, son el bajo y la batería los que nos dejan tramos memorables («Third Call»).

 

Todo lo que pueda decir de cada tema individualmente considerado es secundario. Cuando conectas tanto y tan rápido con una obra en su totalidad, los circunloquios sobran. Splat! es música con mayúsculas y confirma que la «Mk IX» todavía puede tener mucho que ofrecer. Siempre que las parcas lo permitan, claro está.

 


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