Rock Imperium – Día 2 – Parque El Batel – Cartagena
4 de julio de 2026
Madness Live!
Fotos: Tigran Gregorian
Crónica: J. A. Díaz
Escipión necesitó todo un ejército para adentrarse en Qart Hadasht. Yo lo tenía más sencillo: me bastaba con un coche para llegar a tiempo de presenciar la descarga del integrante neoyorquino del Big Four del thrash, concluido el periplo que anunciaba en mi crónica de la primera jornada. Pero no fue fácil, porque era el día grande de este Rock Imperium y ya sabemos lo que conlleva la mera presencia de Iron Maiden. La asistencia y el tráfico se habían multiplicado. Allí acudieron a hacerse la foto la alcaldesa de la ciudad, Noelia Arroyo, e incluso el presidente de la Comunidad Autónoma, Fernando López Miras, con quien me crucé, sorprendentemente integrado en el ambiente, camino de «La Escalera». Logré mi objetivo, y puedo decir que los únicos conquistadores ayer fueron dos leyendas del metal.
Anthrax
Hacía muchos años que Anthrax no se dejaba caer por nuestro país y ardía en deseos de ver su estado de forma, en vísperas de la inminente publicación de su próximo álbum (Cursum Perficio), a pesar de la ausencia del gran Charlie Benante. Desde aquí le deseamos una pronta recuperación de su lesión. Puede estar tranquilo, porque las baquetas están en buenas manos: Darby Todd percutió como un reloj. Una hora nos supo a muy poco, y yo personalmente me rasgué las vestiduras por la sacrificada «I Am the Law», pero es lo que tienen las limitaciones propias de los festivales.
Los neoyorquinos eran conscientes de que no tenían el tiempo a su favor, así que no hicieron concesiones. Antes de que sonara su conocida versión del tema de Joe Jackson, habían abierto con «Among the Living», que empalmaron con la mentada «Got the Time». El público estaba integradísimo, cantando a pleno pulmón. Nos despistaron con el punteo inicial de «The Ripper» (Judas Priest), pero la tercera canción que cayó, para deleite del personal, fue «Madhouse». Un frecuente manguerazo de agua nos permitía sobrevivir al calor, y buena falta que hacía, porque después vino «Caught in a Mosh».
A este respecto, he de decir que los pogos fueron escasos. El público, como ya he dicho, cantaba y saltaba cuernos en alto, pero eso de los circles pits o los walls of death no iba con él. Podríamos atribuirlo al calor, a la edad media o a su perfil mayoritariamente maidenesco. El propio Scott Ian, sonriente y disfrutón en todo momento, preguntó en castellano al respetable si le gustaba el thrash y, ante la tímida respuesta, pidió perdón por su mala pronunciación. No era tan mala, y eso lo explica todo.
Sea como fuere, en modo heavy y no thrash, la gente se lo pasaba en grande y las gargantas siguieron sufriendo con «Medusa». En «Keep it in the Family» bajaron un poco las revoluciones, cosa que necesitábamos ante la intensidad de lo que estábamos viviendo. Me voy a permitir contar aquí una anécdota que me alegró la velada, porque yo también acumulo más años de los que me gustaría.
Delante de mí se encontraban un tipo cincuentón con dos adolescentes, probablemente sus hijos, chico y chica. Anthrax anunció que iban a tocar el single de adelanto de su nuevo disco, disponible desde hace ya dos meses en plataformas de streaming. No insistiré en el perfil del público, pero puede imaginar el lector lo que sucedió: algunos rezongaron y otros aprovecharon para ir al baño. Esos dos adolescentes se miraron cómplices, enloquecieron, bailaron y la cantaron con la letra perfectamente memorizada. El tema se llama, por cierto, «It’s for the Kids». A los no tan niños les costó algo más, pero también acabaron metiéndose en ella, ondeando los cuernos en el estribillo. Gran parte de ese mérito debe atribuírsele a Joey Belladonna.
No es ningún secreto que me encanta John Bush. Eso dice mucho cuando afirmo que prefiero, especialmente al frente de Anthrax, a este iroqués-italo-americano. Belladonna siempre ha sabido cantar, cosa que en el thrash no es tan común, pero ante todo es uno de los mejores frontmen que ha dado el género. Durante todo el concierto se movió, saltó, corrió, se asomó a las cámaras para que en la lejanía se pudieran ver en pantalla simpáticos primeros planos y levantó continuamente los ánimos de los allí presentes. Mereció ayer un particular elogio porque, con la otra gran versión del grupo, la del himno de Trust, hizo discretamente un gesto a su equipo, que captaron fugazmente las pantallas, indicando que tenía las cuerdas vocales al límite.
Es cierto que no rindió en plenitud de facultades, pero también cumplió con la mencionada «Antisocial» y con «Indians». En esta última, más allá del rendimiento vocal, lo que hizo el cantante fue descender a darse un baño de masas, mientras se alargaba la que fue canción de cierre. No hubo tiempo para más, y el grupo se despidió entre vítores. Sonó entonces por megafonía el «Long Live Rock ‘n’ Roll» de Rainbow. Conviene recordar que hace un par de años Belladonna montó una banda tributo a Ronnie James Dio y, como seguía por el escenario y todavía tenía el micro enchufado, se marcó un breve karaoke para despedirse al grito de «long live the king!».
Anthrax puso el listón muy alto. Pocos grupos hubieran podido superar su actuación, aun teniendo en cuenta su brevedad. Pero claro, Iron Maiden, si quiere, puede ser uno de ellos.
Iron Maiden
He perdido la cuenta de las veces que he visto en directo a Iron Maiden. Uno de mis primeros conciertos de metal fue precisamente suyo, con Blaze Bayley al frente. Me gustaría poder decir otra cosa: esa es la triste infancia que me tocó vivir. Ayer llevaba yo puesta una camiseta de Anthrax pero, dado que el ambiente del festival lo pedía a gritos, desempolvé mi battle jacket, cuyo parche central es el del single «2 Minutes to Midnight», publicado el año en el que nací. Aburro al lector con esta perorata para transmitir que, en fin, mi relación con la Doncella tiene su recorrido. Menos que el de muchos de sus fieles veteranos congregados en el Rock Imperium, claro, pero algo es algo.
Pues bien, no recuerdo un mejor sonido que el que nos ofrecieron en este Rock Imperium, al menos desde donde yo estaba. Similar, pocas veces. Mi más sincera enhorabuena a los técnicos. Me preocupaba también la aglomeración, pero logré aposentarme con mis acompañantes en una zona de sombra algo escorado a la derecha y lo vimos estupendamente. Así que bien también por la organización, que no fue presa de la codicia, como siempre es de temer cuando un grupo te permite vender entradas ad infinitum. El aforo se mantuvo en condiciones habitables.
Voy a seguir confirmando que ya chocheo con otro episodio, pero mucho más reciente. En un Wacken Open Air hace tres años, un buen amigo le preguntó a un jovenzuelo que pasaba por allí su opinión por el concierto que acababa de dar Iron Maiden. La respuesta fue de las que duelen: «no me gusta el hard rock para boomers». Que se tildara así a los profetas del heavy metal se explicaba, en realidad, por una cosa bien sencilla. El setlist.
No quiero inducir a error: hay joyas en la discografía post–Brave New World (2000) de los ingleses. La mastodóntica «Empire of the Clouds» (The Book of Souls, 2015) es un monumento al prog metal. Pero cuando eres Iron Maiden, no es que tengas fondo de armario: es que en el fondo de tu armario se encuentran unas canciones que han edificado todo un género musical. Si alguien no te conoce y sólo le presentas el modelito de la última Pasarela Cibeles, es normal que te calumnien.
Hablando de ropa, la velocidad de Bruce Dickinson en cambiarse una y otra vez de atuendo fue, como siempre, apabullante. La noticia es que todas y cada una de las temáticas de sus vestimentas iban referidas esta vez a un temazo de heavy metal.
Ya sabemos cómo va la cosa: sonó el «Doctor Doctor» de UFO por megafonía y los fieles se colocaron en sus puestos. Arrancamos con un repaso a la etapa del tristemente fallecido Paul Di’Anno: «Murders in the Rue Morgue», «Wrathchild», «Killers» (donde desfiló el primer actor disfrazado de Eddie por el escenario) y «Phantom of the Opera», anunciada en pantalla tras abrirse unas cortinas. Unas imágenes de Nosferatu (1922) de Murnau anticipaban que nos adentrábamos en la era Dickinson: «The Number of the Beast». El cantante ya no llega a los agudos más altos, pero no falla una nota. Este moderno hombre del Renacimiento canta de la misma manera que, es de suponer, pilota: sobre seguro.
Después vino la «rareza» del repertorio, «Infinite Dreams». Rareza que no lo es tanto, especialmente en este país, habida cuenta de que varios de sus riffs han servido de «inspiración» a un exitoso grupo cuyo nombre no habré de pronunciar ahora. Pirámides en pantalla, atuendo azteca de Dickinson e, inevitablemente, llegó «Powerslave». Cuando terminó esa canción eran las 21:45 horas y estaba anocheciendo. Por tanto, era obligatorio que las huestes de Steve Harris, impecable con su bajo ametrallante, tocaran mientras quedaba luz «2 Minutes to Midnight».
Cuando pasaron esos minutos, ya era de noche. Dickinson se metió en su papel de cuentacuentos para hablarnos de la historia de un marinero, lamentando que él también estaba rodeado de agua por doquier, al no contener su botella nada más espirituoso. Los amantes del prog se deleitaron con «Rime of the Ancient Mariner», presentada en su integridad. Cuando acabó, continuaron con «Run to the Hills», dejándonos ya afónicos a todos. Siguió «Seventh Son of a Seventh Son», con Dickinson derrochando carisma en la parte narrada. Nos sacó del trance «The Trooper», en la que Eddie cambió momentáneamente de nacionalidad para ondear una bandera española.
Preciosa la puesta en escena de «Hallowed Be Thy Name», con el cantante encerrado en una jaula, para luego recorrer unas escaleras hacia el patíbulo perseguido por un espectro y ser finalmente ahorcado. Terminó en falso el concierto con un retorno a la era Di’Anno: «Iron Maiden». Digo que fue en falso porque, obviamente, había un bis. Antes estas cosas funcionaban mejor, pero hoy, la mayor parte de los asistentes a un concierto conocen de antemano, gracias a Internet, lo que un grupo grande va a tocar desde el primer concierto de su gira. Así que Iron Maiden no se creyó tampoco mucho su propia pausa y rápidamente enfiló la recta final.
El discurso de Winston Churchill en las pantallas, como manda la tradición, precedió a «Aces High». Después, para algarabía general, «Fear of the Dark» logró la comunión de miles de integrantes de la hermandad del metal, que coreamos cada nota. Un momento que siempre es impresionante por muchas veces que lo vivas. Dickinson adaptó los versos iniciales para la ocasión: «en España after dark», cantó. El estricto recorrido por el siglo XX de la banda y el propio concierto concluyeron con «Wasted Years», unos años que, diga lo que diga su letra, este grupo no desaprovechó en absoluto.
Espectacular Iron Maiden. En pocas horas, mi garganta tendrá que volver a estar en condiciones para destrozar «Queen of the Reich». Difícil tarea. Mientras pueda teclear, no obstante, aquí estará Stairway to Rock para concluir la crónica de un festival que, después de lo de ayer, pasará a la historia.

Doctor en Derecho, licenciado en Ciencias Políticas, novelista especializado en fantasía y bajista en excedencia. Apasionado del metal en todas sus formas, debuto como redactor musical en Stairway to Rock.
Descubre más desde Stairway to Rock
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.






































