Plastilina Mosh salda su deuda con Barcelona: una fiesta 26 años después

Plastilina Mosh

13 de septiembre de 2026

Sala Bikini

Barcelona

Texto y fotos: Markceröck

Hay deudas históricas que solo el paso del tiempo y una buena dosis de nostalgia ácida pueden saldar. Decir que habían pasado casi dos décadas y media desde que el dúo de Monterrey pisó la Ciudad Condal por primera vez a finales de los noventa no es una cifra menor; es prácticamente la vida entera de una generación. Sin embargo, la noche del pasado domingo, la Sala Bikini no entendía de calendarios ni de madrugones de lunes. Aquello se vivió con el descaro y la temperatura de un viernes eterno.

 

Ahí estábamos, frente al escenario, esperando la reaparición de Jonás González y Alejandro Rosso en esta parada de su Europa Tour 2026. La fórmula en directo se mantiene fiel al genoma original del grupo: Jonás al frente con la guitarra eléctrica, el bajo ocasional, las cuerdas vocales rasgadas y la pura actitud rockera; Rosso capitaneando la trastienda desde los teclados, sintetizadores, samplers y esa dirección musical refinada que baila libremente entre el jazz, la bossa nova y la electrónica pesada. Flanqueando al dúo, una sección rítmica de lujo con Héctor Brago a la batería y Cristian Mollet al bajo —impecables en su rol de sostener el groove orgánico entre las pistas y detonadores— completaba una alineación de formato clásico pero demoledora. Sin artilugios de más, sin teloneros de renombre ni colaboraciones impostadas. Puro Plastilina Mosh.

 

 

La noche arrancó a quemarropa con “Niño bomba”, soltando un latigazo de riffs afilados y una base pesada que puso a saltar la sala desde el segundo uno. Sin aliento para procesar el impacto, empalmaron con la sátira acelerada de “Te lo juro por Madonna”, donde los sintetizadores pegajosos de Rosso y la ironía intacta del texto fueron coreados al unísono por una masa entregada. La densidad subió de golpe cuando sonó “Monster Truck”, un verdadero tanque aplastante apoyado en un bajo distorsionado y una batería con un groove aplastante, dando paso casi sin pausa a la cadencia noventera y la voz desgarrada de “Oxidados”.

 

El pulso cambió suavemente hacia terrenos más funkis y refrescantes con “Aló” y la soltura festiva de “Enzo”, marcando un interludio de hip-hop alternativo que hizo fluir el movimiento colectivo en la pista. Pero el remanso duró poco: la velocidad volvió a salirse de madre con “Pinche Stereo Band”, desatando una explosión de guitarras encendidas y un descontrol vocal que encendió el primer pogo serio de la velada.

 

 

Tras el sudor inicial llegó uno de los instantes más personales de la cita. Las luces bajaron ligeramente y la banda hizo una pausa. Jonás lanzó un entusiasta «¡Qué chido!» al preguntar al público quién los había visto allá a finales de los 90 en su visita previa. Entre risas, recordó cómo de pequeño veía las películas del galán clásico Mauricio Garcés junto a su tía. Aquel viaje afectivo sirvió de alfombra roja para que la banda arrancara con la brillante interpretación instrumental de “Ode to Mauricio Garcés”.

 

La temperatura en la Sala Bikini ya era sofocante. «Purrum, pum, pum, ¡qué pinche calor!», soltó Jonás entre risas, desencadenando la respuesta inmediata de un público que le coreó a pleno pulmón el clásico «¡Mucha ropa!». Recogiendo el guante, el vocalista procedió a descamisarse para mostrar una camiseta de El Tri —auténticos patriarcas del rock mexicano— mientras rememoraba su participación en la banda sonora de Todo el poder, confesando entre risas que esa canción fue en su momento un guiño desenfadado de Plastilina Mosh jugando a ser una banda de metal.

 

 

Con Jonás consolidado como el interlocutor y showman indiscutible de la cita, anunció con actitud provocadora: «Vamos por una rola nueva», dando entrada a “Cínicos, pecadores y blasfemos”, de guitarras oscuras, sonido áspero y un aura agresiva que retumbó en las paredes de la sala. De inmediato viraron al terreno urbano con “Afroman” («¡Sí señor, ya saben quién está aquí!»), donde tras una cuenta atrás de «1, 2, 3, 4», dispararon una línea de bajo y vientos tan contagiosa que nadie pudo quedarse estático.

 

El clímax de la guasa llegó antes de “Human Disco Ball”. Tras soltar unos chistes entre ellos, Rosso se despachó un homenaje al clásico “Robot Rock” de Daft Punk reconvertido magistralmente en un «Cumbión Perrón». La Sala Bikini mutó por completo en una discoteca cuatro por cuatro envuelta en luces y electro-funk frenético.

 

A continuación llegó “Millionaire”, precedida por otro dardo de Jonás hacia el «Maestro Rosso», acusándolo con humor de no contestarle nunca las llamadas y rematando con un: «Habría que hacer un grupo de WhatsApp solo para ti, pero seguro solo mandarías stickers». La rola cayó como un mazazo electrónico irónico, directo y de ritmo pesadísimo.

 

 

Al encarar el tramo decisivo, Jonás lanzó un mensaje de reencuentro que sonó a promesa: «Ya estamos entrando a la recta final… Cuando terminemos el show vamos a regresar pronto otra vez, no van a pasar otros 25 años de distancia. A pesar de que hoy es domingo, ¡aquí se siente como si fuera viernes!».

 

Así irrumpió “Peligroso Pop”, cuyo riff inicial puso a cantar a media sala hasta que la caja de ritmos explotó, desatando el baile desenfrenado. Le siguió “Pervert Pop Song”, introducida con afecto («¡Qué bonito reencuentro, cabrones! Vamos a tocar un par más»). Jonás la arrancó a cappella a dúo con la gente en una postal coral hermosísima, para luego atravesar el tema mezclándole de forma desvergonzada el estribillo popero del “Vamos a la playa” de Righeira.

 

Para el estallido definitivo reservaron “Mr. P. Mosh”. Jonás nos situó en el mapa del tiempo: «A punto de despedirnos, vamos a continuar donde nos quedamos hace 26 años. Estaba de moda esta canción en México y en la señal de MTV Latino». Acto seguido dividió a la sala, pidiéndole el coro a las chicas («Woah-oh-oh-oh-oh») y, con un rayado de aguja en las máquinas y un sentido «¡Éjale, güey!», arrancó el himno indiscutible. La fusión de swing, surf, rock alternativo y una armónica endemoniada desató un moshpit salvaje en el centro de Bikini. La ovación final cerró con el clásico cántico futbolero «¡Olé, olé, olé, P. Mosh!» y la infaltable foto de familia desde el escenario.

 

 

Cuando todos esperaban el teatro habitual del bis, Jonás fue brutalmente honesto con la parroquia: «El rock and roll tiene un protocolo: salimos, nos despedimos, nos hacemos pendejos… Pero como nosotros somos punks y rebeldes, nos vale verga el protocolo del rock y nos quedamos aquí con ustedes. Además, es el fin de la gira y bajaremos a beber cervezas con ustedes».

 

Con esa declaración de intenciones arrancó “Nalguita” sobre un riff sumamente funky y el coro masivo de «Ay doctor, tengo mal de amor…». La canción sirvió para la presentación individual de la banda, dándole a cada músico su momento de gloria: el espectáculo del one-man show Héctor Brago en la batería, Cristian Mollet luciéndose en el bajo y un Alejandro Rosso que dio una lección magistral demostrando cómo se toca jazz desde los teclados.

 

 

«Nosotros somos Plastilina Mosh. Prometemos regresar, ¡los queremos un chingo!», se despidió la banda tras hacer retumbar la última nota. Sin poses postureadas, con la frescura intacta de los años noventa y la solvencia técnica de los grandes referentes, Plastilina Mosh no solo saldó su deuda con Barcelona, sino que convirtió un domingo cualquiera de septiembre en una fiesta memorable. Ojalá esta vez no tengamos que esperar dos décadas para volver a verlos.

 


Descubre más desde Stairway to Rock

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta