The Real McKenzies
21 de julio de 2026
Sala Upload, Barcelona
Texto: Marc Fernández
Fotos: Markceröck
Fundados en 1992, The Real McKenzies son auténticos pioneros del punk celta, pese a quedar a la sombra grupos como Dropkick Murphys y Flogging Molly. Paul McKenzie sigue siendo el alma máter y el capitán de este barco pirata del punk rock y su directo en Barcelona demostró que, aunque los años pasan, la energía tabernera y la mala uva siguen intactas.
Sin respiro desde el minuto 1
Los canadienses salieron a morder desde el primer segundo. Abrir con «Shackleton» (tributo a la épica y a la supervivencia en las condiciones más duras) marca el tono aventurero y rudo de la banda, creando los primeros pogos en la siempre claustrofóbica pista escalonada de la Upload. Canciones como «Due West» y «Culling the Herd» sirvieron para mantener esta energía y dejar claro que la sección rítmica venía a atropellar a todo quisqui.
Tras un inicio que arrasó con todo, la banda bajó, medio cambio las revoluciones, para sumirnos en la épica tabernaria de un viernes por la noche en Escocia. «Black Agnes» es un clásico infalible que invita a levantar las jarras (o los vasos de plástico) en alto, mientras que cortes como «The Skeleton and the Tailor» demuestran la habilidad del grupo para narrar historias oscuras y teatrales sobre una base de punk melódico ultrarrápido.
Su propuesta sigue siendo un puente perfecto entre la furia del hardcore melódico/punk de la costa oeste canadiense y el folclore tradicional escocés. En directo no buscan la perfección técnica académica de Dream Theater, sino la comunión etílica y festiva con el público, convirtiendo cualquier sala en un pub de Glasgow un sábado por la noche. De algún modo casó muy bien con el respetable de una ciudad condal que siempre ha sido muy punki, atrayendo a un curioso público que mezclaba samaritanos del Viña Rock, del Rock Fest y a un buen puñado de expats con ganas de juerga.
El humor gamberro y socarrón de Paul McKenzie sale a relucir en temas con títulos tan descarados como «I Wanna Eat Sardines (With Yer Mother)», que siempre arranca sonrisas y descargas de adrenalina absurda entre las primeras filas, que en este concierto incluso llevaron a cabo varias incursiones al escenario. Justo después, «Kings of Fife» (no, no es una canción de Gloryhammer) devolvió el orgullo escocés a la sala con su estribillo coreado a pleno pulmón por toda la parroquia barcelonesa.
«Nessie» (el homenaje al monstruo del lago Ness) y el medley tradicional de «Lassie / Roamin’ in the Gloamin'» conectan directamente con las raíces de los Highlands, recordándonos que lo que hacen es punk rock con una falda escocesa bien puesta (aprende Alestorm) y mucho respeto por el folclore popular.
Si el ritmo ya venía quemando suela, el bloque final fue una fiesta desbocada orientada al colapso físico. Temazos como «Drink Some More» y «Pour Decisions» funcionaron como himnos absolutos al desenfreno. Pero lo más sonado de la noche no estuvo solo en los surcos de los discos, sino en el escenario: con un Paul McKenzie defendiendo el tipo con el brazo en cabestrillo, la estampa era insuperable. Eso sí, el patriarca del punk celta estuvo bien cubierto: el gaitero de la banda se encargaba de ir abriéndole las latas de cerveza entre tema y tema para que no faltara la hidratación tabernera. ¡Auténtica hermandad escocesa sobre las tablas!
Y hablando de hermandad escocesa, una situación que me resultó cuánto menos curiosa se dio cuándo el bueno de Paulhabló de cómo los escoceses habían sido las primeras víctimas del imperialismo inglés, trazando un claro puente con los sentimientos nacionalistas de un público catalán que siempre ha visto en los escoceses a una suerte de primos lejanos, solo para proceder a referirse a los mismos como España una y otra vez. Para alguien que se jacta de leer tanto, quizás debería haber hecho sus deberes de geografía e historia antes del concierto, aunque solo fuera para quedar bien.
Si algo demostró el público barcelonés es que sabe entregarse por completo a la causa. Con los primeros acordes de «The Tempest», la sala entera pareció transformarse en una galera en mitad de altamar: el público se puso a remar en masa, sentado en el suelo de la pista como si de un concierto de Amon Amarth se tratara. Ver a decenas de almas coordinadas remando al son del punk celta fue una de las estampas más surrealistas, divertidas y épicas de la noche.
Y por si quedaba energía en el tanque, llegó «Chip», el himno indiscutible y la canción más famosa de la banda. El tema desató la locura colectiva de tal manera que las barreras invisibles entre músicos y público desaparecieron por completo: varios asistentes se subieron al escenario a bailar sin importarles la seguridad de la sala (¡un saludo a los sufridos seguratas de la Upload!), convirtiendo las tablas en un caos festivo donde el brazo en cabestrillo de Paul McKenzie era lo único medio seguro en medio de la marabunta.
Para rematar la faena, eligieron cerrar con «Scots Wha’ Ha’e» (el histórico poema de Robert Burns convertido en himno de batalla). Fue la manera perfecta de cerrar el círculo: orgullo, historia y una descarga final de punk rock enérgico que dejó a Barcelona con los oídos zumbando, una sonrisa de oreja a oreja y la certeza de que a The Real McKenzies no los para ni una lesión.
Al final el concierto de The Real McKenzies fue un reflejo de sus temas: corto (una hora justa de show), directo y lleno de adrenalina. Supieron meterse al público rápidamente en el bolsillo, y aunque la experiencia fue pletórica, no puedo sino lamentar que nunca hayan alcanzado la repercusión mediática de algunos de sus compatriotas de estilo.
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