Karma
19 de julio de 2001
Noise Records
Kamelot no lo tuvo fácil. La banda de Tampa (Florida), en lugar de dedicarse al death metal, optó por el power. Pero no por el USPM: los estadounidenses, desde su debut Eternity (1995), se insertaron en la corriente europea del subgénero, esa en la que se admiten teclados sinfónicos. Nadie les prestaba demasiada atención hasta que se incorporó, proveniente de Conception, el cantante noruego de ascendencia tailandesa Roy Khan. The Fourth Legacy (1999) hizo que Kamelot empezara a ser un nombre a tener en cuenta, al menos en Europa. Sin embargo, el verdadero despegue no se produjo hasta el álbum cuyo 25 aniversario celebramos hoy.
Con todo un ejército de músicos colaboradores, al violín, al chelo, a la viola e incluso a la flauta japonesa shakuhachi, Karma nació con vocación de grandeza. De entre esas colaboraciones, destacan la de Michael «Miro» Rodenberg, que se ocupó de los teclados, y la de Sascha Paeth (Heavens Gate), que ayudó con las guitarras. Dos nombres con un inmenso pedigrí, sin los cuales no se podría explicar la explosión de europower de finales de la década de 1990. Entre sus múltiples méritos se cuenta también haber sido los productores de Karma.
El disco
Contiene este álbum tres (o seis, según se mire) canciones que, además de ser sublimes, vertebran su espíritu. Estoy hablando de «Forever» (acompañada de su intro, «Regalis Apertura»), del tema título y de la monumental «Elizabeth», que está dividida en tres partes.
Todo álbum de power metal de la época debía comenzar con una majestuosa (en este caso, hasta el título lo recalca) intro de teclado. Sin que sirva de precedente, esta no me parece superflua, porque enlaza bien con «Forever», una de las mejores canciones de power metal de todos los tiempos. Kamelot debe opinar parecido, porque es su tema más tocado en directo. Se trata de una variación de «La canción de Solveig» del compositor noruego Edvard Grieg. Los floridanos habían logrado ya en «Forever» una de sus señas de identidad: los riffs son rápidos, pero el poso que deja la canción es melancólico.
El tema título no le va a la zaga en calidad. De hecho, desde un punto de vista compositivo, por su complejidad y originalidad, objetivamente es más meritorio que «Forever», aunque a mí me llegue menos. «Karma» es una de las cimas del power/prog, a la altura de las mejores canciones que por entonces ya habían compuesto grupos como Symphony X, y es donde más brilla todo el acompañamiento orquestal.
En cuanto a la suite «Elizabeth», sus tres cortes («Part I: Mirror, Mirror», «Part II: Requiem for the Innocent» y «Part III: Fall from Grace») han de entenderse como una unidad. Versan sobre Erzsébet Báthory, la sangrienta condesa húngara. Junto con Vlad Țepeș, uno de los personajes históricos clave para la configuración del mito del vampiro. Es ella quien posa, bañándose en un charco de sangre, en la portada del disco, obra de Derek Gores.
La primera parte es lenta y atmosférica. La segunda es teatral, enfermiza y brillante, con Báthory abriéndonos su oscura alma. Y la tercera es un trallazo de power metal, con Kahn liderando unos coros destinados a erizar el vello en directo. Por cierto, esta tercera parte tiene trampa. Dura cuatro minutos, pero el corte se alarga en el más absoluto silencio. Dado que este era su quinto álbum, Kamelot decidió introducir ese silencio en el tema de cierre para que la duración total del disco fuera de 55 minutos con 55 segundos. No haremos rimas, pero entendiendo el guiño, me parece un error. Especialmente, visto ahora en tiempos de streaming, en los que ese silencio desaconseja incluir la tercera parte de «Elizabeth» en una playlist.
Lo que tiene este disco de espléndido es que no contiene malas canciones. «Don’t You Cry» es de las mejores baladas de Kamelot, con un aire medieval que podría recordar a algunas de Blind Guardian. Existen ediciones de Karma que incluyen también su versión en francés. Probablemente, su calibre hacía innecesario añadir una segunda balada, «Temples of Gold», pero esta aporta diversidad. Es más emotiva y sus escarceos orientales hacen que recordemos anteriores hits del grupo, como «Nights of Arabia» (The Fourth Legacy).
Karma es el disco de Kamelot preferido por gran parte de la parroquia powermetalera, y siempre he pensado que «Wings of Despair» y «Across the Highlands» tienen mucho que ver. En álbumes posteriores, los floridanos se irían ciñendo cada vez más a su estilo romántico y algo goth, alejándose del europower más prototípico de sus tres primeros discos. Pero ese sonido más clásico sigue teniendo una considerable presencia en Karma con esas dos canciones. Son melódicas, son rápidas y son pegadizas.
La joya oculta del disco es «The Light I Shine on You», un temazo de puro prog metal. Y un punto álgido que se suele mencionar poco es «The Spell». Puede que no tenga tanta fama como «Forever» o «Karma», pero no tiene nada que envidiarles. Algo oscuro se cocía en el power metal a principios de siglo. De hecho, Helloween acababa de publicar The Dark Ride el año anterior. Kamelot se convertiría en punta de lanza de esa tendencia y en «The Spell» da rienda suelta a su vertiente más gótica, con un solo bellísimo y sin renunciar a los coros épicos.
Veredicto
Karma consolidó la formación de The Fourth Legacy (Khan a la voz, su líder Thomas Youngblood a la guitarra, Glenn Barry al bajo y Casey Grillo a la batería). Después vendrían Epica (2003) y The Black Halo (2005). Ese póker consagraría a Kamelot entre la nobleza del power metal. Karma, quinto disco del grupo y segundo con Khan al frente, fue la pieza más importante de esas cuatro grandes obras. Básicamente, porque fue aquí donde patentó definitivamente su sonido. No puede entenderse el power metal sinfónico, ni el cruce de caminos entre el europower y el gothic metal, sin este álbum. Razones más que sobradas para celebrar que cumple un cuarto de siglo.
Doctor en Derecho, licenciado en Ciencias Políticas, novelista especializado en fantasía y bajista en excedencia. Apasionado del metal en todas sus formas, debuto como redactor musical en Stairway to Rock.
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