Cine Rockero: La tumba de las luciérnagas (1988)

Hotaru no Haka

Director: Isao Takahata

Puedes verla en: Netflix

Año: 1988

 

En tiempos recientes, hemos dedicado al antibelicismo una canción perfecta, un libro y una película de acción real. Sin abandonar esta temática, que ha estado presente en el heavy metal desde su génesis —véanse «War Pigs» (Paranoid, 1970) o «Children of the Grave» (Master of Reality, 1971) de Black Sabbath—, hoy toca hablar de animación. De una obra maestra que debería empezar por ver todo aquel que piense que el anime japonés sólo trata de super saiyans reventando planetas.

 

Cuando una película comienza con el protagonista informándonos de que murió la noche del 21 de septiembre de 1945, podemos intuir que va a ser un drama. Y es uno durísimo. La tumba de las luciérnagas es la adaptación de un relato corto semi-autobiográfico de Akiyuki Nosaka. Este escritor fue uno de los supervivientes del bombardeo estadounidense de la ciudad japonesa de Kōbe al final de la Segunda Guerra Mundial. Es una de las escasas películas que tienen un 100% de aprobación en Rotten Tomatoes. Y estamos hablando de un film de Studio Ghibli, así que su factura técnica es impecable.

 

Un flashback nos cuenta la historia de Seita y de su hermana pequeña Setsuko, de cuatro años. Su padre es un oficial de la marina japonesa, del que no tienen noticias desde hace tiempo. Al poco de empezar la película, su madre muere en uno de los bombardeos, lo que obliga a Seita a recabar el auxilio de su tía. Takahata, en varias entrevistas, insistió en que su intención no era centrarse en los horrores de la guerra, sino poner el acento en su crítica a la sociedad de aquella época.

 

Es cierto que el mensaje buscado por el director está ahí. La película nos muestra una colisión entre la idiosincrasia de un régimen totalitario, encarnada por la tía de Seita, y la actitud del propio joven. Su exclusiva prioridad es salvaguardar la inocencia y el bienestar de su hermana, ignorando su deber como ciudadano.

 

Además, por lo que se refiere a proteger a un niño del horror (una hermana, un hijo), anticipa algún aspecto emocional del planteamiento que le serviría para alzarse con varios premios Oscar a La vida es bella (1997) de Roberto Benigni. Con una diferencia crucial. Seita, que apenas cuenta con catorce años, termina dejándose arrastrar por las inmaduras ilusiones con las que intenta que sobrevivan él y su hermana.

 

Dicho lo cual, aunque esa sociedad japonesa no salga bien parada, es imposible desligar los comportamientos de los personajes del contexto bélico en el que se mueven. Esto hace que sea, primordialmente, una película antibelicista. No me refiero únicamente a cómo se reflejan con suma crudeza los estragos que provocan los bombardeos en la población civil. La reflexión que subyace en La tumba de las luciérnagas es más profunda y deprimente.

 

¿Un médico impertérrito ante la inminente muerte de un niño sólo se explica por la sociedad totalitaria a la que pertenece, o porque en cualquier sociedad azotada por la guerra la capacidad de empatía termina desvaneciéndose? Viendo la película, me decanto por la segunda opción. Apenas hay un par de momentos que nos permiten albergar cierta fe en la humanidad. En uno participa un policía, quien es consciente de que la guerra va a terminar pronto. En otro, un transeúnte deja algo de comida junto a Seita, cuando la guerra ya ha acabado. Los episodios más devastadores, de mayor aislamiento social de estos niños, suceden porque están en guerra.

 

En La tumba de las luciérnagas se nos muestra literalmente un entierro de estos insectos, pero no es ese el significado simbólico de las luciérnagas fallecidas a las que se refiere el título. Conviene ver la película, aunque sea sólo una vez en la vida, para tenerlo presente.

 

 

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