La historia de Bonnie Tyler: de los inicios hasta los 80

Bonnie Tyler: La percha de alta costura del hard rock melódico

 

Por CASTO MCSCHENKER

Hay artistas que miden su éxito en la frialdad de las cifras de ventas. Otros, en el brillo efímero de los galardones. Y luego existen figuras cuya verdadera dimensión solo se comprende cuando se analiza la arquitectura de las canciones que definieron una era. Bonnie Tyler pertenece, por derecho propio, a esta última estirpe.

Su nombre evoca de inmediato el misticismo de “Total Eclipse of the Heart”, la épica cinematográfica de “Holding Out for a Hero” o la melancolía tabernaria de “It’s a Heartache”. Sin embargo, reducir su legado a un puñado de himnos intergeneracionales es un error de perspectiva histórica.

Tyler fue mucho más que una garganta privilegiada: fue la gran percha del hard rock melódico y el AOR. La horma sobre la cual los mejores sastres, compositores y productores del planeta probaron el corte de sus obras maestras. Si una canción resistía la embestida de su voz, estaba lista para conquistar el mundo, ya fuera en su propia voz o vistiendo a otros intérpretes en la cima de las listas.

 

 

De los pubs de Gales al hallazgo de Roger Bell

​Nacida como Gaynor Hopkins en el seno de una familia minera de Skewen (Gales), su ADN musical se moldeó bajo la cultura del esfuerzo y el eco de los gigantes del soul y el R&B: Janis Joplin, Tina Turner y Otis Redding. A diferencia de coetáneas como Pat Benatar —que apostaba por una agresividad más limpia y heavy— o las hermanas Wilson en Heart —epítome del virtuosismo técnico y la pulcritud del AOR—, Tyler ofrecía algo salvaje e inclasificable: el desgarro callejero del soul llevado al límite.

 

​La increíble historia de su salto a la arena profesional no habría sido posible sin un error afortunado. En 1975, la joven Gaynor actuaba en los clubes obreros galeses bajo el nombre artístico de Sherene Davis junto a su grupo Imagination. Una noche, el cazatalentos y productor Roger Bell viajó desde Londres al The Townsman Club de Swansea con la intención de evaluar a otra banda en la planta superior. Bell se equivocó de piso y terminó entrando en la sala donde Bonnie lo daba todo sobre el escenario. Impactado por su presencia vocal, Bell contactó a los productores Ronnie Scott y Steve Wolfe. Tras firmar con RCA Records, le sugirieron cambiar su nombre; en una servilleta barajaron combinaciones hasta dar con el definitivo: Bonnie Tyler. Gracias a ese despiste de Roger Bell, Tyler lanzó su primer sencillo importante, Lost in France, a finales de 1976.

 

La forja de un instrumento quebrado

​Poco después de sus primeros pasos, el factor diferencial de su carrera llegó envuelto en un golpe de fortuna disfrazado de tragedia médica. En 1977, tras una operación para extirpar unos nódulos en sus cuerdas vocales, la galesa desafió el estricto reposo postoperatorio. El silencio roto antes de tiempo devino en una secuela irreversible: una voz rasgada, sulfúrica y agónica.

 

​Lo que para cualquier cantante de pop habría supuesto el fin, para Tyler fue el pasaporte hacia la inmortalidad. Aquella imperfección se convirtió en su mayor virtud artística, el lienzo perfecto para el drama que el rock de gran estadio estaba a punto de exigir en piezas inolvidables como “It’s a Heartache” (1977).

 

 

Jim Steinman la convierte en el Cénit de su trilogía de Ópera Rock

​A principios de los ochenta, Tyler tomó una decisión contracorriente: abandonar la comodidad del country-pop que le daba de comer para abrazar la grandilocuencia del rock. Necesitaba un cómplice que entendiera que su voz no debía ser domesticada, sino desatada en escenarios teatrales. Ese hombre fue Jim Steinman, una auténtica máquina de componer y un adicto al trabajo que venía de saborear la gloria y sufrir el posterior colapso con Meat Loaf tras el titánico Bat Out of Hell (1977).

 

 

​Aquel álbum de 1977 había reventado el planeta vendiendo decenas de millones de copias, pero la presión de la fama repentina, unida a una extenuante gira mundial y al abuso de sustancias, provocó que Meat Loaf sufriera un colapso nervioso y se destrozara las cuerdas vocales, quedándose literalmente sin voz. Steinman esperó a su cantante durante meses con las canciones para la continuación listas, pero al ver que este no podía vocalizar una sola nota, el productor se cansó, cantó él mismo esos temas y los lanzó en su disco en solitario Bad for Good (1981).

 

Aunque Meat Loaf intentó regresar ese mismo año con el disco Dead Ringer, seguía muy mermado y el álbum carecía de la magia y la fuerza del primero. Sabiendo que la relación estaba rota y el cantante hundido, Steinman cayó en un momento de desesperación creativa. Fue entonces cuando escuchó a Bonnie Tyler en la radio y supo de inmediato que su voz rasgada era el único vehículo capaz de soportar el peso de sus canciones sin romperse.

 

 

​Por esta razón, los críticos y melómanos consideran que la verdadera «segunda parte» y el sucesor espiritual de Bat Out of Hell no lo firmó Meat Loaf: lo firmó Bonnie Tyler con Faster Than the Speed of Night (1983). Steinman trasladó todo el universo de Meat Loaf a la galesa, consolidando el clímax de lo que históricamente se reconoce como la trilogía perfecta de su ópera rock (completada por el debut de Meat Loaf y el disco solista de Steinman). El álbum replicó el mismo ADN teatral: canciones kilométricas, coros góticos, campanas, melodrama y una producción mastodóntica que parecía sacada de una película de terror romántico.

 

​Las sesiones de grabación, sin embargo, fueron un auténtico bautismo de fuego. Rozaban el misticismo enfermizo: Steinman exigía decenas de tomas en mitad de la noche, a oscuras, buscando un estado de posesión dramática que extirpara hasta el último gramo de aire de los pulmones de la cantante.

 

Para blindar este sonido colosal, la rodeó de la sección rítmica de la E Street Band de Bruce Springsteen —con Max Weinberg y un brillante Roy Bittan al piano—. Curiosamente, la alianza instrumental con Bittan dejaría una huella profunda en la discografía de la galesa, ya que el legendario pianista volvería a participar en el disco de 1986, Secret Dreams and Forbidden Fire, uno de los álbumes favoritos y más valorados por los coleccionistas de su catálogo. Para completar el blindaje de 1983, sumaron además las demoledoras líneas de guitarra del grandioso Rick Derringer.

 

​La producción de Total Eclipse of the Heart demostró que el hard rock melódico podía ser sofisticado, oscuro y asombrosamente comercial. Bonnie Tyler no fue un capricho de Steinman; fue la salvadora de su obra. Ocupó el trono vacío que Meat Loaf había dejado tras su descenso a los infiernos, demostrando que ella podía llevar la corona de la ópera rock con mucha más elegancia, resistencia y disciplina que el gigante de Texas.

 

 

Recibiendo la llamada de Giorgio Moroder en la nueva versión de la legendaria Metrópolis

​Con el estatus de icono consolidado, la travesía de Tyler la llevó al año siguiente a cruzarse con el gran arquitecto de la música electrónica de club: Giorgio Moroder. En 1984, el productor italiano se encontraba inmerso en un proyecto titánico: la restauración y sonorización contemporánea de la obra cumbre del cine mudo, Metrópolis.

 

​Para el tema principal, “Here She Comes”, Moroder no quería una diva de la música disco; necesitaba una voz con la suficiente tracción rockera como para humanizar sus secuencias analógicas. El resultado fue una genialidad magnética: Moroder envolvió la garganta rota de Bonnie en un tejido de sintetizadores hipnóticos respaldados por riffs de guitarras eléctricas cortantes. El corte, que le valió una nominación al Grammy, demostró la elasticidad de la cantante para amoldarse a la vanguardia electrónica sin perder un ápice de su identidad rockera.

1986: La sofisticación californiana con Michael Landau

​Si el poderío neoyorquino estaba cubierto con Steinman, Bonnie Tyler también exigía el nivel de los mejores músicos de sesión de la Costa Oeste. En la grabación de su disco Secret Dreams and Forbidden Fire (1986), el blindaje instrumental subió otro peldaño.

 

​Para dotar a temas como “Loving You’s a Dirty Job (But Somebody’s Gotta Do It)” de una precisión quirúrgica, los productores recurrieron a Michael Landau, el camaleónico guitarrista de estudio que estaba esculpiendo el sonido del pop-rock multimillonario (grabando para titanes como Richard Marx o Michael Bolton). Landau aportó esa agresividad controlada y elegante tan característica de Los Ángeles, demostrando que la percha de Bonnie Tyler también servía para lucir el AOR más sofisticado del momento.

 

1987: El idilio musical con el gran Mike Oldfield

​Hacia 1987, la reputación de Bonnie como intérprete infalible llamó la atención de una de las mentes más complejas y perfeccionistas del rock progresivo europeo: Mike Oldfield. El genio británico buscaba para su álbum Islands texturas que aunaran la vanguardia instrumental con la accesibilidad del pop-rock.

Oldfield tenía la melodía instrumental de la canción homónima, “Islands”, pero sabía que requería una interpretación vocal titánica para no quedar sepultada bajo sus capas de sintetizadores y guitarras celestiales. La grabación se fraguó bajo la admiración mutua: Oldfield le entregó una partitura impecable y Bonnie le inyectó una dosis de humanidad y desgarro sobrecogedores. Aquella alianza demostró que la «percha» no solo sostenía los patrones del rock estadounidense, sino que podía vestir la alta costura del progresivo europeo con una elegancia absoluta.

 

La reivindicación del tándem femenino Bonnie-Holly junto al sastre de los platinos Desmond Child

​En 1988, para el álbum Hide Your Heart, Bonnie Tyler se adentró en el laboratorio del Rey Midas del rock de estadio: Desmond Child. Él era el cerebro y verdadero autor detrás del himno masivo “Livin’ on a Prayer” de Bon Jovi, un cirujano pop que pulía cada sílaba en sesiones de grabación donde el nivel de exigencia técnica era milimétrico. Para blindar las canciones, Child metió en el estudio al virtuoso guitarrista John McCurry (colaborador de Alice Cooper y Julian Lennon), cuyas cuerdas punzantes inyectaron una pegada netamente callejera al proyecto, apoyado además por la presencia rítmica del mismísimo Paul Stanley de KISS en el estudio.

 

​Sin embargo, el verdadero núcleo revolucionario de este álbum no reside solo en la genialidad de Child, sino en la irrupción de Holly Knight, la compositora en la sombra que estaba reescribiendo secretamente el ADN del rock de los ochenta con éxitos globales para Pat Benatar o Tina Turner.

 

​En una industria discográfica devorada por el machismo corporativo, donde los despachos y los estadios estaban monopolizados por hombres de chaquetas de cuero y egos inflados, la alianza entre Bonnie Tyler y Holly Knight en temas como “Hide Your Heart” se convirtió en una auténtica proclama feminista. No eran musas esperando a ser rescatadas por un acorde; eran dos fuerzas creativas hackeando el sistema desde dentro. Knight facturaba los himnos más duros y comerciales de la década, y Tyler ponía el cuerpo y la garganta para demostrar que el rock más potente y sofisticado no entendía de género. Juntas demostraron que las mujeres no solo formaban parte del engranaje del hard rock, sino que eran sus arquitectas intelectuales.

 

​De ese taller bendecido por el talento de Knight y la meticulosidad de Child salieron los trajes de alta costura que Tyler estrenó antes que nadie:

 

“The Best”: Mucho antes de ser el monolito de estadios que relanzó la carrera de Tina Turner, fue una pieza de hard rock melódico puro grabada originalmente por Tyler. La intrahistoria de su salto a la inmortalidad comercial es un reflejo de los astros alineándose en los estudios: al ver que la versión de Bonnie no lograba la tracción masiva en las listas, el legendario Albert Hammond —coautor de la canción junto a Holly Knight—, que se encontraba trabajando codo con codo con Tina Turner en la producción de su álbum Foreign Affair (1989), decidió rescatar la pieza.

Hammond no solo le enseñó el tema a la «Reina del Rock», sino que reformuló la producción dándole un mayor lustre y protagonismo a los teclados, puliendo las texturas sintéticas y añadiendo ese crescendo armónico épico antes del estribillo. Un lavado de cara de alta costura que convirtió un descarte de lujo en un himno imperecedero.

“Hide Your Heart”: Coescrita por Knight y Child, cobró forma en la voz de Bonnie antes de que KISS o Robin Beck la interpretaran.

“Save Up All Your Tears”: El tema que Cher convertiría en éxito habitual fue esculpido originalmente bajo el prisma de la galesa.

“If You Were a Woman (And I Was a Man)”: El reciclaje más célebre de la historia. Desmond Child reaprovechó exactamente la misma estructura métrica y los mismos acordes que estrenó Bonnie para entregárselos a Jon Bon Jovi. ¿El resultado? “You Give Love a Bad Name”, el primer número uno de la banda de New Jersey.

 


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