Tyla’s Dogs d’Amour + The JerryCans
Sala Razzmatazz 3, Barcelona
12 de septiembre de 2026
Organiza: R.M Concerts
Texto: Markceröck
Fotografía: Enric Minguillón
Me encuentro de pie, en la penumbra cargada de expectación de Razzmatazz 3, noche de sábado hay un ambiente denso, casi palpable, impregnado de ese rock’n’roll de alma gitana que parece adherirse a las paredes de la sala. El humo imaginario, el olor a cerveza derramada y el murmullo creciente de la audiencia anticipan una velada de lirismo nocturno, canciones heridas y guitarras capaces de convertir la melancolía en una forma de celebración.

The JerryCans
La velada arranca con los encargados de abrir el escenario para Tyla’s Dogs D’Amour: The JerryCans, formación originaria de Igualada (Barcelona) que se presenta ante el público con una propuesta de rock’n’roll directa, acelerada y sin concesiones. Desde el primer minuto, el cuarteto se lanza al ataque con la potencia de «You Get Me High» y la fuerza de «I’ll Be on My Own» desplegando todo su músculo guitarrero y una energía contagiosa que engancha de inmediato a las primeras filas.
Sin levantar el pie del acelerador, la banda continúa con «Hell I Know» y culmina su intervención con una contundente versión del clásico de Neil Young, «Rockin’ in the Free World» .La elección funciona a la perfección como cierre de su actuación: un último golpe de energía que termina de caldear la sala y deja el ambiente preparado para lo que está por llegar. Con un directo sólido, actitud y una notable capacidad para conectar con el público, la formación de Igualada cumple con creces su cometido y entrega el escenario en plena ebullición.
Tyla’s Dogs d’Amour
Ahora sí, toda la escena, toda la atención y todo el peso de la velada recaen sobre Tyla’s Dogs D’Amour, protagonistas de esta parada de su Spain Tour 2026 (Celebrating 40 Years of Rains & 65 Years of Disgrace).
Sobre las tablas no hay espacio para la utilería innecesaria ni para los artificios. Solo una banda compacta, experimentada y con un empaque sensacional. Al frente, Tyla J. Pallas capitanea la nave con sus emblemáticos brazos tatuados, su estética desenfadada y esa voz áspera, aguardentosa y cavernosa que parece haber vivido cada una de las historias que canta. Su timbre no busca la perfección académica: busca la verdad, la emoción y esa clase de autenticidad que convierte cada verso en una cicatriz imborrable.
A su lado, Gary Pennick aporta el trazo elegante del sleaze clásico y reparte solos impregnados de blues y glam. MattyJames Cassidy, impetuoso al bajo, se adueña del primer plano del escenario y refuerza las líneas vocales con coros constantes, mientras Simon Hanson, auténtica apisonadora tras la batería, sostiene el latido de la formación con una precisión aplastante.

El arranque es una declaración de intenciones. No hay tiempo para presentaciones prolongadas ni para calentar motores: deciden abrir fuego con «Last Bandit». Bajo un juego de luces azules y destellos amarillos, Tyla abraza la guitarra rítmica y marca los acordes rasgados de esta balada de carretera. Su interpretación vocal suena gastada, vívida y dolorosamente auténtica, como si cada palabra arrastrara consigo kilómetros de carretera, noches de hotel y viejas heridas todavía abiertas.
La guitarra solista y los coros arropan la interpretación hasta que la sala explota con el estribillo. Las seis cuerdas van ganando textura y distorsión mientras el tema avanza hacia su recta final y la intensidad se apodera progresivamente del escenario. Tyla se acerca entonces al borde de las tablas, buscando la mirada de quienes estamos en primera línea y estrechando esa distancia invisible entre músico y público. El corte termina con el vocalista alzando la pandereta y la mano en señal de gratitud, recibiendo a cambio una primera gran ovación.
Sin darnos tregua para tomar aire, la banda conecta la mecha de «Billy Two Rivers». Los focos cálidos y púrpuras tiñen la sala mientras la sección rítmica despliega una base acelerada de puro hard rock con espíritu glam punk. El contraste con el comienzo es inmediato: si «Last Bandit» nos había introducido en el universo emocional de la banda, aquí todo se vuelve físico, directo y visceral.

El guitarrista se marca un solo incisivo a mitad de la pieza mientras Tyla interactúa con nosotros desde el centro del escenario. La respuesta del público no tarda en llegar y, hacia el clímax, el bajo se pega al micrófono para lanzar unos potentes coros de «Ya-ya-ya-ya» que terminan contagiando a toda la sala. El instrumento acaba alzado en vertical hacia el techo, como si quisiera desafiar a la gravedad, antes de que Tyla se sirva un trago sobre el escenario y brinde con la audiencia. El gesto resume a la perfección el espíritu de la noche: rock, carretera, camaradería y una saludable dosis de exceso.
La temperatura emocional sube varios grados con la adictiva y stoniana «I Don’t Want You to Go», ese clásico inmortal de Errol Flynn (1989). Tyla arranca rasgueando de forma íntima, casi como si estuviera tocando para un puñado de amigos, pero poco a poco la canción se abre y rompe con la fuerza de toda la banda. El público entra entonces en trance y acompaña con palmas y cantando a pleno pulmón «You’re the Best Thing in My Life…».
Los acordes de apoyo empujan con solidez la interpretación y, tras un solo melódico y brillante, la canción alcanza uno de esos momentos en los que parece que el tiempo se detiene. Tyla despide el tema levantando la guitarra hacia el cielo mientras la sala responde con una ovación cerrada. Hay canciones que funcionan como piezas de repertorio y hay otras que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en lugares a los que uno regresa. Esta pertenece claramente a la segunda categoría.

El concierto se convierte a partir de aquí en una espiral imparable. «Satellite Kid» nos sacude con su pulso rápido y desenfrenado, obligando a la formación a pisar el acelerador y a la audiencia a mantenerse en movimiento. Sin apenas transición llega «Firework Girl», donde los medios tiempos se combinan con pasajes acelerados que nos dejan prácticamente sin aliento. La alternancia entre tensión y descarga funciona como un mecanismo perfectamente engrasado y mantiene la atención de la sala completamente cautiva.
La atmósfera adquiere un marcado aroma a Rolling Stones y The Faces con la intensa «Comfort of the Devil». Las guitarras parecen caminar sobre una línea muy fina entre la elegancia y el desorden, mientras Tyla imprime a la interpretación ese punto canalla que forma parte inseparable de su personalidad artística. Después llega «Heroin», desgarradora y oscura, construida alrededor de esa clásica y retorcida analogía entre la adicción a las sustancias y el amor nocivo. El escenario se transforma entonces en un espacio más sombrío, donde las luces y las guitarras parecen reforzar el carácter enfermizo y obsesivo de la composición.
Uno de los momentos más contemplativos de la noche llega con el medio tiempo «Can’t Ever Stop Loving Me». Bañados en luces rojas y púrpuras, bajan las revoluciones mientras Tyla proyecta su timbre más desgarrado y poético sobre el ritmo cansino marcado por la batería y el bajo. La sala entera parece contener la respiración. No hace falta que la banda aumente el volumen para conseguir intensidad: basta con dejar que la canción respire y que la voz ocupe todo el espacio.
El público termina coreando el melódico estribillo —«I Can’t Ever Stop Loving Me… or Loving You…»— mientras la guitarra toma el protagonismo con un solo cargado de un blues punzante. Sus notas elevan progresivamente la tensión dramática hasta que, finalmente, todo se disuelve entre notas sostenidas. Es uno de esos pasajes en los que la formación demuestra que detrás de la fachada de rock’n’roll desenfadado existe también una sensibilidad musical mucho más profunda.
El tramo final del repertorio principal es un auténtico torbellino de sensaciones. La frenética «No Gypsy Blood» desata el lado más guitarrero del grupo y vuelve a poner la sala patas arriba. De ahí pasamos a la luminosidad de «I Think It’s Love Again», con su melodía contagiosa y su capacidad para devolvernos inmediatamente la sonrisa, antes de desembocar en el que probablemente sea uno de los momentos más esperados de la noche: «How Come It Never Rains».
Tras una breve introducción instrumental, Tyla entona las primeras estrofas y, casi de inmediato, la sala se convierte en un coro unánime. Las voces del público se funden con las de la banda, difuminando por completo la frontera entre el escenario y la pista. Llega entonces un solo impecable y, cuando la actuación parece encaminarse al desenlace, la formación regala un guiño a quienes han acompañado la historia de estas canciones durante décadas y para quienes sus melodías forman ya parte de su propia memoria sentimental.

El descanso es efímero. Apenas hemos tenido tiempo para asimilar lo vivido cuando la formación reaparece en escena para asestar dos últimos golpes. El primero llega con una versión empapada en alcohol de «Drunk Like Me», interpretada con esa mezcla de desparpajo, crudeza y sentido del humor que tan bien encaja con el universo de Tyla. Y, para la coronación definitiva, llega «Errol Flynn».
Entre luces moradas, el vocalista lidera la interpretación con su voz más ruda, flanqueado por los marcados acordes de guitarra y por la energía imponente del bajo. El público acompaña con palmas y la sala vuelve a convertirse en una masa compacta que canta, se mueve y disfruta de los últimos compases. En uno de los instantes más curiosos de la noche, el guitarrista saca su teléfono móvil y fotografía desde el escenario la marea de asistentes que tiene delante. Es una imagen espontánea, casi doméstica, que encaja perfectamente con el carácter de un concierto que, por encima de todo, ha buscado la conexión directa con quienes estaban al otro lado de las tablas.
Los aplausos finales retumban con intensidad y sinceridad, aunque en el ambiente flota un regusto agridulce: una hora y diez minutos sabe a poco, especialmente tras un desenlace algo apresurado por las prisas de la banda para acudir a la cita con Ron Wood en la sala principal.
Pese a la brevedad del formato, Tyla’s Dogs D’Amour firman un espectáculo intenso, feroz, elegante y demoledor. Sin necesidad de artificios, la formación se apoya en una sólida sección rítmica, guitarras impregnadas de blues y la inconfundible voz de Tyla J. Pallas, capaz de convertir cada cicatriz del tiempo en pura poesía nocturna. Durante esos setenta minutos, la sala respira carretera, cerveza y nostalgia, reafirmando por qué el grupo sigue siendo un referente indiscutible del rock callejero más canalla y romántico.
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