Mónica Naranjo
Sábado 3 de julio de 2026
Bilbao Arena Miribilla, Bilbao
Texto y fotos: Jon Rivas
La reina sigue en pie (Capítulo I: El fotógrafo)
Hay conciertos que empiezan cuando se apagan las luces. Otros, mucho antes. El del pasado viernes en el Bilbao Arena Miribilla comenzó varios minutos antes de que apareciera la primera nota, mientras un puñado de fotógrafos aguardábamos en el foso con las cámaras preparadas y el dedo suspendido sobre el disparador. El escenario, deliberadamente austero, parecía querer esconder sus cartas. Ninguna escenografía mastodóntica, ni plataformas móviles, ni llamaradas, ni artificios innecesarios. Tan solo una gigantesca pantalla LED, probablemente una de las mayores que he visto en un recinto de estas características, ocupando toda la embocadura del escenario como si fuera el inmenso lienzo sobre el que aquella noche iba a escribirse la historia.
Los quince minutos de retraso sobre el horario previsto apenas alteraron el ambiente, más allá de algunos tímidos silbidos que se escucharon en la lejanía. Al contrario. Sirvieron para aumentar una expectación que ya se respiraba desde mucho antes de la apertura de puertas, con un ambiente festivo en los bares circundantes al estadio. Sobre aquella pantalla comenzaron a desfilar imágenes de distintas etapas de la carrera de Mónica Naranjo, portadas de discos y recuerdos de una trayectoria que forma parte del imaginario colectivo de varias generaciones. Todo ello acompañado por una introducción orquestal solemne, casi cinematográfica, que daba la sensación de estar asistiendo más a la apertura de un gran acto teatral que a un concierto convencional.
Y entonces ocurrió.
Del centro mismo de aquella inmensa pantalla, como si emergiera de ella, apareció Mónica Naranjo.

Hay artistas cuya presencia se mide por la cantidad de metros que recorren sobre un escenario. Otros necesitan apoyarse en una producción descomunal para llenar el espacio. Mónica pertenece a una categoría muy distinta. Su mera aparición modifica la atmósfera. Resulta difícil explicarlo con palabras, pero cualquiera que la haya tenido a escasos metros probablemente entenderá a qué me refiero. Existe una especie de magnetismo alrededor de su figura que obliga a mirarla. No es una cuestión de fama ni de reconocimiento. Es otra cosa. Un aura extraña, casi hipnótica, que convierte todo lo demás en algo secundario.
Y eso, créanme, sigue imponiendo. No diré que me temblaron las piernas, pero sí que tuve una extraña sensación de nerviosismo que no podría describir.
Después de cientos de conciertos fotografiados a lo largo de los años, uno aprende a controlar los nervios casi por completo. El oficio termina imponiéndose a la emoción. Pero aquella noche me descubrí sorprendentemente tenso durante los primeros compases. No porque fuera un concierto especialmente complicado de fotografiar, aunque la iluminación exigía pelear cada disparo, sino porque tener a Mónica Naranjo a poco más de un metro, cruzar fugazmente la mirada con ella mientras buscas el encuadre perfecto y comprobar cómo devora el escenario desde el primer segundo produce una sensación difícil de describir.

Durante la primera canción apenas abandonó la parte trasera del escenario. Yo había preparado mi equipo convencido de que aquella sería la tónica habitual, pero bastó el inicio del segundo tema para desmontar por completo mis previsiones. Mónica comenzó a recorrer el escenario con decisión, acercándose al borde una y otra vez, obligándonos a los pocos fotógrafos presentes a correr de un lado al otro del foso para no perder ninguna oportunidad. Incluso tuve que cambiar de objetivo sobre la marcha (me la jugué, teniendo en cuenta que solo tenía dos temas para inmortalizar a la diva), improvisando mientras ella seguía regalando poses, gestos y miradas que parecían pensadas para ser inmortalizadas.
Fue entonces cuando comprendí algo.
El verdadero espectáculo no residía únicamente en una voz privilegiada ni en un repertorio impresionante construído en décadas de carrera. Había algo mucho más difícil de conservar: una presencia escénica absolutamente omnipresente y magnánima. La de una artista que, después de tantos años de carrera, sigue comportándose sobre las tablas con la seguridad de quien sabe perfectamente quién es y por qué continúa llenando recintos. Hace poco vi una entrevista suya en la que afirmaba que sigue estudiando y entrenando su voz cada día. Es el sacrificio y la dedicación total, la que distingue a los mortales de los líderes.
Los tres primeros temas (nos dieron un pequeño respiro finalmente y pudimos quedarnos uno más en el foso) pasaron casi sin darme cuenta. El fotógrafo vive el concierto de una manera completamente distinta al resto del público. No escucha canciones; calcula velocidades de obturación. No canta estribillos; busca encuadres. No se emociona; persigue instantes. Apenas terminó el tiempo reglamentario para la prensa, guardé la cámara, abandoné el recinto y salí ipso facto a la carrera, para dejar todo el equipo en el coche. Cuando regresé unos minutos después, ya sin mochila, sin teleobjetivos y sin la presión de buscar la fotografía perfecta, comprendí que la noche acababa de cambiar por completo.
El fotógrafo acababa de marcharse, por fin era el turno del espectador.

Capítulo II: El espectador / fan
No tardé demasiado en darme cuenta de que una de las grandes sorpresas de la noche no iba a ser el repertorio, que todos conocíamos de memoria, sino la forma en que había sido reinterpretado. Confieso que llegué a Miribilla algo ahogado por la carrera, y los setecientos cincuenta grados que hacía dentro del recinto no ayudaron a mejorar el confort. Menos mal que, a pesar de presentar una entrada muy buena, en la pista pudimos disfrutar del concierto sin agobios.
Y mientras yo seguía esperando un concierto de pop con algunos guiños rockeros, me encontré de repente con prácticamente lo contrario: Las canciones conservaban intacta su esencia, por supuesto, pero habían sido reconstruidas desde una perspectiva mucho más contundente. Los riffs de guitarra cobraban un protagonismo enorme, los tempos habían sido modificados (bajados) en muchos temas y la producción sonora se acercaba bastante más al rock y al metal, de lo que cualquiera podría imaginar antes de cruzar las puertas del pabellón.
No, evidentemente no era un concierto de metal. Las guitarras seguían demasiado abajo en la mezcla como para afirmar algo así, y la batería tampoco buscaba esa agresividad tan propia del género. Pero sí respiraba una clara intención de endurecer el repertorio, de vestir aquellos himnos con un traje completamente distinto. Y, qué quieren que les diga, a mí la apuesta me pareció un acierto de principio a fin.

Lo fácil habría sido limitarse a reproducir los discos exactamente igual que hace veinte o treinta años, dejar que la nostalgia hiciera el resto y marcharse a casa con los deberes cumplidos. Sin embargo, tuve la sensación de que Mónica Naranjo no está interesada en vivir de su pasado. Da la impresión de que ha querido coger buena parte de su catálogo, desmontarlo pieza a pieza y volver a ensamblarlo con una personalidad mucho más contemporánea. Las canciones siguen siendo reconocibles (aunque no desde el primer acorde), pero suenan diferentes, respiran de otra manera y, sobre todo, transmiten la sensación de que siguen vivas.
Quizá por eso disfruté tanto con temas como «Europa». Siempre me ha parecido uno de los cortes más potentes de su repertorio y, siendo sincero, era una de las canciones que más ganas tenía de escuchar aquella noche. Yo soy de esos que disfrutan especialmente con los cantantes capaces de jugar en las alturas, los «gritones», con esas voces que parecen desafiar cualquier lógica cuando llegan a los agudos. Y ahí Mónica continúa siendo una auténtica referencia.
Cada vez que estiraba la voz en «Desátame», «Sobreviviré» o la propia «Europa», yo intentaba disfrutarlo al máximo. El grito final de esta última fue, para mí, uno de los momentos de la noche. Lo esperaba con cierta impaciencia desde que comenzó el concierto y, cuando por fin llegó, volvió a demostrar que hay registros que siguen pareciendo imposibles incluso después de tantos años de carrera. Sin ser un experto diría que fue algo más breve que en el disco, por razones evidentes, y quizás algún tono por debajo. Pero aún así… jodidamente impresionante y perfecto.

La banda, por su parte, desempeñó un papel mucho más discreto desde el punto de vista escénico de lo que imaginaba. Antes del concierto esperaba encontrarme con algunos nombres muy conocidos dentro de la escena del rock y del metal nacional, músicos que en algún momento han acompañado a Mónica en sus giras, pero no fue así. Ni Matt de Vallejo a la batería, ni Alberto Marín a la guitarra, ni Pepe Herrero a los teclados.
Los instrumentistas permanecieron casi siempre en un segundo plano, muchas veces incluso envueltos por la penumbra mientras toda la atención recaía, como es lógico, sobre la protagonista de la noche. Era una decisión claramente buscada. Aquello no pretendía ser una exhibición colectiva, sino un espectáculo construido alrededor de una figura que no necesita compartir el foco para sostener dos horas de concierto.
Aun así, hubo un músico que consiguió llamar mi atención durante buena parte del espectáculo: el guitarrista. Siento no poder citar su nombre porque, después del concierto, intenté averiguarlo sin éxito. Lo que sí puedo decir es que realizó un trabajo magnífico. Buena parte del carácter de esta gira nace precisamente de su forma de reinterpretar las canciones. Hubo riffs realmente inspirados, momentos de enorme pegada y una manera muy elegante de endurecer el repertorio sin traicionar nunca la identidad de las composiciones. Para alguien como yo, que pasa buena parte del año escuchando heavy metal, fue una de las grandes alegrías de la noche.

Todo ello se apoyaba, además, en un apartado visual muy coherente. Cada cambio de vestuario de Mónica daba paso a pequeños interludios protagonizados por los bailarines, muchas veces rozando estilos electrónicos extremos similares a los de la banda Rammstein, y por unas proyecciones que reforzaban la identidad estética de la gira. La enorme pantalla del fondo se transformaba continuamente en un universo oscuro, futurista y, en ocasiones, casi gótico.
Hubo órganos de iglesia, avatares digitales de la propia Mónica, imágenes generadas mediante inteligencia artificial y una sucesión de escenas que, lejos de resultar gratuitas, terminaban construyendo una atmósfera muy reconocible. No era una producción excesivamente recargada, pero sí muy cuidada y con una personalidad visual perfectamente definida, muy oscura y «heavylona».
También romperé una lanza en favor de los coristas: Un trío compuesto por dos mujeres y un hombre, que estuvieron magníficos de principio a fin, apoyando a Mónica sin tapar su voz, e incluso interpretando temas en exclusiva mientras la diva procedía a un cambio de vestuario, como en el caso de “Usted”. Tema que, por cierto, se incluyó en un medley, con versiones como “Diva” de Dana international, y aquel estribillo ganador de Eurovisión que muchos recordamos: “Viva Victoria”.

Si tuviera que ponerle un pero a la noche, seguramente hablaría del sonido. Desde los primeros compases quedó claro que algo no terminaba de funcionar sobre el escenario. No tanto de cara al público, donde el concierto se disfrutó sin demasiados problemas, sino entre los propios músicos. La propia Mónica hizo algún comentario, siempre en tono de broma, dejando entrever que no estaba 100% cómoda: «Bueno, vamos a ver si nos escuchamos aquí arriba por fin«.
Lejos de incomodarse o permitir que aquello condicionara el espectáculo, tiró de oficio y de tablas para salir airosa de la situación, algo que solo consiguen los artistas que llevan media vida subiéndose a un escenario. Si tuviera que ponerle una nota al sonido, probablemente sería un ocho sobre diez. Muy bueno, pero con margen para haber sido sobresaliente.
Hubo también un momento especialmente bonito cuando Mónica se fijó en una niña que estaba sobre los hombros de su padre en las primeras filas. Interrumpió durante unos instantes el guion previsto para dirigirse a ella, preguntándole entre sonrisas cómo la habían metido «en semejante jaleo» con todo aquel ruido, y terminó dedicándole la canción tanto a ella como a su madre. Fue uno de esos pequeños gestos que humanizan a un artista y que, por unos minutos, consiguen que un pabellón con miles de personas parezca un lugar mucho más íntimo.

Y después llegaron los himnos. «Desátame», «Pantera en libertad», «Sobreviviré», «Las campanas del amor», «El amor coloca», «Miedo», «Para siempre», «Amor y lujo»… Da igual cuántas veces las hayas escuchado. Hay canciones que ya no pertenecen únicamente al artista que las escribió. Pasan a formar parte de la vida de varias generaciones, y eso fue precisamente lo que ocurrió en Miribilla. Miraras donde miraras había gente cantando, sonriendo, abrazándose o intentando alcanzar esos agudos imposibles que solo Mónica parece ejecutar con semejante naturalidad. Yo hice exactamente lo mismo. Fracasé estrepitosamente, por supuesto, pero disfruté cada intento. Al menos no me quedé afónico del todo, que era mi principal objetivo de la noche.
Momentazo a destacar, la baladita «Empiezo a recordarte», con un piano de cola en el centro del escenario acompañando a la impecable y limpísima voz de Mónica.
Quizá esa sea la mayor virtud de este espectáculo. Uno entra pensando que va a asistir a un concierto de grandes éxitos y sale con la sensación de haber visto a una artista que sigue evolucionando. Porque Mónica Naranjo no ha construido esta gira para vivir de la nostalgia. Ha decidido revisar su propio repertorio, darle una nueva piel y demostrar que aquellas canciones todavía tienen mucho que decir. Y eso, en una carrera tan larga como la suya, tiene muchísimo mérito.

También hubo tiempo para los cortes más modernos de su discografía, como “Puzzles”, su último hit. Comentó que en el primer concierto en Sevilla se le olvidó tocarla y no quería que volviera a pasarle. Es un tema muy cañero, con un sonido cercano al metal. Otra que me llamó la atención fue «Por un like».
Cuando se encendieron las luces y emprendimos el camino de vuelta a Vitoria, me di cuenta que se me había pasado el concierto volado. Dos horas en las que había disfrutado enormemente, desde dos perspectivas diferentes, y que desaparecieron tan rápido como lo hizo la propia Mónica, que se despidió con un escueto gesto con la mano, dejando a todos los músicos encima del escenario, para agotar los últimos compases de una noche memorable. Un espectáculo compacto, moderno, que no vive de las rentas, ambicioso, pero centrado únicamente en la que yo considero que es la voz española más importante de todos los tiempos.
Y el que quiera llevarme la contraria, que me replique en los comentarios. ;)ç
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