Jane Doe
4 de septiembre de 2001
Equal Vision Records
Siempre he tenido la mente abierta y poco criterio musical. Todo lo que posea guitarras es plato de mi gusto, aunque el post-hardcore nunca haya estado entre mis aficiones más grandes. A mí lo que de verdad me pone es enfrentarme a discos trascendentes, de esos que han marcado una época y son de obligada escucha. Y, veinticinco años después de su publicación, Jane Doe de Converge sigue entrando de lleno en esa categoría.
La digestión, por supuesto, no es fácil. Ya intuía que me iba a costar, pero llevaba tiempo con material del grupo acumulado entre mis montones de CDs pendientes. Incluso poseo un digipack sin el disco dentro —para un coleccionista tiene todo el sentido del mundo comprarlo a precio irrisorio—, y ahí seguía, esperando que algún día me decidiera a poner orden y escuchar de una vez a los de Salem.
Estuve cerca de ver a Converge en directo en el único Primavera Sound al que asistí. Aquel festival fue una maravilla, pero una amiga me podía acercar en coche a casa y Converge y Skinny Puppy tocaban demasiado tarde. Opté por la retirada. Error… Posiblemente, lo más próximo que había estado a este universo de post-hardcore fue mi experiencia con Glassjaw en directo, y hasta cierto punto con los suecos Burst, sobre todo por la voz más que por la música. Así que, con el disco comprado —como debe ser— y con un cuarto de siglo de leyenda a sus espaldas, tocaba ponerse a trabajar.
Publicado el 4 de septiembre de 2001, Jane Doe no es sólo el cuarto álbum de Converge: es un punto de inflexión para el grupo y para buena parte de la música extrema que llegó después. Escucharlo hoy permite entender por qué tanta gente lo trata como una piedra angular. No porque inventara cada elemento que contiene, sino porque reunió rabia, técnica, disonancia, emoción y una identidad visual absolutamente reconocible en un bloque tan compacto como devastador. El disco no envejece como una reliquia de culto: sigue sonando como una amenaza.
Jane Doe es un galimatías, un caos sonoro repleto de atonalidades y cambios de ritmo que pueden parecer insufribles si para ti la melodía es la base de todo. Pero su grandeza está precisamente en que, bajo esa apariencia de demolición descontrolada, hay una precisión tremenda. Los temas no se limitan a arremeter: se retuercen, se frenan, se descomponen y vuelven a atacar. Veinticinco años después, sigue habiendo bandas que intentan copiar esa fórmula sin acercarse siquiera a la intensidad emocional del original.
El disco
El salto de calidad de la banda de Salem es evidente. La ciudad de Massachusetts, eternamente asociada a la persecución y quema de brujas, parece un marco perfecto para una música que transmite violencia, angustia y desasosiego. Pero no estamos ante cuatro chavales tocando a toda pastilla: Converge ya llevaba una década de recorrido cuando grabó este álbum y aquí cristalizó todo lo que venían persiguiendo.
De entrada, me encanta esa caja de batería tan aguda de Ben Koller, cortante como una cuchilla y con una presencia brutal en la mezcla. El minuto y diecinueve segundos de “Concubine” ya resume el espíritu del disco: un ostión sónico de aúpa. Hay parones, ralentizaciones, golpes de campana en el ride y un trabajo rítmico de locos, pero no sobra ni un segundo. Es una canción diminuta que contiene un mundo entero de violencia.
“Fault and Fracture” prolonga el maltrato instrumental con un excepcional fraseo a la salida del verso. Aquí ya empieza uno a tener todo el respeto del mundo por la agrupación. Kurt Ballou convierte la guitarra en una herramienta de tortura, mientras la voz de Jacob Bannon no parece cantar: expulsa algo que lleva demasiado tiempo atrapado dentro. A sus veinticinco años, el disco conserva esa sensación de urgencia que muchas bandas pierden al intentar sonar importantes.
Los juegos de atonalidades de “Distance and Meaning” pueden remitir a sonidos más noventeros, incluso cercanos al grunge en algunos pasajes, pero esos ritmos tan desquiciantes llevan la canción a otro lugar. Hay algo de la extrañeza de Primus, de la tensión de The Jesus Lizard y de la agresividad del hardcore, pero la pieza tiene personalidad propia. Para mí sigue siendo uno de los mejores momentos del álbum: pura estridencia deliciosa.
Y cuando uno ya cree haber entendido las reglas del juego, llega la homónima “Jane Doe”. Más de once minutos de desarrollo, melodías fantasmales, ruido, tensión y una atmósfera que parece estar deshaciéndose delante de tus narices. El theremín, instrumento infernal por excelencia, les va como anillo al dedo. Hay pasajes arrastrados y envolventes, guitarras que dibujan fraseos sin piedad y una sensación de tragedia que explica por sí sola por qué la icónica portada pintada por Bannon acabó convirtiéndose en un símbolo.
Sigue la herencia noventera en “Hell to Pay”, mientras “Homewrecker” vuelve a ser un trallazo de mala leche. Atención a esos momentos en los que todo se detiene para destacar un redoble de Ben Koller, un músico absolutamente premiado por la producción. “The Broken Vow” es, a todas luces, de lo mejor del compacto: también posee retazos melódicos entre un ataque directo soberano en lo técnico y tremendo en ejecución. Puro material de directo, breve y convincente.
“Bitter and Then Some” sube otro punto la velocidad, con interludios más pausados antes de tirar de coros y contundencia. En “Heaven in Her Arms” aparece un componente más cercano al metal técnico, aunque el alma sigue siendo puramente metalcore. La diferencia es que Converge deja a muchas bandas del estilo en meros aprendices sin necesidad de recurrir a estribillos limpios ni a fórmulas de manual.
También sorprenden las dos piezas ligadas a “Phoenix”. “Phoenix in Flight” es un pulso atmosférico y onírico que añade otra capa al disco; incluso hay una sensibilidad que puede recordar, salvando las distancias, a Smashing Pumpkins. Luego llega “Phoenix in Flames”, y estaba cantado: cuarenta y cinco segundos de rabia desbocada. En el fondo no está tan lejos de algunos arrebatos de Nirvana en Bleach, aunque aquí todo resulta bastante más enfermo.
Veredicto
Nunca seré un fan irredento de Converge tras desmenuzar esta espectacular mezcla de noisecore, grunge rabioso, post-hardcore, metalcore y hasta toques de grindcore. Pero, veinticinco años después, entiendo perfectamente su estatus. Jane Doe no es un disco cómodo ni pretende serlo; es una obra que exige atención, varias escuchas y cierta disposición a dejar que el ruido también cuente una historia.
Más allá de lo técnico y lo musical, toca destacar la espectacular voz de Jacob Bannon: expresiva, teatral y capaz de evocar sentimientos y matices aunque la brutalidad ocupe una cuota enorme del disco. Converge logró algo difícil: hacer que el caos tenga sentido y que la violencia sonora transmita vulnerabilidad.
Y si hay posibilidad de ver a Converge sobre las tablas, allí me tendrán. Esta vez no pienso irme antes de que aparezcan en escena.


Licenciado en INEF y Humanidades, redactor en Popular 1, miembro fundador de TheMetalCircus y exredactor en webs y revistas como Metal Hammer, Batería Total, Guitarra Total y Science of Noise. Escribió el libro «Shock Rock: Sexo, violencia y teatro». Coleccionista de discos, películas y libros. Abierto de mente hacia la música y todas sus formas, pero con especial predilección por todas las ramas del rock. Disfruto también con el mero hecho de escribir.
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