Más allá del espejo: Meinstein y la redención del tributo

Meinstein

23 de octubre de 2026

Sala Salamandra, L’Hospitalet de Llobregat

Texto: Marc Fernández

Fotos: Cristina Heras

Cualquier crónica convencional dedicaría párrafos enteros a enumerar la artillería pesada. Se podría hablar de la locura colectiva desatada con “Du Hast”, “Sonne” o «Ich Will», de la cantidad insólita de pirotecnia comprimida dentro de las paredes de la sala Salamandra, o de cómo en un recinto donde no cabía ni un alfiler se respiraba una juerga como no se veía en la última década. El lector promedio asentiría, entendería que el concierto fue cojonudo y todos contentos. Pero redactar eso hoy se sentiría profundamente deshonesto.

 

Existe en internet una cruzada constante contra los grupos tributo. Durante años, confieso que yo mismo me he situado en ese bando purista, defendiendo a capa y espada el valor de la originalidad. Sin embargo, los años enseñan que la industria del directo es un organismo complejo. Copiar notas sin alma aburre tanto como robar un riff a AC/DC o a Iron Maiden para fundar una banda «original». Al final, subirse a un escenario exige transmitir algo genuino: atrapar un relámpago en una botella. Y eso fue exactamente lo que logró Meinstein en su propia casa, en Barcelona.

 

 

La noche tuvo sus sobresaltos, como aquel momento en que la alarma antiincendios saltó de golpe y detuvo el show en seco. Lejos de enfriar el ambiente, la respuesta colectiva fue una lección de comunión: el público rompió a aplaudir mientras el simpático “Till” calmaba a la masa explicando que probablemente se trataba solo de basurilla acumulada en el techo. El ritmo no decayó ni un segundo.

 

Pero el verdadero punto de inflexión no estuvo en la anécdota, sino en lo que el concierto provocó en el plano emocional.

 

Ver a Meinstein no supuso simplemente presenciar una imitación técnica impecable; significó experimentar por una sola noche lo que debió ser ver a Rammstein en una sala pequeña antes de su salto definitivo a los estadios, un hito histórico que, en mi caso, me pilló demasiado ocupado habitando los testículos de mi señor padre.

 

 

Esa atmósfera de club sudoroso, crudo y cercano devolvió a la música pesada algo que los macrofestivales a menudo diluyen: la magia pura del impacto frontal.

 

Meinstein no solo supuso mi reconciliación definitiva con los grupos tributo, sino una pequeña revelación en mi eterno camino por comprender qué significa realmente ser artista, músico o un simple aficionado enamorado del directo. A veces, la imitación más honesta es la clave para abrir la puerta de la leyenda.

 

Así que puede que la crónica de hoy sea diferente, que no desgrane el setlist ni hable en detalle de cada instante, pero simplemente no he sentido que fuera el momento. Tampoco he hablado de metal paco va a ver “X” ni he hecho chistes malos sobre los samaritanos o las pintas de unos músicos vestidos como la banda a la que homenajean. Me habría quedado frío y deshonesto. En su defecto, tengo otras muchas crónicas muy extensas y si, muy poco originales en las que ya hago eso.

 

 

Hoy he querido constatar mi reconciliación no los grupos tributos, sino con algunos; con esos que hacen las cosas bien, que entienden qué quieren transmitir en el escenario y cómo hacerlo.

 

Y si quieres averiguarlo, no te pierdas el próximo concierto de Meinstein. Si te gusta Rammstein lo entenderás enseguida, y si no, seguirá siendo la única forma de entender la magia de la que te he hablado.

 

 

 


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