Easy Rider
Salón de Actos del Centro Penitenciario Madrid V
Soto del Real
25 de septiembre de 2026
Redacción: J. A. Díaz.
Fotografía: Javier Paredes.
Concepción Arenal hizo una encendida defensa de la música en sus conocidos Estudios Penitenciarios (1877). «Sabe todas las lenguas, conoce todos los sujetos, penetra en lo íntimo y habla al héroe de su deber, al mártir de su abnegación, al entusiasta de su idea, al dichoso de su alegría, al triste de su dolor», decía.
No voy a aburrir al lector con demasiadas citas de nuestra gran penitenciarista, aunque alguna más me permitiré por su indudable vigencia. Dejó esta pionera escritas reflexiones tales como que «la música, que tanto convendría en la primera enseñanza, quisiéramos que formara parte de la de las prisiones», que «tiene la inmensa ventaja de ser agradable a todo el mundo, y de no hacer daño a nadie» o que «podría también ser para algún penado, que tuviera especiales disposiciones, medio de vivir honradamente al salir». En suma, que «el efecto de la música es conmover, elevar», y que esas son «cosas todas de que se halla muy necesitado el delincuente».
Desgraciadamente, la música no penetra entre los muros de nuestras cárceles tanto como a muchos nos gustaría. Hay excepciones, que se explican por el loable empeño personal de muchos funcionarios, verdaderos creyentes en la reinserción, que a la privación de libertad de los reclusos esperan, al menos, que no se sume (del todo) la ausencia de música. Entre ellos, ocupan un lugar destacado los del Centro Penitenciario Madrid V de Soto del Real, que han conseguido que toquen allí Ariel Rot, Pereza, Hakuna o el Coro de la Zarzuela de Madrid. Gracias a la labor de los presos que se encargan de la maravillosa revista Ecos de Soto, quien quiera puede conocer cómo se desarrollan estas y otras actividades.

Así que, cuando me propusieron organizar un concierto de heavy metal, habilitándome su cobertura a través de Stairway to Rock, no lo dudé ni un instante. El primer paso era convencer a un grupo que quisiera hacerlo pro bono y que, además, fuera de una calidad indiscutible. Para mi alegría, se prestó una de las grandes bandas que ha dado y dará el metal de este país, autora de álbumes de culto durante el cambio de siglo. Quién mejor que un espíritu libre, como por definición es Easy Rider, para embarcarse en esta aventura. Emulando a Metallica cuando su gira de presentación de disco paró en la penitenciaría de San Quintín (California), el grupo madrileño ha hecho lo propio con su último trabajo en la prisión de Soto del Real. Con la esencial diferencia de que Maniphesto (2025) es infinitamente superior a St. Anger (2003).
Tras varios meses de preparación, el viernes 25 de septiembre de 2026 Stairway to Rock acompañó a José Antonio Villanueva (bajo), Javier Villanueva y Daniel Castellanos (guitarras), José María Roldán (batería) y Dess (voz) hasta el salón de actos del centro penitenciario. El evento llevaba un tiempo anunciado a través de unos carteles que elaboramos y que se colgaron en los módulos de la prisión, así que los reclusos tenían ganas de heavy metal. O, al menos, curiosidad por descubrir cómo sonaba ese género musical. Cientos de personas acudieron desde las cinco de la tarde, hora señalada para el inicio de la descarga. Hubo que añadir sillas y más sillas hasta sobrepasar holgadamente nuestras expectativas.

El recinto en sí no tenía nada que envidiar a muchas salas de conciertos, aunque contaba con varias particularidades. La primera: jamás había sonado allí algo tan duro como Easy Rider, por lo que la acústica planteaba importantes desafíos. Superar este escollo fue mérito, en general, del grupo y de su manager Manuel Pérez. Pero, sobre todo, de Castellanos, pluriempleado como técnico de sonido. El segundo hándicap derivaba del necesario protocolo de seguridad del centro. El público debía permanecer sentado, evocando aquellos conciertos que vivimos durante la pandemia de COVID-19. Nadie podrá negar que es difícil conectar con él en tales condiciones. Máxime, cuando de heavy metal estamos hablando.
Desperdigados por aquel auditorio destacaban varios fieles engalanados con sus atuendos más rockeros. Ignoro si la canción «Jailbreak» (Dirty Deeds Done Dirt Cheap, 1976) tendrá algo que ver, pero AC/DC contaba con una nutrida representación de camisetas. Dicho esto, más de la mitad de la asistencia seguramente no se había parado a escuchar una guitarra eléctrica distorsionada en su vida. Se palpaba su curiosidad, pero el resultado del experimento era incierto.
Tuve el placer de presentar al grupo mientras llegaban los presos de los últimos módulos. Fue entonces cuando Easy Rider arrancó, empalmando «Paralysis», de su último trabajo, con «Changes», de Lord of the Storm (1998). Sin mediar palabra, cayó «Wormwood» (Evilution, 2000). Cada canción, al finalizar, recibía un sonoro aplauso. Al principio, acompañaban a esas palmas unos rostros desconcertados.

Resultó impresionante comprobar cómo unas personas ajenas a esta música empezaron a hacer headbanging y a tocar la batería invisible según avanzaba el concierto. Diría que «Wormwood» fue el punto de inflexión para que acabara sucediendo aquello. La mayoría se enganchó al espectáculo a través de la percusión. Roldán, muy bien escoltado por José Antonio Villanueva, ejerció en esos primeros compases de MVP. Ahora bien, los de las camisetas de AC/DC apreciaron desde el principio, tanto o más que los neófitos la base rítmica, la labor de Castellanos y Javier Villanueva y sus duelos de guitarras. Bastaba un gesto de los guitarristas vallecanos para que la minoría rockera se rindiera ante ellos.
Antes de la cuarta canción, que fue el tema homónimo de Maniphesto, Dess se dirigió a la audiencia por primera vez. Delatada por su acento malagueño, se llevó una ovación adicional del sector más andalucista. Y después nos deleitó la banda, del tirón, con «Lord of the Storm» y «Savage Rage». Un punto álgido del concierto. Atendiendo al guiño del cartel anunciándolo, era evidente que Lord of the Storm iba a ser un álbum destacado esta velada.
Aun así, era Maniphesto el que vertebraba el setlist. No en vano, esta parada en Soto del Real todavía formaba parte de la gira de presentación del nuevo disco. Llegó el turno de «Hear My Voice» y de la que, para quien esto escribe, es la última gran joya de Easy Rider: «Welcome to My Paradise». Entre medias, hubo otra concesión a esa obra maestra del metal progresivo que es Evilution: «The New Jerusalem». Dess aprovechó para contarnos que, antes de incorporarse como cantante hace ya seis años, ella era fan del grupo gracias a ese disco y a esa canción.
Haré aquí un paréntesis para recalcar que Dess rindió a un nivel altísimo. Quienes descubrimos a Easy Rider con Eugenio Garañeda al frente siempre tendremos especial querencia por aquella voz tan única. Sin embargo, en conciertos como este, Dess consigue que no nos acordemos de él. Fue aclamada más de una vez al sostener unos espectaculares agudos.

«Seven» despidió Lord of the Storm, y para entonces el público ya seguía en masa los coros, se sucedían los «¡ey, ey, ey!» y se alzaban los cuernos desde la mayoría de los asientos. Aquel temazo vino de la mano con «Babylon the Great», de Evilution. Las revoluciones estaban desbocadas cuando la banda decidió imprimir pausa acordándose de su debut, Perfecta Creación (1997). Concretamente, de la preciosa balada «Tiempo». La asistencia celebró especialmente que su letra fuera en español.
Después terminaría el recorrido por Maniphesto con «The Deal» y «Felurian», la primera letra de Easy Rider en castellano en casi treinta años. Entre ambas, dijimos adiós igualmente a Evilution a ritmo de su canción homónima. El concierto, tal y como estaba previsto, acabó con los temas más imprescindibles de su primer disco. Me refiero, claro está, a «Perfecta Creación» y a ese himno atemporal del metal patrio que es «Stranger», incluida su intro a las cuatro cuerdas a cargo de José Antonio Villanueva.

Transcurridos más de noventa minutos desde que sonara «Paralysis», había llegado el momento de que los presos regresaran a sus módulos. El grupo se despidió. Pero el público quería más y comenzó a pedir un bis. Tras la pertinente autorización de los funcionarios allí presentes, sucedió. Fue un auténtico bis, no planificado, de los que ya no se estilan. La canción elegida fue «Visions» (Animal, 2003), para no olvidar la época en la que el estadounidense Ron Finn se incorporó como cantante de la banda tras su experiencia con Savatage. Regeneration (2002) y From the Darkness (2014), eso sí, quedaron para otra ocasión.
Lo verdaderamente emotivo del bis fue que subió al escenario (después de solicitarlo debidamente a los funcionarios) un interno que ya era fan de Easy Rider antes de que empezara este concierto. Unos minutos antes, se había dejado la garganta cantando «Perfecta Creación» desde su asiento. Lo dio todo en las tablas y, cuando esa noche se apagaron las luces de su celda, no me cabe duda de que fue bienvenido al mundo de los sueños.
Así terminó una experiencia que sólo puedo calificar de éxito rotundo. Debo agradecer nuevamente a la dirección, funcionarios, trabajadores e internos del Centro Penitenciario Madrid V su predisposición. En particular, entre estos últimos, al que ha autorizado la difusión de su imagen cuando subió al escenario. Y a Easy Rider, gracias también por su entrega. Todo ello, desde la esperanza de que, en el futuro, vuelva a haber más metal en prisión que el de las rejas que la custodian.


Doctor en Derecho, licenciado en Ciencias Políticas, novelista especializado en fantasía y bajista en excedencia. Apasionado del metal en todas sus formas, debuto como redactor musical en Stairway to Rock.
Descubre más desde Stairway to Rock
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.













