Epicus, Doomicus, Metallicus
10 de junio de 1986
Black Dragon Records
A estas alturas de la historia de la música, cualquiera conoce el papel imprescindible de Black Sabbath como la banda creadora del metal, con un énfasis particular en el doom: el subgénero más lento y melancólico. Pentagram, así como algunas bandas de la NWOBHM como Witchfinder General o Pagan Altar tomaron la antorcha de ese legado, pero deberíamos de esperar hasta 1986 para disfrutar del nacimiento de su vertiente más épica. Los suecos Candlemass generaron una atípica simbiosis entre esas influencias de bajas revoluciones, junto a la epicidad inherente en el sonido del power americano de Manilla Road o Warlord. Epicus, Doomicus, Metallicus fue un auténtico puñetazo infernal sobre la mesa, caracterizado por una atmosfera opresiva a la par que solemne, con unas voces más cercanas a la ópera, que no a los agudos callejeros de Ozzy y sus discípulos. Por algo llevo tatuada su icónica calavera sobre mi pecho izquierdo: porque esta obra maestra es la perfecta definición de una de mis propuestas sónicas favoritas.
Para hablar de los orígenes del grupo, no podemos olvidarnos de mencionar su semilla: Nemesis, la disuelta agrupación anterior del bajista y compositor Leif Edling, con la cual debutó en el EP The Day of Retribution (1984). Con el claro objetivo en su mente de forjar la banda más pesada del mundo, a finales de ese mismo año crea Candlemass, tras juntarse con el guitarrista rítmico Mappe Björkman y, ya en 1987 después de algunos cambios, junto al guitarrista líder Lars Johansson y el batería Jan Lindh. Cabe recordar que, durante los primeros años, el vocalista Johan Langquist era únicamente un músico de sesión, aunque desde 2018 haya sido el cantante oficial, tras varias colaboraciones en directo. Recientemente, en Grecia pudieron disfrutarlo junto al carismático Messiah Marcolin, quien entró a partir del siguiente álbum detrás del micrófono. Incluso el peculiar Robert Lowe, conocido por ser la voz detrás de otro clásico del doom épico como Solitude Aeturnus, también estuvo en Candlemass durante tres infravalorados discos.
El disco
El lóbrego inicio de «Solitude», con esos sintetizadores espectrales, nos permiten hacernos a la idea de la travesía angosta que nos espera. Fiel reflejo de las condiciones en las que grabaron su elepé debut, con un frío polar que les obligaba a usar guantes y ropa térmica, dentro del estudio del productor Ragne Wahlquist (miembro de Heavy Load, que nos dejó el año pasado). La desesperación y soledad absoluta, parece apoderarse del narrador, en esta triste balada que nos arranca el alma. La atmosfera se torna todavía más densa en la composición más extensa del álbum: la todopoderosa «Demon’s Gate», que parece ser la puerta para que los demonios más despiadados destrocen la humanidad. Ese riff guitarrero no puede ser más icónico, con la voz de Johan gritando como si estuviera siendo poseída por la maldad absoluta. Interesante cambio de ritmo bien avanzada la canción, para lucirse el bajo de Leif, antes de la traca final. Prosiguen con la prestidigitadora «Crystal Ball», donde el protagonista quiere descubrir los secretos ocultos mediante visiones, en una bola mágica que parece esconder un terrible destino.
Encaramos la segunda cara del álbum con «Black Stone Wielder», quizás la canción más trepidante, a pesar de su extensión. El culto a la piedra oscura, por un portador que va sucediéndose entre generaciones, en un macabro ritual. Es continuada por la amenazadora «Under the Oak», con un solo tremendo de guitarra nada más empezar. Ese pasaje atmosférico, llegados al ecuador de la canción, es otra clara muestra de la magia que lograron invocar en esta clase magistral. No se me ocurre mejor manera de despedir semejante maravilla, que la sublime «A Sorcerer’s Pledge», con un precioso inicio acústico, donde reluce la eterna voz de Langquist como el hechicero que guía al pueblo, en esta pieza dividida en tres actos, donde se desarrolla la historia. A partir del segundo minuto, batería y guitarras se ponen de acuerdo para descargar una tormenta amenazante, a las cuáles se adaptan el bajo y la voz en sincronía. Es evidente la progresividad presente en parte de estas canciones, ya que en el quinto minuto disfrutamos de otra variación, donde los teclados dictan el camino. Unos etéreos coros femeninos concluyen misteriosamente la función.
«Time stands still in these ancient halls
Only the castle itself can tell what it keeps
Dark are the secrets between these walls
hidden in shadows of death, while the sorcerer sleeps».
Veredicto
Epicus, Doomicus, Metallicus no solamente sentó las bases del doom metal épico, sino que ningún disco ha sido capaz de alcanzar el cénit musical que este marcó. Ni siquiera los propios Candlemass, con discazos posteriores como Nightfall (1987), Ancient Dreams (1988), Tales of Creation (1989) o el posterior King of the Grey Islands, pudieron superarlo, ni siquiera igualarlo. Sin su legado imborrable no existirían hoy día bandas como Crypt Sermon, Wheel o Doomocracy, claros referentes actuales de una rama que está viviendo una dulce segunda juventud.
Apasionado del cine y la música. Desde 2021 he sido redactor en diferentes medios como Manners of Hate, Metal Nightmare y Queens of Steel. Recientemente incorporado al equipo de Stairway to Rock, para ofreceros desde entrevistas, reseñas de discos o crónicas de conciertos (con énfasis en el underground), además de cualquier artículo especial cinéfilo que me pase por mi cabeza. Especializado en heavy, thrash, speed, metal épico, doom, rock progresivo y psicodélico. Actualmente trabajando en una novela de ciencia ficción.
