A Kind of Magic
2 de junio de 1991
EMI
En junio de 1986, Queen publicó un disco que parecía diseñado para conquistar estadios antes incluso de sonar en ellos. A Kind of Magic no fue simplemente el duodécimo álbum de estudio de la banda británica: fue la banda sonora emocional de un imperio que empezaba a intuir su final. Cuarenta años después, sigue funcionando como un documento fascinante de transición, excesos y supervivencia. Un álbum que mira al mainstream de los ochenta sin abandonar del todo la grandilocuencia operística y rockera que convirtió a Queen en una anomalía irrepetible.
La historia del disco está íntimamente ligada a Highlander (en España Los Inmortales), película de culto protagonizada por Christopher Lambert y Sean Connery. Lo que inicialmente iba a ser una colaboración parcial terminó convirtiéndose en un álbum atravesado por el imaginario épico y fantástico del film. Brian May recordaría años después que, tras ver apenas veinte minutos de metraje, todos los miembros del grupo salieron “con canciones en la cabeza” (QueenSong.info).
Sin embargo, Queen fue muy cuidadosa en no vender A Kind of Magic como una simple banda sonora (como sí hicieron con Flash Gordon, en 1980). Roger Taylor insistía en que aquello debía entenderse como un álbum de Queen por derecho propio, mientras John Deacon explicaba que muchas piezas fueron reestructuradas y ampliadas para funcionar fuera del contexto cinematográfico (como podemos ver en las entrevistas de la época, recuperadas por Louder Sound / Classic Rock en 2016 para su 30 aniversario).
Y ahí reside precisamente una de las claves del disco: A Kind of Magic vive constantemente entre dos mundos. Nunca termina de ser un soundtrack, pero tampoco pretende comportarse como un álbum conceptual clásico de Queen. Es más bien una colección de himnos diseñados para el directo, alimentados por el espíritu cinematográfico de Highlander y por la renovada confianza del grupo tras el terremoto de Live Aid.
Porque hay que recordar algo importante: en 1985, Queen parecía una banda en fase de desgaste. Las tensiones internas eran constantes, las críticas a discos como Hot Space todavía pesaban y el grupo llevaba años intentando adaptarse a un mercado dominado por sintetizadores, videoclips y estética MTV. Pero entonces llegó Wembley. Llegó Live Aid. Llegó ese concierto de veinte minutos que redefinió la percepción pública de la banda para siempre. Después de aquello, Queen volvió a sentirse invencible. Y A Kind of Magic suena exactamente así: como una banda que acaba de recordar que puede dominar el planeta.
El disco
El disco se abre con “One Vision”, probablemente una de las canciones más puramente hard rock que grabó Queen en los ochenta. Nacida directamente del impulso post-Live Aid, funciona como declaración de intenciones y como demostración de fuerza colectiva. El riff de Brian May es enorme, metálico, casi heavy por momentos, mientras Freddie Mercury canta con una mezcla perfecta de arrogancia y celebración. No es casualidad que el tema acabara convirtiéndose en una de las piezas perfectas para abrir los conciertos en la gira Magic Tour.
Y luego llega la canción titular, uno de los casos más interesantes de “reconstrucción” interna en la historia de Queen. Originalmente, “A Kind of Magic” era una composición bastante diferente escrita por Roger Taylor para Highlander. Freddie Mercury tomó aquella base y prácticamente la transformó en otra cosa. El propio cantante admitió en una entrevista de 1986 que sentía que la canción tenía “otra vertiente comercial” y decidió rehacerla mientras Taylor estaba fuera de la ciudad. “La cambié completamente”, reconocía Mercury. (QueenSongs.info)
El resultado fue un hit gigantesco. La versión final es puro Queen ochentero: ritmos bailables, capas vocales impecables, teatralidad pop y una producción enorme que todavía hoy conserva cierto encanto kitsch. Sí, hay sintetizadores por todas partes. Sí, el sonido está profundamente anclado en 1986. Pero también hay algo magnético en esa mezcla entre fantasía cinematográfica, pop de estadio y espíritu glam.
Otra de las canciones, “Who Wants to Live Forever”, sigue siendo devastadora cuarenta años después. Brian May escribió la canción inspirado por la dimensión trágica de Highlander, pero resulta imposible escucharla hoy sin pensar en el destino de Mercury. La interpretación vocal roza lo sobrenatural. Hay una melancolía gigantesca en cada frase, sostenida por arreglos orquestales monumentales y uno de los mejores trabajos de May como compositor. En retrospectiva, la canción parece casi profética, haciendo que disco y canción funcionen como el último gran retrato de Queen antes de que la enfermedad y el silencio empezaran a cambiarlo todo. Porque este fue el último álbum de Queen acompañado de una gran gira mundial con Freddie Mercury.
Del mismo modo, escuchando canciones como “Princes of the Universe”, se entiende perfectamente por qué aquella gira alcanzó dimensiones legendarias. Ese tema es Queen convertido en heavy metal teatral. Brian May desata algunos de los riffs más agresivos de toda la etapa ochentera del grupo mientras Freddie canta como un emperador galáctico. La conexión con el imaginario fantástico de Highlander resulta absoluta: inmortalidad, destino, poder, tragedia. Todo está ahí. Incluso hoy sigue sonando desmesurada y gloriosa al mismo tiempo. Exactamente como debe sonar La Reina.
Pero no es oro todo lo que reluce y, también, es cierto que el álbum tiene irregularidades. “Pain Is So Close to Pleasure” o “Don’t Lose Your Head” representan el lado más discutible del sonido ochentero del grupo. Hay momentos donde la producción amenaza con devorar las canciones, y ciertos experimentos funk-pop no alcanzan la brillantez de épocas anteriores. Pero incluso en esos pasajes aparece una virtud esencial de Queen: jamás sonaban tímidos. Incluso sus errores tenían personalidad. Y eso es algo que muchas bandas técnicamente perfectas nunca consiguen.
Veredicto
Escuchado hoy, A Kind of Magic representa el instante exacto en que Queen terminó de abrazar la idea de sí misma como espectáculo total. Las canciones parecen construidas para estadios gigantescos, videoclips monumentales y públicos de ochenta mil personas. Ya no existe aquí el grupo experimental y casi progresivo de los setenta. Este es Queen convertido en institución global. Y, sin embargo, todavía conservaban hambre. Todavía sonaban vivos. Eso explica por qué tantas canciones del álbum siguen funcionando décadas después en recopilatorios, películas, eventos deportivos y conciertos homenaje. Queen entendía algo esencial sobre la música pop: un himno no tiene por qué ser sofisticado; tiene que ser inolvidable.
Pero quizá lo más interesante de A Kind of Magic sea cómo consigue sobrevivir a su propia época. Muchos discos gigantes de 1986 han quedado atrapados en los clichés de producción del momento. Queen, en cambio, logra escapar parcialmente gracias a la fuerza de las composiciones y a la personalidad salvaje del grupo. Incluso cuando los sintetizadores suenan exagerados o ciertos arreglos parecen hijos directos de MTV, las canciones conservan una identidad inconfundible.
Cuarenta años después, A Kind of Magic sigue siendo un álbum extraño dentro de su catálogo: demasiado pop para los puristas del hard rock, demasiado grandilocuente para el pop convencional, demasiado cinematográfico para ser un disco “normal”. No es su obra maestra definitiva. No es su disco más innovador. Ni siquiera es su mejor álbum de los ochenta. Pero sí es probablemente el último momento en que Queen se sintió completamente inmortal.


Jordy Stanley. Profesor de Lengua y Literatura, historiador y freaky en general, posee diferentes obras de ámbito académico y divulgativo. Su último libro, Conan a lo largo de los filmes (PanoArtBooks, 2022) ha agotado sus dos ediciones. Entre lo destacado de su discografía, podemos hallar Henry Dark (2009), de su anterior banda, HENRY DARK y el flamante LP, KISS my Covers (2024), donde tributa a KISS, la banda de su vida, de una manera muy particular. Guitarrista y cantante, otra de sus múltiples facetas es la de youtuber y redactor musical.
