92/100
Discográfica: Napalm Records
Fecha de lanzamiento: 28 de agosto de 2026
Cuando la rareza se convierte en identidad
Todavía tengo presente el concierto de Black Spikes en España hace unos meses. Fue una de esas actuaciones que terminan antes de que uno haya tenido tiempo de asimilar lo que acaba de ocurrir. Había intensidad, teatralidad, electrónica, cambios de dinámica y una vocalista capaz de pasar de la fragilidad a la violencia extrema en cuestión de segundos. Sobre todo, quedó esa sensación tan incómoda como estimulante de querer más. Ahora, por fin, Ydos permite comprobar si aquella impresión sobre el escenario tenía detrás una obra capaz de sostenerla. La respuesta es sí.
El segundo álbum de los lituanos —y su debut con Napalm Records— es un trabajo conceptualmente ambicioso que convierte los defectos humanos en protagonistas de una especie de cuento oscuro. Ydos significa precisamente «vicios» o «defectos», y cada una de sus diez canciones aborda una de estas pulsiones desde una perspectiva casi mitológica.
Musicalmente, Black Spikes se niega a escoger un único camino. Hay metal progresivo, djent, electrónica, momentos cercanos al alternative metal, pasajes atmosféricos e incluso trap y rap. Lo interesante es que no aparecen como ingredientes lanzados al azar, sino como herramientas narrativas. «Pasaka» abre el álbum con sonidos inquietantes, arreglos orquestales y la voz de Agni flotando entre registros limpios y screams, antes de que «Motina» convierta esa aparente calma en una descarga de blast beats y riffs complejos.
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Y entonces llega «Melas», quizá el movimiento más arriesgado de todo el álbum. Los ritmos trap y el rap irrumpen en una estructura de metal moderno, creando una sensación deliberadamente incómoda y escurridiza. No es un experimento colocado para llamar la atención: encaja con el concepto del engaño y demuestra que Black Spikes está dispuesto a romper la frontera entre géneros si la canción lo necesita.
Un álbum que necesita ser escuchado con atención
«Mara» representa otra de las virtudes de Ydos: saber detenerse. La banda alterna pasajes delicados y atmosféricos con explosiones de intensidad, permitiendo que los silencios tengan tanto peso como los riffs. En «Zelvar», el único tema interpretado en inglés, aparece además una faceta particularmente accesible sin que la banda renuncie a su complejidad.
A partir de ahí, el disco sigue desplazándose entre extremos. «Apatija» incorpora interludios electrónicos de carácter futurista; «Aurea» combina riffs agresivos y baterías galopantes con momentos de calma casi hipnótica; y «Senas Demonas» recupera la faceta más oscura y pesada de la formación. El cierre con «Dulkės» funciona como una conclusión cinematográfica, dejando que las melodías y las atmósferas vayan apagando progresivamente la historia.
Una de las grandes responsables de que todo esto funcione es Agni. Su interpretación es extraordinariamente versátil, y es que puede sonar etérea, casi susurrada, y un instante después lanzar un scream áspero que cambia completamente la temperatura de la canción. Las diferentes capas vocales son fundamentales en el sonido de Black Spikes y están integradas en la arquitectura de las composiciones, no simplemente superpuestas a posteriori.
También resulta fundamental el trabajo de Yaga con las guitarras y los elementos electrónicos, junto a Mazvis, Sime y Titas. La producción mantiene las guitarras físicas y contundentes mientras permite que la electrónica conserve su carácter clínico y espacial.
Personalmente, lo que más me convence de Ydos es que Black Spikes no parece estar intentando convertirse en la próxima banda de nadie. Su música puede recordar inevitablemente a diferentes corrientes del metal moderno, pero su manera de ensamblarlas tiene suficiente personalidad como para escapar de la etiqueta fácil. Y eso, después de haberlos visto en directo, resulta todavía más evidente: aquella sensación de «quiero escuchar más» no era simplemente producto del directo. Este disco explica por qué.
Ydos es oscuro, extraño, técnico y por momentos desconcertante. Precisamente por eso resulta tan estimulante. En una época en la que demasiadas bandas buscan sonar inmediatamente reconocibles, Black Spikes ha entendido algo mucho más importante: ser reconocible no significa sonar familiar.
Mi nombre es Irene, y todo el mundo me conoce por mi apellido Kilmister adquirido por el que ha sido y será mi mayor ídolo en esta vida. Lo cierto es que yo empecé en esto de la fotografía sin pensarlo mucho. Era la típica amiga de la cámara, pero de que me quise dar cuenta me propusieron entrar a colaborar en un medio profesional en 2017 y desde ahí he pasado de ser esa amiga de la cámara a evolucionar y coinvertirme en lo que conocéis ahora.
Apasionada de la música en todos sus géneros y amante de la lectura y los conciertos, aunque mi verdadera profesión no tenga nada que ver con todo esto.
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