Pantera – The Great Southern Trendkill: 30 años del presagio del fin

The Great Southern Trendkill

7 de mayo de 1996

East West Records

 

Tal día como hoy, pero hace seis lustros, veía la luz el que, según el cómputo oficial de Pantera, es su cuarto álbum. Sería el octavo, si descorremos el tupido velo que cubre la denostada época de Glamtera. O el quinto si, como siempre me pareció más razonable, empezamos el recuento desde la incorporación de Phil Anselmo a la banda. Tanto da: lo que me parece indiscutible es que The Great Southern Trendkill fue el último gran disco de los texanos.

 

A pesar de su título, The Great Southern Trendkill no vino a acabar con ninguna moda. Pantera ya había logrado ese hito con Far Beyond Driven (1994): disco de platino y un primer puesto en el Billboard 200. Llegado 1996, los sureños eran la tendencia. Y no sólo en el ámbito metálico. Este es uno de los discos favoritos, por ejemplo, del gurú de la música electrónica Moby.

 

The Great Southern Trendkill volvió a ser un éxito comercial (aunque tuvo que conformarse con un cuarto puesto en el Billboard 200). A nivel crítico, fue recibido con división de opiniones, pero llegado el año 2019 la revista Kerrang! lo consideró el mejor álbum de los texanos. Su vigésimo aniversario se celebró con la publicación de una edición especial que incluía demos, remixes, instrumentales y grabaciones en directo.

 

Su influencia, como la de toda la música de Pantera, sería palpable durante la explosión de metalcore de principios de siglo. Para muestra, un botón: «I Won’t See You Tonight», «Part 1» y «Part 2», de Avenged Sevenfold (Waking the Fallen, 2003). Precisamente, «Suicide Note» ha sido una de las canciones fijas del repertorio en directo de lo que queda de Pantera desde su reunión de 2022. Acompañada, claro, de otros temas de este álbum: por el momento, han vuelto a sonar «10’s», «Floods» y «War Nerve».

 

En definitiva, parece que nos encontramos ante la materialización del sueño de toda banda. En el cénit de su carrera, presentaron un disco que seguía manteniendo alto el listón. Pero sus letras, que reflejan la difícil situación que atravesaba Anselmo, ya presagiaban lo que sucedería. «Fuck the world, for all it’s worth, every inch of planet Earth, fuck myself».

 

Phil Anselmo padecía dolores de espalda crónicos que acabaron derivando en su adicción a la heroína. Incapaces de soportar sus desmanes (y, en el caso de Rex Brown, espantado ante las invitaciones de Anselmo para que se le uniera en su nuevo vicio), el resto de la banda decidió grabar los instrumentos por su lado, en Texas. La autobiografía del bajista, «Official Truth, 101 Proof: The Inside Story Of Pantera» (Ed. Da Capo Press, 2014), es una fuente de muy recomendable lectura para entender lo que estaba pasando entonces.

 

Así las cosas, Anselmo se exilió a su patria. En efecto, el cantante grabó las voces en Nueva Orleans, en los Nothing Studios de Trent Reznor y asistido de Seth Putnam (Anal Cunt), cuyas cuerdas vocales lo acompañan en cuatro canciones. Fue el último disco de Pantera producido por Terry Date. En la gira posterior, Phil Anselmo llegaría a estar clínicamente muerto por una sobredosis. Todo ello explica que, aunque el último disco de los texanos fuera el mediocre Reinventing the Steel (2000), The Great Southern Trendkill sea su verdadero canto del cisne.

 

El disco

Nos muestra la icónica portada a una serpiente de cascabel, que inevitablemente se asocia con la bandera de Gadsden. Una carta de presentación que perpetúa esa imagen de «música de rednecks y para rednecks» que tanto daño ha hecho a Pantera. Es cierto que, si algún preocupado progenitor de adolescente noventero se lanzara a darle al play, los primeros segundos de «The Great Southern Trendkill» no iban a convencerle de lo contrario.

 

El tema que abre el álbum, tras el berrido inicial, nos sumerge en una orgía de violencia, con riffs que beben del grindcore. Lejos quedan los tiempos de Power Metal (1988), en los que Anselmo quería parecerse (y se acercaba bastante) a Rob Halford. Pero en tierra de growls, empapado en heroína y destilando angustia existencial, me sigue pareciendo un excelente cantante.

 

Dicho esto, el característico groove de Pantera no ha desaparecido, ni siquiera en las canciones más duras, como demuestra el final del propio tema «The Great Southern Trendkill». A veces hay que esperar a que el groove emerja de entre esos pantanos donde mora Obituary y que terminan anegando «13 Steps to Nowhere» o el cierre del álbum, «(Reprise) Sandblasted Skin». Pero ahí está. Y quienes sólo busquen groove, lo encontrarán también, sin discusión, en esos temazos que son «War Nerve» y «Drag the Waters», donde Vinnie Paul demuestra lo gran batería que era.

 

Por lo que respecta a las dos canciones duras restantes, vayamos primero a «The Underground in America». Su riff inicial siempre me recordó al arranque de la canción «Ultramemia» de Def Con Dos, del disco homónimo publicado el mismo año que el que ahora nos ocupa. Muy noventero todo en ese tema, incluyendo el experimento noise del final. En cuanto a «Living Through Me (Hell’s Wrath)», incluye unos tramos de thrash metal muy amenos, extraídos de ese manual de Exhorder que tanto estudiaron los texanos. Sin embargo, siempre me irritó la canción por ese interludio industrial de más un minuto que, a la mitad, la destroza.

 

Aunque ya hemos mencionado grandes hits del álbum, donde The Great Southern Trendkill más brilla es en sus canciones más suaves y, especialmente, en la que lo es a medias. Las dos partes de «Suicide Note» constituyen una cima compositiva de Pantera, porque resumen todo lo que ofrecía la banda: el sentimiento desbordante de la balada, primero, y la agresividad (aparentemente) descontrolada, después. En la primera parte escuchamos además unos teclados (cortesía de Ross Karpelman), instrumento que Pantera tenía escondido en algún cajón desde la década de 1980.

 

«Floods» me despierta sentimientos encontrados. Me aburre soberanamente, aunque es indiscutible que el solo es uno de los mejores de Dimebag Darrell. Donde no dudo es con la maravillosa «10’s». Un chute opiáceo que nos inocula toda la esencia de Black Sabbath que Pantera siempre llevó dentro.

 

Veredicto

Siendo uno de los álbumes de base para mi formación metálica, escuché en mi adolescencia el CD hasta quemarlo y hacía tiempo que no lo revisitaba. En el imaginario colectivo, se ha quedado con la etiqueta de «el álbum más extremo de Pantera».

 

Estando clavados en mis recuerdos de aquella época (un tiempo en el que era yo más impresionable) los alaridos del líder de Coño Anal, de no haberme sumergido de nuevo en The Great Southern Trendkill al albur de este trigésimo aniversario, podría haberme limitado a reproducir esa generalizada conclusión. Hubiera sido un error, porque su carácter «extremo» hay que matizarlo.

 

No se trata sólo de que mantenga el álbum ese groove que dio fama a Pantera. Es que el dolor que padecían los miembros de la banda, y que también se expresa con sonidos extremos, se canaliza, ante todo (incluidos los temas más brutales), a través de puro blues en voz y guitarra y de mucho jazz en la base rítmica. ¿El disco más experimental de los texanos? Seguramente. Pero no más extremo, entendido como duro y analizado en su conjunto, que Far Beyond Driven (1994) o Vulgar Display of Power (1992).

 

Este álbum contiene, en cualquier caso, un sonido irrepetible. No sólo por las muertes de Putnam y de los añorados hermanos Abbott, Dimebag Darrell y Vinnie Paul, sino por la forma en la que fue concebido. Aunque de las grandes obras de Pantera me siga pareciendo la peor, The Great Southern Trendkill merece estar en el panteón de los grandes discos de metal de la década de 1990.

 

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