Molotov incendia la Razz en un aquelarre latino de los PUTOS

Molotov

Lunes 13 de julio de 2026

Razzmatazz, Barcelona

Texto y fotos: Markceröck

El calor en Barcelona este 13 de julio de 2026 es insoportable, asfixiante; de ese que se te pega a la piel como el humo de un directo. La sensación de ahogo se multiplica por mil cuando, a última hora, el concierto se traslada del Sant Jordi Club al templo sudoroso de la sala Razzmatazz. Pero a nadie le importa una puta mierda. La leyenda del rock mexicano está sobre el escenario, y la histeria colectiva se apodera de cada rincón de la mítica sala barcelonesa en cuanto Molotov toma posiciones, listo para reventar el lugar.

 

La noche arranca torcida, caótica, con esa hermosa mala idea de venir en chanclas, puro estilo playero y despreocupado, como si fuéramos a tomar un mojito en un chiringuito de la Barceloneta y no a meternos en una auténtica trituradora de carne. Para añadir todavía más tensión al asunto, vivimos una auténtica anécdota de infarto: llegamos sin la confirmación de la acreditación y nos rebotan en la puerta. Era el momento de echarle huevos a la vida, templar el pulso, desplegar toda una trayectoria como cronista y congelador de imágenes en la ciudad condal y cumplir nuestro sagrado cometido: entrar, como fuera.

 

Perderse este bolo, sencillamente, no era una opción. Y, al fin, las condecoraciones acumuladas tras miles de conciertos encontraban el reconocimiento de la industria.

 

 

Una vez dentro de la caldera, la locura se desata desde el primer segundo, cuando arranca «Amateur (Rock Me Amadeus)» con esa base de rap metal bailable que nos vuela la cabeza a todos. Ahí llega la gran sorpresa de la noche: Álvaro Contreras, el “alemán”, se presenta como el nuevo guitarrista de la banda y encaja de inmediato. Dispara riffs afiladísimos, demuestra una química brutal e intercambia miradas y sonrisas con un Micky Huidobro soberbio, que no deja de bromear desde su trinchera con el bajo. Mientras tanto, el público ya flota en una nube de nostalgia y adrenalina pura.

 

Sin darnos un respiro, la banda nos escupe en la cara «Chinga tu madre», un cañonazo de rabia noventera en el que todo el mundo grita el estribillo para liberar tensiones acumuladas. Sin pausa enlazan con «Pendejo», una joya donde las líneas de bajo retumban directamente en el pecho. Paco Ayala comanda el ritmo con autoridad imperial mientras cruza bromas por el micrófono con Randy Ebright, que desde la batería no solo machaca los parches con una violencia descomunal, sino que también aporta unos coros demoledores y dirige los tiempos del espectáculo con precisión quirúrgica. Entre risas, ambos le dan la bienvenida al nuevo guitarrista, que responde destrozando las cuerdas con una distorsión exquisita.

 

 

En ese instante de comunión, la música vuelve a demostrar su poder y se produce el pequeño milagro multicultural del exilio. De repente aparecen amigos argentinos, colombianos, ecuatorianos, españoles, guiris y mexicanos, todos alentando al mismo equipo: esa selección multinacional y bastarda llamada Molotov. Da igual el pasaporte; el idioma común es el desmadre. Entonces suena «Parásito», que coreamos con el puño en alto mientras disfrutamos de esa ironía afilada que solo ellos saben escupir.

 

Acto seguido revientan nuestras neuronas con «Lagunas metales», ese delirio lírico repleto de referencias al rock latinoamericano que la banda ejecuta con precisión milimétrica. Paco y Micky se reparten las voces con una naturalidad admirable, demostrando que los años de carretera no hacen más que reforzar una complicidad escénica que sigue funcionando como un reloj.

 

Es también el momento en que nuestras chanclas firman su sentencia de muerte. La tentación resulta demasiado grande y decidimos avanzar desde la última fila hacia el frente, ganando metros entre cuerpos sudorosos, esquivando codazos y aprovechando cada pequeño hueco que deja la marea humana. Todo ocurre al ritmo juguetón de «Changüich a la chichona», que desata las carcajadas, el descaro y el baile más gamberro de la noche gracias a una base funk gruesa y contagiosa.

 

 

Sin dejar que el ambiente pierda temperatura, llega «Money in the Bank», donde el spanglish callejero y un groove aplastante obligan a toda la sala a mover la cabeza de arriba abajo. Es puro hip-hop metal del mejor nivel, ejecutado con una contundencia demoledora que convierte Razzmatazz en una enorme olla a presión.

 

Seguimos ganando terreno de manera temeraria mientras suena «Here We Kum», un auténtico cañonazo que esta noche adquiere una dimensión gigantesca. Suena más gruesa, más pesada, más afilada que nunca, impulsada por la pegada de Álvaro Contreras, “el alemán”, perfectamente acoplado al bajo de Paco Ayala. La transición hacia «MLTV» apenas deja tiempo para respirar: una bofetada de distorsión que nos deposita de golpe en el ojo del huracán, justo antes del bloque más político y emocional de toda la velada.

 

 

La piel se eriza cuando comienzan a sonar las primeras notas de «Frijolero». Sus trompetas sampleadas y ese inconfundible ritmo de rap fronterizo vuelven a recordarnos que, más de veinte años después, la canción sigue siendo tan necesaria como el primer día. La sala entera canta contra el racismo con una rabia contenida que termina por estallar cuando irrumpen los primeros acordes de «Gimme tha Power».

 

Es entonces cuando Barcelona ruge a pleno pulmón. No es una simple canción; es un himno generacional que transforma Razzmatazz en un único y desbocado coro. Por unos minutos, las fronteras, las edades y las procedencias se difuminan. Solo quedan miles de voces gritando al unísono, mientras el sudor, la cerveza y las lágrimas se funden bajo los focos. Al frente, Randy Ebright suelta las baquetas por un instante, se cuelga la guitarra y, con esa chulería tan suya, se adueña del escenario para sellar un momento de comunión absoluta.

 

 

La descarga continúa con «Hit Me (Gimme tha Power II)», mucho más áspera y combativa, recordándonos que las heridas que denunciaba la canción original siguen lejos de cicatrizar. Molotov no vive de la nostalgia; sigue disparando con la misma puntería contra todo aquello que considera podrido.

 

Después de semejante descarga emocional llega el momento de aflojar la tensión… o, mejor dicho, de convertirla en puro desmadre. La banda enlaza «Marciano I (I Turned Into a Martian, The Misfits)», una revisión densa, magnética y festiva en clave de cumbia, con «Marciano II (Punk Version)», un auténtico vendaval de punk rock que dispara las pulsaciones hasta el delirio y acaba por escupirnos, sin posibilidad de resistencia, al mismísimo corazón del pogo.

 

 

A estas alturas del concierto, nuestras chanclas ya pertenecen a otra dimensión. Han desaparecido para siempre entre la marea humana y terminamos el pogo completamente descalzos. Bajo los pies sentimos el suelo pegajoso de Razzmatazz mientras esquivamos pisotones como podemos, con la adrenalina disparada y una sonrisa de auténticos perturbados dibujada en la cara. Da igual el dolor: estamos exactamente donde queremos estar.

 

La banda aprovecha el caos para enlazar dos de sus piezas más irreverentes. «Perro negro granjero» vuelve a demostrar ese talento único que tiene Molotov para mezclar humor absurdo con riffs demoledores, mientras «El señor del banco» dispara su habitual dosis de sátira social sin perder un ápice de pegada. Son canciones que funcionan como un respiro aparente, aunque la intensidad del concierto no desciende ni un solo segundo.

 

La recta final del repertorio principal llega con «Dance and Dense Denso», uno de los momentos más salvajes de toda la noche. Los bajos distorsionados de Paco y Micky golpean el pecho como si fueran dos martillos neumáticos, mientras Randy mantiene una batería marcial que obliga a exprimir las últimas reservas de energía. Saltamos, empujamos y seguimos dándolo absolutamente todo, ahora con los pies descalzos sobre el suelo abrasado de la pista.

 

 

En el borde del escenario, Paco Ayala y Micky Huidobro terminan espalda contra espalda, disparando líneas de bajo con una sincronización impecable mientras el público responde convertido en una sola masa en ebullición. La sensación es la de estar viviendo uno de esos conciertos que se recuerdan durante años.

 

Tras un amago de despedida, que nadie se cree, las luces apenas tienen tiempo de bajar antes de que el rugido del público reclame el regreso de la banda. Molotov vuelve al escenario con el cuchillo entre los dientes y dispuesto a rematar la faena con un bis que es pura dinamita.

 

La primera descarga llega con «Hasta la basura se separa», recibida con los brazos en alto por una sala que, lejos de dar síntomas de agotamiento, parece haber encontrado una segunda vida. La conexión entre la banda y el público alcanza un nivel casi insultante: cada frase encuentra respuesta inmediata en miles de gargantas que no están dispuestas a dejar escapar ni una sola palabra.

 


Descubre más desde Stairway to Rock

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta