Hay canciones que se te quedan grabadas en la retina, en el neocórtex y que ya desde el primer momento que escuchas sabes que tienes entre manos algo especial. “El poder del arte”, incluida en Se nos lleva el aire (2023), pertenece a esta categoría. Sus nueve minutos no ofrecen una tesis cerrada ni una moraleja cómoda: recorren la pérdida, la memoria, el deseo, la culpa y la creación hasta llegar a una idea tan ambiciosa como profundamente humana: quizá el arte pueda salvarnos de una vida inerte.
El cuarto álbum en solitario de Robe Iniesta llegó en un momento de plena madurez creativa. Lejos de repetir fórmulas, el músico extremeño siguió ampliando el lenguaje que ya había explorado en sus últimos trabajos: canciones largas, mutantes, llenas de imágenes, arreglos de cuerda y cambios de temperatura emocional. Robe siempre había sido poeta en el sentido más callejero y visceral de la palabra, pero en Se nos lleva el aire aparece también como un pensador de la experiencia: alguien que no pretende resolver el mundo, sino observarlo con todas sus contradicciones.
Las declaraciones de Robe: una canción abierta
El propio Robe ha rechazado fijar un único significado para “El poder del arte”. Ante la lectura de la pieza como una metacanción (una declaración de amor al hecho de crear canciones), respondió que esa era una de sus posibles capas, pero no necesariamente la definitiva. Para él, una canción pertenece también a quien la escucha: la interpretación del oyente no es menos válida que la intención inicial de quien la escribió.
Esa posición explica buena parte de la grandeza del tema. Robe no dicta cómo debe entenderse; deja espacios vacíos para que cada uno los complete desde su propia vida. Pero hay una afirmación que sí ilumina el corazón de la canción. Cuando le preguntaron si la música le había salvado de algunas cosas, respondió: “Me salva cada día”.
También contó que “El poder del arte” fue la última canción que compuso para el disco. Llegó cuando el álbum parecía terminado y él disponía de tiempo, sin la presión de tener que entregar nada. Se obsesionó con ella, no podía dejar de tocarla y pasó tardes enteras probando frases, arreglos y posibilidades. En la presentación del álbum llegó a decir que, de no haber llegado la fecha de grabación, habrían seguido trabajándola en el local de ensayo. Esa resistencia a darla por cerrada se percibe en su propia forma: una pieza que parece estar todavía moviéndose, buscando.
La canción
Musicalmente, “El poder del arte” es una pequeña aventura. Arranca con una delicadeza casi suspendida, entre acordes de guitarra, violín y clarinete, antes de desplegarse en distintos estados de ánimo. No funciona como una canción convencional de estrofa y estribillo, sino como un poema musicalizado: cambia de intensidad, de textura y de perspectiva sin perder nunca el hilo emocional.
La instrumentación ocupa sus momentos donde adquiere protagonismo y otros momentos donde se relega a segundo plano. Los arreglos hacen que cada giro tenga sentido. Hay fragilidad en el inicio, nervio rockero en los momentos de expansión y una sensación de libertad que convierte los más de nueve minutos en un recorrido vivo. Robe y su banda entienden que una canción larga solo funciona si tiene algo que descubrir a cada paso; aquí lo encuentra.
La música, además, reproduce lo que la letra propone. El arte no aparece como una fórmula que borra el dolor, sino como un lugar donde el dolor se puede mirar de otra manera. Durante unos minutos, lo perdido vuelve a ser posible.
La letra
El verso central del tema plantea una de las ideas más poderosas de toda la obra reciente de Robe: la posibilidad de que el arte nos salve “de una vida inerte, de una vida triste, de una mala muerte”. No es una promesa ingenua. Robe no presenta la creación como un remedio limpio ni una vía de escape definitiva; la canción está atravesada por restos de fracaso, excesos, ausencia y heridas.
Ahí reside su fuerza. “El poder del arte” no idealiza al artista ni convierte la música en un altar. Habla de hacer canciones desde la suciedad, desde la duda y desde aquello que no termina de encajar. El arte importa precisamente porque no cancela lo vivido: lo transforma en algo compartible.
Hay también una reivindicación del presente. La canción parece decir que la vida no se puede repetir ni corregir, pero que puede ser iluminada. Crear, escuchar, recordar o emocionarse con una melodía son gestos pequeños frente a la muerte, aunque no por ello insignificantes. Son, quizá, una forma de resistencia.
Veredicto
Como bien he dicho al principio y ya no sólo porque la crítica lo acuñó, “El poder del arte” es una canción perfecta y ya creo que el oyente podrá percibir esto desde la primera escucha. La grandeza de esta canción está en admitir la contradicción, en no esconder lo feo y en encontrar belleza sin borrar las sombras. Es ambiciosa sin ser pretenciosa, compleja sin perder emoción y extensa sin resultar excesiva.
También resume como pocas piezas el lugar al que había llegado Robe en 2023: un compositor aún inquieto, capaz de convertir una reflexión sobre la música en algo mucho más grande. Una canción sobre el arte, sí, pero también sobre la pérdida, el tiempo, la identidad y la necesidad de seguir buscando algo que nos conmueva.
Robe decía que no era el más indicado para explicar sus canciones. Probablemente tenía razón. Pero “El poder del arte” deja una certeza difícil de discutir: mientras una canción sea capaz de hacernos sentir que nada es del todo imposible, seguirá teniendo poder.
Nanotecnóloga y química de formación y amante de la música como pasión. Me gusta la música en todas sus vertientes. Empecé tocando el violín y de la música clásica pasé al rock y al metal (mis primeras bandas fueron AC/DC y Mägo de Oz, por supuesto). No tengo muchas bandas predilectas, aunque Rulo siempre encabeza el podio. Helloween, Volbeat o Greta Van Fleet le siguen de cerca. Mis gustos han cambiado a lo largo de los años pero siempre abierta de mente, así que le doy al hard rock, al power, al death metal (melódico) y a todo lo que me haga descubrir cosas nuevas o me sepa impresionar.
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