Crusaders + Escorpiones
4 de septiembre de 2026
Le Coup, Vitoria-Gasteiz
Fotos y texto: Jon Rivas
Tengo que reconocer que nunca he sido demasiado amigo de las bandas tributo. No por nada en particular, ni porque tenga nada en contra de ellas, simplemente nunca me han llamado lo suficiente como para comprar una entrada e ir expresamente a ver una. Así que resulta curioso que mi primera experiencia llegase prácticamente sin buscarla. El viernes, a media mañana, recibí un audio de WhatsApp de mi querido Luis Blanco preguntándome si iba a acercarme esa misma noche a Le Coup, en Vitoria-Gasteiz, donde tocaba con Crusaders, tributo a Saxon, compartiendo escenario con Escorpiones (tributo a Scorpions).
Yo no tenía ni idea del concierto. Es más, tampoco sabía que se hacían bolos en Le Coup. La única vez que recuerdo haber entrado allí fue hace cerca de veinte años y para celebrar una boda, y tengo los recuerdos bastante borrosos, como podrán comprender. Pero si Luis Blanco viene a Vitoria, pocas vueltas hay que darle al asunto. Cámara preparada y para allí que me fui.

A Luis le conozco precisamente desde hace unos veinte años, cuando organizábamos en Vitoria el Gorbeia Rock junto a una asociación de vecinos. No recuerdo si fue en 2006 o 2007, y prefiero dejar la fecha en el aire antes que inventármela, pero sí recuerdo perfectamente que aquel año trajimos a Free To Dream. Si alguien que esté leyendo esto no conoce aquel proyecto, ya tiene deberes. Free To Dream fue una de esas bandas inclasificables, eclécticas y absolutamente personales que se saltan alegremente cualquier corsé musical, y que reflejan bastante bien la inquietud artística de Luis.
Durante aquella prueba de sonido ocurrió además algo que todavía recuerdo. Mientras probaban el Hammond, Luis detectó que algo estaba desafinado y señaló incluso que la desviación que estaba escuchando era de «una cuarta» o algo así. Yo, que de teoría musical sé lo justo y de guitarra tres acordes mal contados, pensé algo parecido a: «Hostia, este tío parece que sabe de lo que habla«. Después algún músico me explicó lo extraordinario que era tener semejante oído. Aquella fue una de las primeras cosas que se me quedaron grabadas de él.

Y es que Blanco lleva toda una vida metido en esto. Ha pasado por multitud de proyectos, entre ellos Perfect Strangers, tributo a Deep Purple con el que recorrió Europa y llegó a actuar junto al mismísimo Ian Paice en Austria en 2016, concierto que además quedó registrado en DVD. También dirige Jam Session en Barcelona, proyecto educativo que comenzó en 1998 y que acabó desarrollando estudios superiores oficiales de música.
Y por si cantar, enseñar, dirigir una escuela y embarcarse continuamente en proyectos musicales no fueran suficiente, también escribe. ¿Llegaré a esa nota? Técnica vocal de los grandes del hard rock es un libro que personalmente disfruté muchísimo, y La ciudad secreta del rock nació de las experiencias de Free To Dream en el Báltico. En definitiva, hablamos de uno de esos tipos a los que parece imposible imaginar completamente alejados de la música. Ahora lo podréis encontrar en Luis Blanco and the black angels. El tío no para.
Crusaders: Saxon en vena
A las 20:30 arrancó Crusaders y durante los primeros temas estuve más preocupado de sacar fotos que de tomar notas. El repertorio comenzó con «Motorcycle Man», «747 (Strangers in the Night)» y «Strong Arm of the Law», dejando bastante claro por dónde iban a ir los tiros. Saxon tiene material de sobra para construir un repertorio de clásicos sin demasiados rodeos, y aquello funcionaba precisamente porque nadie pretendía complicar una fórmula que ya era suficientemente buena: escenario pequeño, pocos medios, cerveza en mano y heavy metal británico tocado por músicos de muchísimo nivel.
El sonido fue una de las primeras sorpresas agradables. En una sala de estas dimensiones siempre existe el peligro de encontrarte con una bola de graves, guitarras embarradas o una voz peleándose contra todo lo demás, pero desde mi posición se escuchó prácticamente todo con una nitidez sorprendente. La iluminación era escueta y sin grandes alardes, aunque suficiente incluso para trabajar con la cámara. No había artificios ni falta que hacían. Sobre las tablas estaban Raquel Martín a la batería, Alex Aguilar y Marc Menjíbar a las guitarras, Xavier Figueras al bajo y, por supuesto, Luis Blanco a la voz. Cinco músicos, un escenario que se les quedaba bastante pequeño y un repertorio que prácticamente se defendía solo.

«Denim and Leather», «To Hell and Back Again» o «Never Surrender» fueron confirmando además algo que era precisamente lo que yo había ido a comprobar: el cabrón sigue cantando como un animal. Han pasado dos décadas desde que le conocí y Luis conserva esa facilidad para lanzar agudos y rasgados con una potencia que, a pocos metros de distancia, impresiona todavía más. Pero quedarse únicamente con las facultades vocales sería contar la mitad de la historia, porque sigue siendo un frontman estupendo.
Presentó las canciones, contó brevemente algunas de las historias que hay detrás de ellas, bromeó con nosotros y manejó al público con la naturalidad de quien lleva media vida subido a los escenarios. Con «Dallas 1 P.M.» recordó el asesinato de Kennedy y «And the Bands Played On» llegó acompañada por la historia del primer Monsters of Rock, donde las bandas decidieron continuar pese a la tromba de agua que estaba cayendo.
También tengo que detenerme en las guitarras. Confieso que pensaba que mi atención estaría monopolizada por Luis, pero Alex Aguilar y Marc Menjíbar se encargaron de repartírsela a base de solos. Hubo algún pequeño problema con una pedalera e incluso una rotura de cuerdas que obligó a hacer una breve parada, pero nada de aquello empañó el concierto. Los dos se cascaron momentos realmente espectaculares durante toda la actuación, especialmente en el tramo final, y Xavier Figueras sostuvo desde abajo un sonido contundente que se percibía perfectamente definido. Detrás, Raquel Martín aporreaba un kit bastante sencillo con una pegada tremenda y, algo que siempre agradezco cuando fotografío un concierto, prácticamente sin borrar la sonrisa de la cara.

Tras «Power & the Glory» pareció por un momento que la cosa podía terminar, aunque unas cervezas después todavía quedaban cartuchos. «Crusader» puso uno de los grandes momentos de la recta final y «Princess of the Night» cerró definitivamente una actuación que se me hizo corta. Hubo coros, interacción y algún juego vocal con el público, aunque Luis tuvo la consideración de no obligarnos a intentar según qué barbaridades vocales. Mejor así, porque como nos hubiese puesto a cantar a su altura acabamos todos con las cuerdas vocales en una bolsa camino de casa.
Nada más bajar del escenario se acercó y me preguntó qué tal se había escuchado. Le dije que perfecto, porque realmente así había sido. Su respuesta me sorprendió: arriba prácticamente no se había oído. Supongo que ahí aparecen los galones y todas esas horas de escenario acumuladas durante décadas, porque desde abajo nadie hubiese sospechado semejante problema. Hablando después sobre seguir cantando, tocando y manteniéndose en semejante estado de forma, Luis me dejó además una frase que resume bastante bien al personaje: «Se trata de no parar la maquinaria». Viéndole aquella noche, desde luego, la maquinaria tiene pinta de conservar todavía kilómetros de sobra.

Escorpiones: cambiamos Inglaterra por Alemania
El cambio entre bandas fue rápido. Buena parte de la infraestructura estaba compartida y Raquel Martín ni siquiera necesitaba presentación de nuevo, porque aquella noche le tocaba hacer doblete a la batería. Si el repertorio de Crusadersya exigía lo suyo, empalmarlo con otro concierto completo de clásicos de Scorpions tiene bastante mérito. Y ahí seguía ella, pegando fuerte y con la misma sonrisa. Alrededor de las diez de la noche Escorpiones tomó el relevo y pasamos del heavy metal británico de Saxon al hard rock alemán sin necesidad de abandonar el garito ni pedir permiso a nadie.
«Coming Home» abrió el segundo concierto y pronto llegó «Breakout». Escorpiones ofrecieron una puesta en escena algo más estática, pero musicalmente volvimos a encontrarnos con un nivel muy alto. Me gustaron especialmente las guitarras, pero la gran sorpresa estuvo para mí en la voz. El cantante posee un timbre que se aproxima muchísimo al registro que todos asociamos inmediatamente con Scorpions, hasta el punto de que cerrando los ojos en determinados pasajes la sensación resultaba bastante convincente.

Y aquí está, supongo, una de las claves para entender por qué funcionan tan bien las buenas bandas tributo: no estás esperando que te engañen haciéndote creer que tienes delante al grupo original. Estás disfrutando de canciones que conoces de toda la vida interpretadas con solvencia y el directo, por músicos que las aman tanto como tú.
Con Scorpions, además, juegas con una baraja marcada. Hay riffs, estribillos y baladas que forman parte de la memoria colectiva del rock y que funcionan en un pabellón ante miles de personas, pero también en una sala pequeña de Vitoria con el público prácticamente encima de los músicos. Escorpiones entendieron perfectamente ese terreno. Hubo buenas guitarras, una sección rítmica contundente y un bajista que, además de cumplir musicalmente, sabía perfectamente cuándo adoptar esas poses de rockstar que siempre quedan cojonudas en las fotos. Todo formaba parte del juego y nadie allí parecía tener demasiadas ganas de ponerse trascendente. Habíamos ido a escuchar clásicos, tomar unas cervezas y pasarlo bien. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Quizá esa sea también la conclusión que me llevo de mi bautismo con las bandas tributo. Durante años no he sentido especial interés por ellas porque, teniendo tanto concierto de bandas con repertorio propio, siempre he preferido invertir mi tiempo en otras propuestas. Pero una cosa no invalida la otra. Cuando detrás hay músicos profesionales, respeto por las canciones y ganas de ofrecer un buen espectáculo, una noche de tributos puede convertirse sencillamente en una celebración del rock. Sin más pretensiones y, precisamente por eso, sin necesidad de pedir disculpas.
Tres de horas después de haber entrado por primera vez en Le Coup desde aquella lejana boda, salí habiendo escuchado a Saxon y Scorpions pasar por las manos de dos bandas estupendas llenas de músicos de altura, después de hacer fotos, beber unas cervezas, repartir abrazos y reencontrarme con un amigo al que hacía demasiado tiempo que no veía sobre un escenario. Espero volver a ver pronto a Luis Blanco porque, entre otras cosas, alguna de las fotos de aquella noche necesita su firma. Una de ellas se va a la pared de mi habitación de la música sí o sí.

Licenciado en INEF y Humanidades, redactor en Popular 1, miembro fundador de TheMetalCircus y exredactor en webs y revistas como Metal Hammer, Batería Total, Guitarra Total y Science of Noise. Escribió el libro «Shock Rock: Sexo, violencia y teatro». Coleccionista de discos, películas y libros. Abierto de mente hacia la música y todas sus formas, pero con especial predilección por todas las ramas del rock. Disfruto también con el mero hecho de escribir.
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