Dimmu Borgir — Grand Serpent Rising

89/100

Nuclear Blast

22 de mayo de 2026

 

El regreso de los arquitectos del exceso

 

Ocho años después de Eonian, Dimmu Borgir reaparece con Grand Serpent Rising, un disco que carga con una responsabilidad incómoda: justificar una ausencia demasiado larga para una banda cuyo legado lleva años siendo discutido entre quienes los consideran visionarios y quienes jamás les perdonaron haber transformado el black metal en algo monumental, teatral y global.

 

Lo primero que deja claro el álbum es que Dimmu Borgir ya no tiene ningún interés en participar en debates sobre pureza. Tampoco parecen preocupados por recuperar credibilidad dentro de los sectores más ortodoxos del género. Este disco suena exactamente a lo que son en 2026: una maquinaria perfectamente engrasada capaz de convertir el black metal sinfónico en una experiencia casi cinematográfica.

 

La salida de Galder en 2024 generó dudas razonables sobre el equilibrio interno de la banda, pero la dupla formada por Shagrath y Silenoz responde aquí recuperando parte del enfoque compositivo más directo de sus años clásicos. La producción de Fredrik Nordström refuerza precisamente esa sensación, y es que el sonido sigue siendo enorme, pero recupera cierta suciedad y agresividad que en trabajos recientes parecía diluida bajo capas excesivamente pulidas.

 

Entre la oscuridad ritual y la grandiosidad absoluta

 

Lo más interesante de Grand Serpent Rising no es su capacidad para sonar gigantesco — eso se daba por sentado— sino cómo administra sus contrastes. Hay momentos donde las orquestaciones dominan completamente el paisaje sonoro, pero también otros donde la banda reduce elementos y permite que el riff recupere protagonismo. Esa dualidad mantiene vivo un disco que supera ampliamente la hora de duración y que, en manos menos experimentadas, habría terminado devorado por su propia ambición.

 

Temas como “Ulvgjeld & Blodsodel” representan perfectamente la cara más feroz del álbum, mientras que cortes como “Ascent” sorprenden precisamente por lo contrario: reducen considerablemente el componente sinfónico y recuerdan que Dimmu Borgir sigue sabiendo construir tensión únicamente desde la agresividad y la atmósfera.

 

 

La interpretación de Shagrath resulta especialmente sólida. Su registro ya no busca constantemente el dramatismo exagerado de otras etapas y funciona mejor precisamente cuando se apoya en la contención. Las guitarras de Silenoz recuperan además una presencia más afilada dentro de la mezcla, reforzando una sensación general de oscuridad mucho más física que en Eonian.

 

No todo funciona con la misma intensidad. Algunas estructuras se alargan más de lo necesario y el álbum ocasionalmente se acerca a esa sensación de grandiosidad controlada que limita parcialmente su capacidad para resultar verdaderamente peligroso.

 

Con este disco creo que Dimmu Borgir acepta plenamente aquello en lo que se ha convertido y construye uno de sus trabajos más sólidos de las últimas dos décadas. Quizá ya no provoquen el escándalo que generaban en los noventa, pero siguen dominando un territorio que prácticamente ellos mismos ayudaron a crear. Y lo hacen con una autoridad que muy pocas bandas pueden permitirse.

 

Deja una respuesta