72/100
17 de julio de 2026
ROAR / Reigning Phoenix Music
Stormhammer… Bufffff, el tiempo pasa y he recordado que poseo el disco Cold Desert Moon de 2001. A ver…fue una de esas bandas que contribuyeron a saturar el power metal en principios de los 2000 en la búsqueda infructuosa de encontrar a los nuevos Helloween, que terminó en la vuelta de Michael Kiske al redil. Ellos son alemanes, de Múnich, y en 2019 casi se separan. Su líder y bajista Horst Tessman tuvo que volver a armar al grupo, que ahora cuenta con la producción de todo un Alexander Krull, y consiguen un buen disco, no exento de tópicos y de previsibilidad.
Uno de los problemas del disco es que la voz de Manuel Nox, que a pesar de ser muy buena e ideal para este género, es repetitiva y monotonal. El grupo transmite, es capaz de aglutinar muchas influencias y hacerlo muy bien, pero es como una obra muy de finales de los 90-principios de los 2000. Y sí, es power metal de manual, de ese que saturó la escena con la copia de la copia.
La ampulosa intro del power metal está presente en “Beware”, con aires arábigos y neoclásicos para luego entrar a cuchillo en “Wrath of the Hammer”, un tema muy veloz en el que destaca el rapidísimo doble bombo de Ashley Guest y un estribillo muy de final de los 90, muy centroeuropeo. Unos coros funcionales marcando tiempos salpican un tema ideal para dar comienzo al disco. En “Ashes of the Throne” hay un acercamiento evidente a los Sonata Arctica, los menos power metaleros, y la cosa sale bien. La voz de Manuel Nox da mucho juego, y la guitarra de Phil Meyer es certera y arriesga.
Y si los Sonata capitalizan el tema anterior, los PowerWolf asoman con ganas en “Light in the Dark”. La gracia esta ve es que irrumpe un tremendo Ralf Scheepers para acompañar al vocalista y los teclados de Jonah Weingarter se suman en otro gran tema de heavy metal directo y en vena. “Wheels of Eternity” peca de ser un tema muy prototípico, up tempo cargado de teclados y doble bombo con el agudo final esperado. No decae la calidad, pero sí hay reiteración de ideas y todo resulta esperable e intuitivo.
La “balada” que rompe la tónica es “Guardians of the Night”, entonado y muy correcta. Juegos de guitarras dobladas y muy técnicas por parte de Meyer y Chris Efstanthiou. En “Veil of Fire” vuelven a un power metal más americano que centroeuropeo y todo funciona a piñón fijo, pero con buenas vibras. Manuel canta de cine, y la cosa cumple con creces. La siguiente es “Scars of the Abyss” en otro medio tiempo funcional y muy correcto, pero sin más novedad en el frente. Destaquemos las guitaras y esos arreglos de teclado que son clave en su sonido.
“Shattered Dominion” vuelve a jugar con las cartas marcadas y volvemos a un más de lo mismo, muy metálico, con los teclados vistiendo la canción y con todos los elementos ya vistos, pero con mordiente. Terminan con “The Dune”, un corte más experimental y de inicio casi progresivo. Tema completo, oscuro, con voces narradas y tiempos intrincados. Guitarra y batería se lucen, pero obviamente el jefazo de todo es el bajista Horst Tessman que sabe cómo manejar y cohesionar todo lo expuesto.
Wrath of the Hammer no es un disco que vaya a cambiar nada en la carrera de StormHammer, pero en el que puedes chapotear alegremente si el power metal de época te insufló esa vida negada por todos los dinosaurios del heavy metal que estaban en horas bajas a finales de los 90 y principios del 2000. Si les conoces, es justo lo que esperas, así que disfruta del estilo y de la autenticidad. No creo que les veamos en giras internacionales, pero son una banda que morirá con lo que empezó, y sólo por eso, ya valen la pena.


Licenciado en INEF y Humanidades, redactor en Popular 1, miembro fundador de TheMetalCircus y exredactor en webs y revistas como Metal Hammer, Batería Total, Guitarra Total y Science of Noise. Escribió el libro «Shock Rock: Sexo, violencia y teatro». Coleccionista de discos, películas y libros. Abierto de mente hacia la música y todas sus formas, pero con especial predilección por todas las ramas del rock. Disfruto también con el mero hecho de escribir.
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