Lecturas rockeras: «Juegos malabares» de María José Menéndez

Juegos malabares

Autora: María José Menéndez Arias

Editorial: Verbum

Año de publicación: 2022

 

Suele decirse que, si uno quiere ganar dinero escribiendo, debe dedicarse a la literatura infantil.

 

Yo no lo tengo tan claro. Puede suceder, cierto es, que el éxito comercial de alguno de los autores que se dedican a ella sea tan descomunal que acaben marcando a generaciones enteras. Y que inicien en la lectura a quienes, ya adultos, jamás olvidarán su nombre y su obra (véase, Juan Muñoz Martín). Lo habitual, no obstante, es que el precio que paguen por dedicarse a ese género sea el vacío del establishment literario, que condena a los autores de libros «para niños» al anonimato. Quizás, dada esa situación, parte de ellos se aventuren a escribir libros «para adultos». Aunque sólo sea para que hasta los más reacios tengan que constatar que nos encontrábamos, sin más, ante un grandísimo escritor (véase, Roald Dahl).

 

La asturiana María José Menéndez, autora del premiado cuento «La isla hueca» (2003), dio el salto a la ficción adulta con el magnífico «El tiempo invertido» (2017). Aquel título no se refería sólo al contenido (el tiempo que ha invertido en su vida una mujer en plena «crisis de los cuarenta»), sino especialmente a la estructura de la obra (el relato está cronológicamente invertido). Siempre me han atraído los libros que juegan con la estructura narrativa. No sólo apelan a la inteligencia del lector. También reivindican el formato mismo del libro físico: releer durante la primera lectura, etc. Menéndez Arias logró el «más difícil todavía» a este respecto con la obra que nos ocupa hoy.

 

«Juegos malabares» nos presenta a Mario, un estudiante universitario de una feliz época en la que, como explicita el libro, las facultades de Humanidades contaban con una nutrida representación de heavies entre su alumnado. Un buen día, nuestro protagonista decide abandonar su cómoda vida burguesa y romper totalmente con su tradicional y bien posicionada familia. Como diría Robe (Extremoduro), a Mario de pequeño le impusieron las costumbres y lo educaron para hombre adinerado, pero luego prefirió ser un indio antes que un importante abogado.

 

En un primer momento, el libro nos evoca a Thoreau. Sólo que la cabaña que elige Mario es una casa okupa y su lago Walden es un semáforo madrileño, donde se dedica a hacer juegos malabares. Sin embargo, quien realmente asoma la cabeza en «Juegos malabares» es Dostoyevski. Es decir: la muerte de la madre.

 

Esa noticia fuerza a nuestro protagonista a reinsertarse en esa sociedad que había decidido abandonar y a hacer frente a sus conflictos familiares. Estamos, huelga señalarlo dada su temática, ante una obra con muchas reflexiones interesantes sobre las relaciones paternofiliales.

 

Los malabares del título no se refieren sólo a los que el protagonista ejecuta en su semáforo. La obra está narrada, normalmente en primera persona, y en desorden cronológico, además de por el propio Mario, por varios deuteragonistas. Los nombres de su hermana, de su cuñado, de su tía y del hijastro de esta titulan los capítulos, en la línea de «Canción de hielo y fuego» de Martin. Ensamblar esas piezas para entender lo que está pasando es en sí mismo un divertido juego de malabares para el lector.

 

Hay todavía más malabarismos, aunque algunos no sean tan amenos para quienes tienen que llevarlos a cabo. Todos esos personajes intentan mantener un incierto equilibrio ante las dificultades emocionales que les plantean sus propias vidas. Incluidos los que menos se movieron de la senda marcada por nuestra sociedad consumista.

 

«Juegos malabares» nos muestra el enfrentamiento entre la pulsión (¿«infantil»?) de desafiar al sistema y la potencia del engranaje social. Lo que nos viene a decir «Juegos malabares» es lo difícil que resulta que no acaben pegándose las pezuñas en el camino social alquitranado. El regusto de la obra es agridulce. Su lectura, muy recomendable.

 

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