Juanse X Pappo
Sala Razzmatazz 2 Barcelona
24 de febrero de 2026
Redacción y fotografías por Markceröck
El frío húmedo del Mediterráneo se me colaba por las costuras de la campera de cuero, pero, al doblar la esquina en Poblenou, el aire cambió de densidad. Frente a la Razzmatazz 2, el ambiente ya no era catalán: era una embajada de asfalto porteño. Había ese olor inconfundible a birra, a pucho (tabaco argentino) y a una ansiedad eléctrica que solo el rocanrol de pura cepa sabe generar. No era simplemente una fila para entrar; era una vigilia, una antesala cargada de historia compartida y de nostalgia comprimida en cada abrazo.
Reencontrarme con la banda de amigos trasandinos en la puerta fue el primer acorde real de la noche. Entre abrazos fuertes y esas anécdotas de supervivencia migrante en Europa —donde cada uno cuenta cómo se las rebusca para seguir siendo uno mismo a miles de kilómetros— quedó claro que no veníamos solo a un concierto. Veníamos a buscar el cordón umbilical, ese refugio emocional donde la música es el único conductor que no miente. Donde no hay pasaporte ni extranjería, solo identidad.
El concepto “Juanse x Pappo” no es un tributo de compromiso: es una misión mística, un pacto de sangre que el líder de los Ratones Paranoicos mantiene para que el legado de Norberto “Carpo” Napolitano no se convierta en una pieza de museo, sino en un organismo vivo que te patea el pecho y te sacude la memoria.

Al entrar a la Razz 2, con ese aforo reducido que te permite estar a un par de metros de los equipos, sentí que cruzaba un umbral temporal. La puesta en escena era austera, sin pantallas gigantes ni distracciones: solo una hilera de amplificadores valvulares esperando ser castigados. Era un templo de los setenta transportado al 2026, un altar donde el volumen es ley y la distorsión, dogma.
De repente, las luces se apagaron y el rugido de la gente tapó el zumbido de los Marshall. Juanse saltó a escena con esa arrogancia elegante que solo él sabe portar, rodeado de una “banda deluxe” que entiende que el blues local no se toca con la partitura, sino con las tripas. El show arrancó con la declaración de guerra de “Blues local”. Desde ese primer riff, fue como si alguien le hubiera dado al play a un viejo walkman de los noventa que guardé en un cajón hace décadas. El sonido era grueso, sucio y auténtico. No había filtros ni correcciones: había madera, válvulas y piel.
Enseguida nos ametralló con la columna vertebral de Pappo’s Blues. “El hombre suburbano” sonó con una cadencia pesada, casi religiosa, seguida por “Malas compañías”, donde Juanse empezó a soltar los dedos, demostrando que no busca imitar al Carpo, sino canalizar su espíritu. No copia; invoca. Pero el primer gran incendio ocurrió con “Sucio y desprolijo”. Las guitarras tomaron el control absoluto del recinto; los solos se extendieron en improvisaciones que respetaban la arquitectura original, pero le añadían esa mugre “stone” que Juanse lleva en el ADN. Fue una versión demoledora, de esas que te dejan los oídos pitando y el corazón acelerado.

Casi sin dejarnos respirar, pasamos por la densidad alcohólica de “Tomé demasiado” y la urgencia existencial de “Adónde está la libertad”, canciones que la multitud coreaba como si fueran mantras de resistencia. No era karaoke: era catarsis colectiva.
A mitad del set, Juanse demostró que sabe manejar los tiempos de la misa. Si lo de la Les Paul en el Cosquín fue épico este año, lo de la Razzmatazz en Barcelona fue una procesión pagana mucho más cruda y directa. El clímax absoluto, ese que nos dejó a todos sin aliento, cuando Juanse decidió que el escenario ya no era suficiente y, soltando la guitarra para aferrarse solo al micrófono, saltó la valla para meterse de lleno en el ojo del huracán.
Rodeado por nosotros, bajo las luces rojas y en el corazón mismo del pogo, se puso a cantar como un poseído mientras abrazaba a una fan emocionada en una comunión total. Fue ahí donde se produjo la secuencia más increíble de la noche: Juanse, fundido en ese abrazo, recorrió media pista entre la multitud, dejándose llevar por la marea humana en un viaje de vuelta hacia las tablas que pareció eterno. Esa imagen, con él escoltado por el sudor y el rugido de los pibes mientras el espíritu del Carpo hacía vibrar hasta el cemento, terminó siendo la mejor foto del concierto: una postal inmortal de cuando el rocanrol deja de ser un show para convertirse en pura libertad.

Con “El tren de las 16” y la melancolía profunda de “Desconfío”, la sala se transformó en un club de blues de Chicago perdido en alguna calle empedrada de Buenos Aires. La armónica y el piano crearon una atmósfera de humo y confesión que nos puso la piel de gallina a todos. Pero la calma duró poco. Con “Fiesta cervezal”, la Razzmatazz se convirtió en un pogo descontrolado. Juanse, con sus movimientos eléctricos y esa mirada fija, nos recordaba que el rock and roll es, ante todo, una cuestión de actitud. “Rock and roll y fiebre” cerró el bloque dedicado al Carpo con una potencia que nos dejó a todos pidiendo más.
Fue entonces cuando el show mutó en un segundo acto musical a su banda madre. Juanse se despojó de la camisa, quedando solo con el chaleco de cuero —su uniforme de batalla—, y la banda disparó el riff sensual y arrastrado de “Rock del Gato”. La energía cambió de color: pasamos de la densidad del blues a la electricidad bailable de los Ratones Paranoicos. Con “Cowboy”, el bajo marcaba un pulso de cabalgata que nos hacía saltar sin descanso y, cuando sonó “Sigue girando”, la comunión fue total. Ver a cientos de argentinos en Barcelona explotar en un coro unísono, saltando como si estuviéramos en Obras o en el Luna Park, fue uno de esos momentos en los que la distancia desaparece por completo y el mapa se vuelve irrelevante.
Tras un breve respiro, volvieron para un encore que fue una auténtica ceremonia pagana. La mística psicodélica de “La nave” nos elevó a un trance espacial, con esas texturas de guitarra que parecen flotar en el aire, antes de devolvernos al barro con la crudeza callejera de “Rock del pedazo”. La secuencia siguió con la infaltable “Ceremonia en el hall” y la elegancia melódica de “Estrella”, que brilló con luz propia en medio de la oscuridad de la sala.
Pero el clímax final, el momento en que la ausencia física de Pappo se volvió una presencia sonora tangible y abrumadora, fue con “Ruta 66”. Las guitarras rugieron al máximo de su capacidad, celebrando la libertad de la carretera en un vendaval de decibelios que hacía vibrar hasta el cemento del piso. Juanse canalizó toda la rabia y el amor por su amigo en ese cierre salvaje, como si cada acorde fuera una conversación pendiente.
El epílogo fue “Para siempre”, el abrazo final para una colonia argentina que no quería irse. Entre un mar de estandartes de Argentina, de Boca Juniors, camisetas de la selección, chicas a hombros de sus novios y un pogo que era puro sentimiento, cantamos cada palabra como una promesa de fidelidad. “Quisiera que esto durara para siempre”, decíamos y, en ese momento, lo era.
Salí a la calle todavía sordo, con el sudor secándose con el frío de Barcelona, pero con el alma encendida con la hermandad musical como bandera. Juanse nos recordó que, mientras él siga empuñando la guitarra con esa convicción, el blues local no tiene fecha de vencimiento. Fue una experiencia visceral, ruidosa y necesaria: un pedazo de nuestra historia del rock sudamericano latiendo con fuerza en el corazón de Europa.
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