El Heidenfest arrasa en Salamandra con Korpiklaani y Finntroll

Korpiklaani + Finntroll + Heidevolk + Trollfest + The Dread Crew of Oddwood

Sala Salamandra, L’Hospitalet de Llobregat

Organiza: Madness Live!

Texto: Jordi Tàrrega y Markceröck

Fotos: Facebook de Heidenfest

Festivalazo de folk metal nórdico-festivo con los grandes exponentes del género como son Korpiklaani y Finntroll en una Salamandra que no terminó de llenarse hasta los topes, pero que registró una excelente entrada. Eran horarios muy europeos hasta el punto que el primer concierto empezaba justo cuando terminaba el horarios escolar. ¡No podríamos no hacer extraescolares! Y estos horarios tienen, bajo mi punto de vista, y siempre que puedas asistir, muchas más ventajas que inconvenientes.

El Heidenfest era tan extenso como el Motocultor de la semana pasada, pero a diferencia del capitaneado por Nanowar, aquí la mezcla de grupos era absolutamente acorde con el estilo y el espíritu de lo que es el Heidenfest. De todas formas, también hubo variedad para dar y tomar pues los dos cabezas de cartel eran claros y conocidos, pero es que luego pasamos desde tabernas irlandesas de piratas, al viking metal de pura cepa y a frikis vestidos de flamencos. Exacto: no nos aburrimos ni un momento.

The Dread Crew of Oddwood: los piratas acústicos

Sorpresa total de cariz acústico y con un quinteto armado con violín y contrabajo, vestidos todos de piratas. Coros reales, sabor tabernero en piezas como “Side Quest” y “Leather Ship” y esas coreografías que incluían pataditas al unísono. Cambios de voces solistas, mandolinas con un sonido pulcro y perfecto y mucha fiesta. Nos presentaron un baile de cangrejo algo forzado y luego se salieron con la excelente “Give Me Your Beer”. Apareció un panzudo roadie en pijama a modo de Eddie y nos hicieron reír con un solo de flauta tocado con la nariz. Tienen mucho de Santiano, pero los alemanes empezaron con esto hace 20 años. Y terminaron a lo grande con “Lawful Evil”. Diversión y mucha calidad, pero prefiero verlos en una taberna.

Trollfest son mucho más que un grupo parodia…

Complicado… hay veces que la parodia y la broma tapan lo que es una banda de posibilidades inmensas y de técnica notable, pero si apareces a escena a ritmo del “Carmina Burana” de Carl Orff y con todo el grupo vestido de flamencos… pues la gente se queda en eso. Algo similar les pasaba a Dry River cuando iban vestidos con trajes de Ali Express. “Dance like a Pink Flamingo” abrió los juegos para que el quinteto nos hiciera mover las alas y viésemos en “Flamongous” que no llegábamos a apreciar el elemento diferencial del grupo: el saxo. Son un sexteto muy trabajado con un vocalista-showman que tira de set percusivo en temas como “Happy Heroes”, con video de un autobús escolar.

Globos rosas desparramados para la audiencia y destellos progs en algo festivo y original, salpicado por momentos muy 90eros de cónsolas de 8 Bits. Algunos coros pregrabados en “Twenty Miles an Hour” en la que juegan con tiempos muy complejos y “Kaptein Kaos” con aires funkies y mucha diversión. Esa moda de hacer sentar a toda la sala, la explotan, pero cada vez a sus fans les cuesta más por edad. Y los sonidos balcánicos de “Trinkentroll” tomaron la sala… Atención a la conga gigante en “Piña colada”, que subió hasta los lavabos de arriba, con ritmos a doble bombo, pero me quedo con “All Drinks on Me” y ese guitarra que era capaz de cantar tanto o mejor que el vocalista.

 

 

Heidevolk mejora su última visita

Soy más fan de un disco concreto y de una mítica versión de esta banda vikinga de dos vocalistas que de sus discos, pero reconozco, que esta vez, estuvieron mucho mejor que la última visita en la que los vi en la misma sala. Nos recibieron al son de “Ontwaakt” y con su baterista subido a su kit. Los neerlandeses tiran de música seria, sin parodias ni fiesta, y la combinación de las dos voces caló. Arreglos de cuerda de fondo y chorrazos de humo al tiempo que Jacco salía con una bandera. “Ostara” fue la siguiente y Daniël blandió un escudo de batalla para luego encarar “Walhalla Wacht”, de mi disco favorito. Solemnidad y acústicas en una delicia del sexteto.

Pueden poner a la sala a saltar, tirar de blast beats e incluso utilizar guturales. Y luego bajan pulsaciones en “Yguwaz’ Zonen” por mucho que lo lleven casi todo pregrabado. Juegos de luces muy logrados en “A Wolf in My Heart” y cuernos vikingos para brindar en un tema mucho más festivo. La verdad es que todo fue una buena muestra de posibilidades que demostró mucho en “Drinking with the Gods (Valhalla)”, pero cuando ponen a la sala a bailar y cantar es con la versión (magistral) de Normaal: “Vulgaris Magistralis” te enamoran. Recuperar esa joya y hacerla suya es algo que me llega de verdad (y eso que hay un punto de parodia evidente). La despedida la puso “Nehalennia”, tema guerrero y de batalla. Mejoraron su anterior visita, y lo agradecimos.

 

Finntroll sin su vocalista y con sonido deficiente

Uno de los grandes problemas de los fineses es que siempre que vienen, falta alguien de la formación original y que no suenan como deberían sonar… Y esto justamente pasó esta vez: media descarga de los orejudos sonó FATAL y su vocalista Vreth no estaba. En su lugar estuvo un excelente Kistelach. “Midvinterdraken” sonó a rayos, no así la bonita intro inquietante que la precede. Luces azuladas y micro humeante para seguir con ese mix de “Vindfärd” con “Människopesten”, pero de verdad que disfrutamos más con ese “Solsagan”, capaz de levantar puños y sala al tiempo que los chorros de humo acompañaban el demoledor trabajo de batería de “Mörkö”. Es una lástima que ya hayan prescindido del teclado en directo, pero todo avanza…

No mejoraron las cosas ni con “Fiskarens fiende” ni con “Blodsvept”, pero la entrega del grupo y de su vocalista invitado está fuera de duda. A partir de “Nedgang” la cosa mejora y podemos escuchar y paladear a unos Finntroll como esperábamos, pero nos habíamos comido ya medio concierto. Para colmo de todos los males el bajo de Tundra falla, hay parón, y recuperan cable en “Svartverg” y “Mask”, esta última muy optimista y más festiva que oscura. La olla de las primeras filas empezaba a hervir, pero lo haría de verdad con ese clasicazo que es “Trollhammaren”. Aquí ya vimos a los fineses en su salsa y ya la cosa valió la pena de verdad. Y ese momento precioso en que los miembros de todas las bandas salen para hacer coros, fue una pasada, síntoma de hermandad en la gira.

La oscura “Nattföd” y la cabalgante “Skogsdotter” fueron una fiesta total, pero nada comparado a lo que es “Jaktens Tid”. Esta canción, para un servidor, sintetiza lo que es este movimiento musical y fue la que puso a los trolls en el mapa del metal mundial. Kistelach ya iba sin camiseta y el combo había estado a la altura a pesar de todos los problemas habidos y por haber. Nos despidieron con “Ormfolk”, temazo de su última obra y bajo luces azules. El problema que me sucede con Finntroll es que siempre se quedan a las puertas de demostrar que son únicos y que son más padres del invento que Korpiklaani.

Korpiklaani convencen (por Markcerök)

La noche de L’Hospitalet se transformó, ante mis ojos, en un claro del bosque finlandés bajo el influjo del Heidenfest, una de las giras más esperadas del año, que traía de regreso a los auténticos maestros del desenfreno folk: Korpiklaani. La expectación era máxima, no solo por la envergadura del festival —con un cartel compartido con gigantes como Finntroll y Heidevolk—, sino por la oportunidad de presenciar en directo la madurez de una banda que ha sabido evolucionar sin perder ni un ápice de su esencia rústica y festiva.

Desde el momento en que los músicos pisaron las tablas, quedó claro que la formación actual atraviesa un auténtico estado de gracia. Jonne Järvelä, carismático líder de melena salvaje e indumentaria de alquimista imposible, se erigió en maestro de ceremonias de una auténtica «celebración pagana», que arrancó con la potencia de «Hunting Song» y la ya emblemática «Wooden Pints». Su voz, curtida en mil batallas y madurada en barrica de roble, no se limitó a sostener las canciones: su presencia escénica —saltando con la guitarra, dirigiendo los coros del público— eliminó cualquier distancia física entre la banda y la audiencia.

La sección instrumental fue un despliegue de virtuosismo orgánico. Sami Perttula, al acordeón, y Tuomas Rounakari, al violín, acapararon gran parte del protagonismo. Verlos interactuar es comprender el alma misma de Korpiklaani: mientras Sami imprime ese ritmo de polca metalera que obliga a mover los pies, Tuomas eleva el conjunto con arreglos que evocan los paisajes míticos del Kalevala. La reciente incorporación de Olli Vänskä ha reforzado aún más esta faceta, creando una auténtica pared de cuerdas y fuelles que suena atronadora y genuina, demostrando que la banda no necesita pistas pregrabadas para resultar densa y vibrante.

A medida que el setlist avanzaba, el grupo fue desgranando los tres pilares de su identidad. La vertiente más mística y ancestral brilló en temas como «Ämmänhauta» y la hipnótica «Leväluhta», donde el ritmo se vuelve más pesado y las letras nos transportan a las leyendas de los bosques finlandeses. En esos momentos, la sala Salamandra parecía guardar un silencio reverencial, roto solo por los aplausos ante la complejidad técnica de Jarkko Aaltonen al bajo, quien, con su sobriedad habitual y su barba kilométrica, cimentaba una base rítmica inquebrantable junto a la batería.

La presentación de su último álbum, Rankarumpu, aportó cortes como «Aita», «Kalmisto» y la frenética «Saunaan», canciones que mantienen intacto el pulso joven y vigoroso del grupo y que encajan a la perfección con los clásicos de siempre. La entrega de los guitarristas, especialmente la de Kalle «Cane» Savijärvi, fue impecable: riffs que beben directamente del heavy metal más puro, pero que se entrelazan con las melodías folclóricas de un modo casi mágico.

El punto de inflexión hacia la locura colectiva llegó con la versión de «Gotta Go Home» (original de Boney M.), que desató un mosh pit discotequero tan masivo como inesperado y arrancó sonrisas cómplices entre los asistentes, confirmando que Korpiklaani no teme lo lúdico ni lo imprevisible.

La interacción con el público de L’Hospitalet y Barcelona fue constante y sincera. Jonne se acercaba una y otra vez al borde del escenario para chocar manos y compartir miradas de júbilo, mientras la banda agradecía entre canción y canción la energía de una sala que colgó el cartel de «sold out». El tramo final fue un ascenso imparable hacia el paroxismo festivo: «Viima» y «Metsämies» prepararon el terreno para un cierre apoteósico. Cuando los primeros acordes de «Vodka» retumbaron en la Salamandra, el recinto se convirtió en un caos controlado de saltos, brindis al aire y sudor compartido.

Al terminar, con los músicos exhaustos pero sonrientes despidiéndose desde el escenario, me quedó la sensación de haber asistido a algo más que un concierto de metal. Fue una auténtica fiesta de pueblo finlandesa trasladada al corazón de la ciudad, un recordatorio de que, a través de la música, los bosques ancestrales y las tabernas eternas siempre están a nuestro alcance.


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