Adrian Smith y Richie Kotzen demuestran en Barcelona un proyecto REAL

Smith/Kotzen + Kris Barras

Sala Apolo, Barcelona

4 Febrero 2026

Por Markceröck

En plena noche invernal, la sala barcelonesa dejó de ser un edificio para convertirse en un organismo vivo; una caja de resonancia donde el oxígeno cedió su lugar a una amalgama de sudor, vatios y esa electricidad sagrada que sólo emerge cuando el talento bruto baja al barro. La velada se desplegó como un bloque de granito sonoro: una colisión de dos mundos que, aún distantes, chocaron con la fuerza de dos astros buscando un mismo centro de gravedad: el rock en su estado más puro.

 

Kris Barras

El primer asalto fue una descarga de adrenalina cinética de la mano de Kris Barras. El ex-luchador de MMA no subió al escenario a tocar, sino a conquistar un territorio que ya le pertenecía por derecho de pegada. Junto a él, una guardia pretoriana de acero: Josiah J. Manning expandiendo el horizonte sonoro desde las teclas y la rítmica, el pulso sísmico de Frazer Kershaw al bajo y la artillería de demolición de Billy Hammett tras la batería. La embestida inicial con «Who Needs Enemies» fue un muro de sonido que nos golpeó el pecho como un directo al mentón, dejando claro que el blues de sus inicios ha mutado en un metal de vanguardia, pesado y reluciente.

 

La galopada de «Dead Horses» y la intensidad de «All Falls Down» —donde Barras rompió la frontera física mezclándose con la marea humana— demostraron que su banda es hoy una maquinaria perfectamente engrasada para el asalto de estadios. Con el misticismo oscuro de «Devil You Know» y la arquitectura industrial de «Monster We Made», el cuarteto británico nos recordó que el rock moderno no ha muerto, sino que ha aprendido a morder más fuerte. El cierre con «My Parade» no fue un final, sino un himno de resistencia que dejó a la audiencia en un estado de combustión espontánea, con el grito de «Barcelona Coming» resonando en las vigas del Apolo como una promesa de guerra ganada.

 

 

Smith/Kotzen

La atmósfera en la sala ya no era aire, era una sopa de electrones excitados cuando el cuarteto anglo-americano tomó posiciones. Lo que siguió no fue un concierto, sino una liturgia del acero y la seda. En el epicentro de este terremoto controlado, la presencia de Julia Lage trascendió lo musical; no era solo la bajista de una precisión asombrosa, era la guardiana del pulso, el corazón que latía con una fuerza gravitatoria propia. Al verla cruzar miradas con su esposo, Richie Kotzen, el público comprendía que no estaba ante una banda de mercenarios, sino ante un núcleo familiar y artístico blindado. Julia no sólo sostenía las notas bajas; las esculpía, permitiendo que la arquitectura sónica de la noche tuviera cimientos de hormigón mientras ella bailaba sobre el mástil con una elegancia que solo quienes llevan el ritmo en la sangre pueden poseer.

 

El inicio con «Life Unchained» fue la apertura de un portal. Adrian Smith, ese arquitecto del metal británico cuya sombra se proyecta sobre la historia del rock, empuñó su guitarra con la solemnidad de un rey que regresa a sus tierras. A su lado, Kotzen, el dandi del blues-rock, respondía con esa técnica sobrenatural de dedos desnudos, sin púa, como si estuviera extrayendo confesiones directamente de las cuerdas. La dualidad de sus voces —la de Smith, con ese grano honesto de la clase obrera de Londres, y la de Kotzen, una mezcla imposible de soul volcánico y terciopelo— creó una armonía que en «Black Light» y «Wraith» elevó el misticismo del recinto a niveles estratosféricos.

 

 

A medida que el bloque avanzaba, la sección rítmica completada por la pegada quirúrgica de Bruno Valverde se convirtió en un metrónomo de fuego. En «Glory Road» y «Hate and Love», el diálogo entre las guitarras se volvió casi telepático. Adrian Smith, liberado de la rigidez de los grandes estadios, se permite lujos expresivos que rara vez vemos: bends infinitos que lloraban con un tono dorado, recordándonos que él es el maestro del «menos es más», mientras Kotzen ejecutaba arpegios y legatos que desafiaban la anatomía humana.

 

La parte central del set fue un despliegue de matices. En «Blindsided», la sala quedó suspendida en un silencio reverencial, roto solo por el llanto de las seis cuerdas, mientras que en «Taking My Chances», el paroxismo de la distorsión elegante nos recordó que el rock de alta alcurnia puede ser tan peligroso como un animal salvaje. Julia Lage seguía allí, inamovible, con su bajo Fender castigando el aire, siendo el puente perfecto entre la agresividad y la melodía, demostrando por qué es una de las instrumentistas más respetadas del planeta.

 

El viaje continuó por la polvorienta y casi cinematográfica «Outlaw», la contagiosa energía de «Got a Hold on Me» y esa muralla de frecuencias llamada «White Noise», donde el Apolo pareció vibrar en una frecuencia distinta a la de la ciudad exterior. Con «Scars», la herida emocional se hizo música, una balada eléctrica que preparó el terreno para la urgencia de «Running» y la explosión estelar de «Solar Fire», donde las dos guitarras se entrelazaron en una espiral ascendente que parecía querer perforar el techo de la sala.

 

Pero el destino nos reservaba el éxtasis final. El encore con «You Can’t Save Me» fue el vehículo perfecto para que Kotzen demostrará por qué es un vocalista de otro mundo, respaldado por un Smith que disfrutaba cada nota como si fuera la primera vez que pisaba un escenario. Y entonces, el estallido: los acordes de «Wasted Years». Fue un momento de comunión absoluta; ver a Smith reivindicar su leyenda a distancia corta, con Julia y Richie custodiando ese himno inmortal, fue una experiencia que rozó lo trascendental.

 

Al terminar, el bloque sonoro se disolvió, pero el rastro de metal fundido permaneció en nuestros oídos. Salimos a la noche de Barcelona no como espectadores, sino como parte de un secreto compartido: habíamos visto a la realeza del rock desnudarse el alma en un club, y nada volvería a sonar igual. La calle se llenó de sombras que, en un último gesto de mímica sagrada, seguían tocando guitarras invisibles contra el viento.

 

 


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