Bruce Dickinson: 30 años de cuando el alquimista buscaba más allá de la Doncella

Skunkworks

19 de febrero de 1996

Castle Records

Bruce Dickinson es, sin lugar a dudas, la voz definitiva del heavy metal, el frontman que convirtió a Iron Maiden en religión global al grito de “Scream for me!”. Pero lo verdaderamente interesante de Dickinson no está solo en su garganta privilegiada. Está en su negativa a quedarse quieto, en su necesidad casi patológica de escapar de cualquier molde, incluso cuando ese molde era el más exitoso del metal. Porque Bruce Dickinson nunca quiso ser “solo el cantante de Maiden”. Y ahí está la clave de todo.

 

El año 1981 fue el inicio de una era dorada para la Doncella. The Number of the Beast (1982) no solo redefinió a la banda, redefinió el heavy metal. Una parte importante de ello, Dickinson. No era un cantante al uso, era un líder escénico, un narrador épico, un animal de directo. Durante los ochenta, Maiden se convirtió en el estandarte del Heavy Metal, pero el problema de los estándares es que se convierten en rutina. Y Dickinson odiaba la rutina. Mientras Maiden se consolidaba como maquinaria perfecta, Bruce acumulaba otras vidas: piloto comercial, esgrimista, escritor, locutor… No era postureo. Era necesidad. El metal, para él, nunca fue una jaula estética… pero Maiden empezaba a serlo. Y así lo expresaba:

 

 “Es como una jaula dorada… cómoda, hace mucho dinero, pero no quiero eso para mí. La única forma de crecer es hacer algo diferente. Y la única forma de hacerlo en serio era irme” (Vulture, 12 de diciembre de 2017).

 

Esa frase resume su carrera, como un artista que se rebela incluso contra su propio mito. Su debut en solitario llegó en 1990, después del agotamiento monumental de Seventh Son of a Seventh Son. Bruce necesitaba aire y lo buscó en lo más básico: riffs directos, actitud callejera, menos épica y más rock de bar con mala intención:

 

Quería hacer algo más ligero, algo que sonara como los discos con los que crecí” (Kerrang!, 1990).

 

Tattooed Millionaire es un disco de hard rock con tintes glam, más cerca de AC/DC o Mötley Crüe que del metal progresivo de Maiden. Pero sería un error verlo como simple capricho. Hay crítica y sarcasmo. La canción titular es una burla directa al rockstar vacío, al exceso convertido en caricatura:

 

Me harté de ver a estos tipos en MTV pavoneándose… quise bajarlos de su pedestal” (Metal Hammer, 1990).

 

Además, el álbum funciona como un primer aviso: Dickinson quería una identidad fuera del control de Steve Harris. Él mismo lo reconoce:

 

Steve tenía una visión muy clara… pero yo necesitaba recordar quién era yo fuera de Maiden” (What Does This Button Do?, 2017).

 

El disco no es una obra maestra, pero sí un manifiesto. Bruce podía existir sin Eddie detrás.

 

Si Tattooed Millionaire era diversión con veneno, Balls to Picasso es otra cosa, es un disco de ruptura emocional. Aquí ya no hay chistes glam. Aquí hay ansiedad, búsqueda, miedo… Tras Fear of the Dark (1992), Dickinson estaba roto por dentro por culpa de los roces con Harris, el desgaste de la maquinaria Maiden y la sensación de ser un actor interpretando un papel ajeno. Salir de Maiden en plena era grunge era casi suicida. El metal clásico estaba siendo arrasado por Nirvana, Pearl Jam y el nuevo canon alternativo. Pero Dickinson no se fue por estrategia, se fue por supervivencia artística.

 

El disco

De este espíritu, del momento que vive el Rock a finales de los noventa, nace Skunkworks, el tercer álbum en solitario de Bruce, publicado en 1996, hace ya 30 años. El resultado fue un trabajo que en su momento desconcertó a buena parte de su base de seguidores y que aún hoy sigue siendo objeto de debate. Lejos de los estadios masivos y los riffs épicos que habían marcado su trayectoria con Maiden, Skunkworks fue un álbum introspectivo, de texturas sombrías, de guitarras afinadas más abajo y estructuras menos convencionales. Pero su importancia histórica y artística no puede entenderse sin situarlo en el contexto personal y cultural de su autor:

 

Tuve esta discusión con (mi manager) Rod, y él me dijo: ‘Eres un cantante de heavy metal. No puedes cambiar. Puedes intentarlo, pero estás atrapado en ello.’ Me opuse a eso… De todos modos, nos metimos en lo de Skunkworks… Al final de todo, estaba destrozado. Debería haber tenido una carrera grunge en ese momento, porque yo estaba muy enfadado, muy desubicado y era pobre.” (Wikipedia, “Skunkworks”)

 

Bruce Dickinson nunca ha sido un músico estático, ya lo hemos dicho más arriba; pero con Skunkworks esa búsqueda se convirtió en un experimento radical: reunir a una banda más joven, trabajar con el productor Jack Endino —conocido por su vínculo con la escena de Seattle y bandas como Nirvana o Soundgarden— y crear un disco que, según la crítica retrospectiva, quiso “tomar un lanzallamas” y aplicarlo sobre su propia trayectoria artística. ¡Vamos, que se sumaba a la rebeldía grunge dinamitando la efigie que él mismo había creado! En una entrevista sobre el disco y su época, Dickinson recuerda con ironía ese enfoque:

 

Donde no quería acabar era en el circuito de cabaret del metal o del rock…” (Brave Words, 2006)

 

Desde su lanzamiento, Skunkworks recibió críticas diversas, ya en junio de 1996, la publicación estadounidense Lollipop Magazine comentaba sobre el álbum:

 

El señor de la voz vibrante toca rock. Todavía conserva esos bramidos de la época dorada de Iron Maiden… pero aquí está cantando un rock bastante contemporáneo. Hay baladas rockeras… y también jams de guitarra para zapatear con fuerza.” (Lollipop Magazine, 1 de junio de 1996)

 

Esta cita muestra la confusión inicial, se reconoce la presencia de la voz característica de Dickinson, pero también se subraya la extrañeza del enfoque contemporáneo, muy distante de lo que los seguidores tradicionales esperaban. Y es precisamente ese choque de expectativas lo que marcó el tránsito de Skunkworks entre el desconcierto general y una especie de halo de culto que ha llegado con el paso del tiempo. No era un disco que gritara su ambición en voz alta, sino uno que proponía un diálogo más contenido, casi íntimo, entre artista y oyente.

 

Musicalmente, Skunkworks caminó por territorios próximos al rock alternativo más de los noventa que al heavy metal puro. Las guitarras tenían afinaciones diferentes, las texturas eran más crudas, y la producción de Endino eliminaba artificios grandilocuentes en favor de un sonido más “en la cara”, más directo. Zeppelin Rock On, describiendo el álbum años después, destacaba esa mezcla de melodías trabajadas y detalles que ocultaban una intención más profunda:

 

Skunkworks presenta trece temas… con melodías muy bien tratadas y llenas de pequeños detalles que terminan haciéndolas grandes… es un placer escuchar canciones como “Solar Confinement” o “Strange Death In Paradise”, donde Bruce da una lección de cómo cantar con sentimiento y alma.” (Zeppelin Rock On, 25 de febrero de 2013).

 

Parte de la singularidad de Skunkworks reside en cómo fue percibido por el propio Bruce. En entrevistas posteriores, él mismo describe el proyecto como un ejercicio de ruptura con su pasado inmediato y un intento de encontrar una voz más libre. A diferencia de muchos músicos que se aferran a fórmulas seguras, Dickinson abrazó la incertidumbre creativa. Eso significó, inevitablemente, sacrificar parte de la familiaridad que su público esperaba. Pero también abrir una puerta a una experiencia más visceral y menos calculada.

 

Veredicto

Aunque Skunkworks rara vez encajó del todo dentro de las categorías de grunge o rock alternativo, su relación con la escena musical de mediados de los noventa es innegable. El enfoque en texturas, atmósferas más sombrías y estructuras menos convencionales lo acercaron más al espíritu de la época que a la escala épica del metal tradicional. Hoy en día, algunos críticos lo ven con otros ojos, no tanto como un intento fallido, sino como un disco que supo anticipar (o al menos dialogar) con las corrientes musicales contemporáneas al momento de su publicación.

 

Además, la historia de su producción —trabajar con músicos más jóvenes, intentar una nueva química creativa y aprender de la experiencia— lo convierten en un documento valioso dentro de la trayectoria de Dickinson como artista independiente.  Por otro lado, el legado de Skunkworks es también una historia de ciclos. Después de este álbum, Dickinson regresó a los sonidos más metal tradicionales con trabajos como Accident of Birth (1997) y The Chemical Wedding (1998), señalando una vuelta a su universo más clásico tras un intento audaz de reinvención.

 

Pero esa vuelta no borra lo que Skunkworks representó: un intento sincero de exploración, de mirar al abismo sonoro sin miedo a perder el aplauso fácil. Puede que no fuera un hito masivo dentro del rock alternativo de los noventa, ni tampoco el disco que redefinió la carrera de Dickinson en su momento. Pero sí es el que pone en evidencia a un creador que no se negó a cuestionarse a sí mismo.

 


Descubre más desde Stairway to Rock

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta