Slayer – Reign in Blood: 40 años de sangre, velocidad y destrucción

Reign in Blood

7 de octubre de 1986

Def Jam / Geffen

Reign In Blood cumple cuatro décadas convertido en algo más que el mejor disco de Slayer: es uno de los puntos de ruptura fundamentales de la historia del metal extremo. Publicado el 7 de octubre de 1986, supuso el tercer álbum de Slayer y puso patas arriba todo lo que hasta entonces se entendía por velocidad, agresividad y brutalidad dentro del heavy metal. Cuarenta años después, sus 28 minutos y 58 segundos continúan funcionando como una descarga eléctrica. No necesita contexto para resultar devastador, pero conocer el contexto permite entender por qué aquel disco fue tan importante.

 

Pues, porque Reign In Blood no apareció de la nada, llegó en un momento en el que el thrash estaba dejando de ser una conspiración de adolescentes que intercambiaban cintas para convertirse en una fuerza capaz de competir con el heavy metal tradicional. En este contexto, 1986 fue el año de Master Of Puppets, Peace Sells… But Who’s Buying? y Reign In Blood. El año en que Metallica, Megadeth y Slayer demostraron que aquella música nacida en garajes, salas pequeñas y sellos independientes podía convertirse en algo mucho más grande.

 

Así pues, para comprender Reign In Blood hay que quitarse primero una idea de la cabeza. Por aquel entonces, Slayer no estaba completamente formada: Show No Mercy (1983) todavía era un disco de una banda que estaba descubriendo su propia identidad; había velocidad, agresividad y una estética diabólica muy marcada, pero también podían escucharse con bastante claridad las raíces tradicionales del grupo: Judas Priest, Iron Maiden, Black Sabbath, Mercyful Fate y, por supuesto, Venom. Kerry King nunca ha ocultado esta última influencia.

 

Años después explicaría que era especialmente fan de los dos primeros discos de Venom y que la banda había ejercido una influencia importante sobre él. Recordaba incluso haber visto el vídeo de Witching Hour y pensar: «These guys are the fucking shit!»

 

Tom Araya también ha sido bastante claro al respecto. En una entrevista con The Quietus explicó que Slayer había tocado versiones de Venom, Iron Maiden y Judas Priest, y que aquellas bandas constituían parte del núcleo de sus influencias. Sobre Venom fue todavía más concreto:

 

«Venom was a big influence on Kerry as far as the imagery, and how we did the song-writing.» («VENOM fue una gran influencia para Kerry, tanto en lo que respecta a la imaginería como a la manera en que componíamos las canciones.») “A Folk Devil Talking: Slayer’s Tom Araya Interviewed”, en The Quietus, 16 de febrero de 2012].

 

Pero reducir Slayer a una especie de Venom acelerado sería quedarse en la superficie. Scott Ian, de Anthax, lo explicó bastante bien al recordar sus primeros encuentros con la banda. Era ya fan de Venom cuando descubrió Show No Mercy y lo describió como una especie de mezcla entre Judas Priest y Venom. Slayer tomó la imaginería, el nihilismo, la suciedad y la actitud de Venom, pero introdujo en esa fórmula el músculo compositivo de la NWOBHM, la precisión de dos guitarras heredada de Priest y Maiden y, progresivamente, la violencia directa del punk y el hardcore estadounidense.

 

Jeff Hanneman sería fundamental en esta última transformación, ya que con él el punk entra en la ecuación. Mientras Kerry King era, en palabras de sus propios compañeros, el gran «metal kid» de Slayer, Hanneman estaba mucho más interesado en lo que estaba ocurriendo alrededor del hardcore de Los Ángeles: D.I., Verbal Abuse, T.S.O.L., Minor Threat, Dead Kennedys, Circle Jerks… (véase el artículo que escribimos en esta misma web sobre el Undisputed Atittude).

 

Hanneman introdujo a sus compañeros en aquellas bandas. Dave Lombardo y Tom Araya terminaron entrando en el juego. Incluso King, inicialmente reticente, acabó entendiendo qué podía aportar aquella música a Slayer. En la reconstrucción de la historia del disco realizada por Metal Hammer, Araya recordaba que Hanneman aparecía con discos de punk y hardcore y que el último en subirse al carro fue King.

 

Aquello fue determinante, ya que el punk aportaba algo que el heavy metal de la época no siempre tenía la capacidad de eliminar todo aquello que sobraba. Si un riff funcionaba, se golpeaba con él hasta dejarlo clavado en el cráneo; no había que introducir un solo porque el género decía que tocaba hacerlo. ¡Y si podía tocarse más rápido, se tocaba más rápido! Esa es la fórmula de Reign In Blood.

 

Por otro lado, la importancia de Reign in Blood también tiene que medirse respecto al año en el que apareció. Ya lo hemos dicho más arriba, el thrash llevaba varios años creciendo desde el underground. Metallica había publicado Ride The Lightning en 1984 y estaba a punto de dar un salto gigantesco; Megadeth avanzaba desde el otro extremo de la escena; Anthrax empezaba a consolidarse; Exodus había demostrado con Bonded By Blood que aquella nueva música podía ser feroz sin perder capacidad compositiva. Tom Araya explicaba años después:

 

«Everybody else was doing something slow […] Kerry and Jeff said that they didn’t want to do a slow record – they wanted to do something fast.» [(«Todos los demás estaban haciendo algo lento […] Kerry y Jeff dijeron que no querían hacer un disco lento; querían hacer algo rápido.») Metal Hammer, 2012.

 

No parece una declaración especialmente revolucionaria hasta que uno escucha el resultado, ya que la cuestión no era simplemente tocar deprisa, era hacer que la velocidad fuese la estructura, puesto que el riff no acompañaba al ritmo. El riff era el ritmo y, por otro lado, la batería no funcionaba como una base sobre la que colocar las guitarras.

 

No. La batería de Dave Lombardo se convirtió en otro instrumento protagonista, mientras que las guitarras de Hanneman y King dejaron de comportarse como las de una banda tradicional de heavy metal. Pasaban a ser dos cuchillas. Fíjese el lector en una cosa que podría pasar desapercibido: Reign In Blood: diez canciones, 28 minutos. ¡No hay más palabras Señoría!

 

El disco abre con «Angel Of Death» y desde ese primer acorde ya no hay vuelta atrás. La canción dedicada a Josef Mengele situó inmediatamente a Slayer en el centro de una polémica que acabaría afectando incluso a la distribución del álbum. CBS, distribuidora de Def Jam, se negó a publicar el disco mientras la canción permaneciera en él. Slayer se negó a retirarla y Rick Rubin buscó otra salida. Finalmente sería Geffen quien distribuyera el álbum. Araya explicó a Metal Forces en 1986 que la compañía había interpretado la canción como una glorificación del criminal nazi, algo que el grupo rechazaba completamente:

 

«Angel Of Death is not glorifying [Mengele], it’s just stating what he did and got away with.» («Angel Of Death no está glorificando a [Mengele], simplemente expone lo que hizo y de lo que salió impune»).

 

La controversia, sin embargo, no consiguió frenar el disco, más bien al contrario.

 

Otra de las piezas fundamentales del puzle fue Rick Rubin, quien era conocido principalmente por su trabajo en hip hop y por Def Jam. Sobre el papel, no tenían demasiado que ver con Slayer, una banda de metal extremo, pero en la práctica, Rubin entendió algo fundamental: Slayer no necesitaba sonar más grande, necesitaba sonar más cerca. Los primeros discos tenían una atmósfera más reverberada, oscura y cavernosa. Reign In Blood eliminó buena parte de ese espacio, el sonido se volvió seco, directo, físico…

 

Kerry King lo resumiría años después al hablar de la decisión de quitar la reverb: «You don’t need reverb to be good.» Rubin buscó precisamente eso. En lugar de esconder la velocidad detrás de una producción enorme, quiso que cada golpe fuese reconocible. En palabras suyas, el disco está muy cerca de sonar como una actuación en directo perfectamente registrada en estudio, donde percibías el ataque de la púa en los instrumentos de cuerda y la batería de Dave Lombardo arrollando como una apisonadora.

 

Aquí está una de las grandes razones por las que Reign In Blood sigue siendo una barbaridad cuatro décadas después. Dave Lombardo no se limita a tocar la batería: la convierte en el motor del disco. La doble pedalera deja de ser un recurso para convertirse en propulsión y, gracias a la producción de Rick Rubin, cada golpe parece llegar directamente a la cara. Pero reducir el disco a velocidad sería un error, ya lo hemos dicho.

 

Lo verdaderamente extraordinario es el control que existe detrás de semejante descarga. Hanneman y King convierten riffs ferozmente agresivos en canciones perfectamente reconocibles, mientras Postmortem y Raining Blood demuestran que la violencia también necesita tensión, dinámica y contraste. Parece caos, pero no lo es: detrás de cada golpe hay una composición medida al milímetro.

 

Veredicto

Con Reign in Blood, Slayer se separa definitivamente de las influencias que arrastraba en los álbumes anteriores. La imaginería, la actitud, la fascinación por lo oscuro y aquella concepción del heavy metal como algo más peligroso y extremo tienen una deuda evidente con Cronos, Mantas y Abaddon; y la manera en cómo se comportan las guitarras con Priest y Maiden. Pero Slayer echó abajo esa puerta que habían abierto desde la NWOBHM, añadiendo precisión, técnica y una capacidad compositiva que convirtió aquella agresividad en algo nuevo.

 

Reign In Blood quizá no fue un fenómeno comercial inmediato, pero su impacto terminó siendo muchísimo mayor que sus cifras: abrió camino al death metal, al black metal, al grindcore y a buena parte del metal extremo posterior. Cuatro décadas después, su grandeza no depende de la nostalgia ni de su condición de clásico. Sigue funcionando porque la fórmula continúa siendo igual de sencilla y devastadora: riffs enormes, velocidad, precisión y cero concesiones.

 

UNITED STATES – JANUARY 01: Photo of SLAYER (Photo by Ebet Roberts/Redferns)

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