Hellripper — Coronach

90/100

27 de marzo de 2026

Century Media Records

 

Hellripper o, lo que es lo mismo, el virtuoso multinstrumentista escocés James McBain, acaba de publicar un nuevo álbum, titulado Coronach. Se refiere este término a un tipo de canción funeraria escocesa. Para quienes estén versados en nuestro folclore medieval, sería algo similar a las endechas de las plañideras. Pero que nadie se lleve a engaño: aquí no hay nada que lamentar. El nuevo trabajo de este destripador infernal ha llegado para asaltar los cielos.

 

Hace unos cuantos años, un buen amigo me recomendó Hellripper con el furor de una comadreja en un gallinero. Ante su insistencia, no tuve más remedio que hacerle caso y, a rebufo suyo, he seguido puntualmente la evolución de McBain. Tras publicar un EP y varios splits, estos se recopilaron en Complete and Total Fucking Mayhem (2016). En aquel momento, McBain tenía apenas veintiún años. Se ocupaba de componer y grabar todos los instrumentos y ya había logrado que Hellripper tuviera un sonido propio. Motörhead metido en una batidora de black metal con algo de thrash: como unos Venom puestos en limpio. O en menos sucio.

 

Ese sonido lo perfeccionaría en Coagulating Darkness (2017), seguramente, su disco más aclamado hasta ahora. Desde el principio, McBain era excelente a las baquetas, pero en The Affair of the Poisons (2020) percibí una clara mejoría de su rendimiento a la guitarra. El problema es que, en ese disco, su propuesta comenzaba a mostrar síntomas de agotamiento. El propio McBain debió ser consciente de ello, porque en Warlocks Grim & Withered Hags (2023) dio un golpe de timón. Introdujo muchísima melodía y fue una de las sorpresas de aquel año, aunque me pareció que le faltaba algo para que cristalizara la nueva idea que McBain barruntaba.

 

Al año siguiente, por fin pude ver en directo a los Hellripper, arrastrado por ese mismo amigo del que hablaba antes. Y digo «los», en plural, porque cuando se viste Hellripper de gira, a McBain (voz y guitarra) lo acompañan Joseph Quinlan a la guitarra, Andy Milburn al bajo y Max Southall a la batería. Sucedió en Wacken Open Air 2024 y fue, esencialmente, lo que me esperaba. Una potente descarga de unos blackened Motörhead. Eso no es cosa menor, pero no es algo que a mí me vuele la cabeza. Está claro que a Century Media sí, porque ficharon a Hellripper poco después.

 

Avancemos en el tiempo hasta hace unas semanas. Fiel a nuestro ritual, mi amigo me anunció que estaba próximo a ver la luz el nuevo álbum de Hellripper, lanzado bajo el paraguas de esa potente discográfica. Me hice entonces a la idea de que me tocaría escucharlo.  Y así lo he hecho. Voy a intentar describir de forma breve y gráfica lo que me sugiere Coronach en su conjunto: es el hijo bastardo (y escocés) que tuvieron Lemmy Kilmister y Alexi Laiho. Después de muertos. Así de bien suena la cosa.

 

Esa incorporación de Children of Bodom a la coctelera de Hellripper, ya rebosante de Motörhead, se aprecia muy claramente en el tema que abre el álbum, «Hunderprest». Pero sería injusto e ignorante por mi parte reducir el disco sólo a eso. Son tantas, tantísimas, las variadas influencias que se suman a esos dos hilos conductores y que inundan cada una de las canciones, que de la suma de todas ellas acaba surgiendo algo nuevo. Algo mágico y sublime. Destacaré algunas, pero no dejará de ser una burda simplificación.

 

 

Si alguien se ha preguntado cómo sonaría Running Wild si hubiera optado por dedicarse al death and roll, en «Kinchyle (Goatkraft and Granite)» encontrará la respuesta. Mucho más cercano a los patrones de la NWOBHM es «The Art of Resurrection». Allí, un piano sirve de introducción a lo que sería una versión brutal de Angel Witch. El medidor de black metal se dispara a continuación con «Baobhan Sith (Waltz of the Damned)», pero de forma pomposa y melódica. Esta canción podría haberla compuesto Cradle of Filth en un día de mucha inspiración.

 

No todo es revolucionario. Para los seguidores de Hellripper que añoren sus primeros trabajos, el factor Motörhead/Venom retoma el control absoluto, con la brillantez de antaño, en «Blakk Satanik Fvkkstorm». Ahí queda ese título para los anales trve y esta canción para futuros mosh pits. Acto seguido, el espíritu de Iron Maiden, y concretamente el de Powerslave (1984), se materializa en «Sculptor’s Cave». Tremendo temazo de heavy metal, con un estribillo que se ha quedado a vivir en mi lóbulo temporal desde que lo escuché. Pero en «Mortercheyn» vuelve a ganar presencia el black metal, en este caso el que bebe de la escuela de Dissection, para que no nos olvidemos de que, en el fondo, estamos ante un disco de metal extremo.

 

Nada de lo anterior nos prepara para la canción que da título al álbum. Parte de la letra reproduce el poema, también llamado «Coronach», de Walter Scott, gran jurista y escritor escocés nacido a finales del siglo XVIII. La canción comienza con una guitarra eléctrica reproduciendo la marcha fúnebre de Frédéric Chopin. Y entonces sucede. Voz limpia y el inconfundible sonido de Manowar. Este disco se ha publicado el 27 de marzo de 2026, el mismo día en el que ha fallecido Ross the Boss. Es imposible que McBain supiera lo que iba a implicar esta influencia cuando uno escucha hoy la canción homónima del álbum, que es un himno fúnebre. En la canción «Coronach», la esencia de los «reyes del metal» se une a la de muchas otras leyendas, y también a unas gaitas, para construir un monumento de heavy metal con mayúsculas.

 

Eso es lo que nos brinda también el álbum Coronach. Parafraseando una jocosa cita del autor de The Deep Purple (1910), Wilson Mizner, Hellripper no está imitando a nadie en concreto. Son tantísimas las influencias presentes simultáneamente en Coronach, superpuestas, amalgamadas o hibridadas, que sólo cabe concluir que estamos ante una investigación académica. Una tesis doctoral de Heavy Metal.

 

Coronach es de escucha obligada para todo aquel al que le gusten esas dos últimas palabras, incluidos aquellos que no suelan consumir metal extremo. Este álbum va a dar mucho que hablar y a mi sólo me queda agradecerle a mi amigo su insistencia para que apostara por McBain. Ahora sí que ardo en deseos de ver qué nos depara el futuro de Hellripper.

 


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