Ana Curra mantiene encendida la llama de Parálisis Permanente en Salamandra

Ana Curra + Sistema de Entretenimiento + Jota Carajota

30 de octubre de 2026

Salamandra, L’Hospitalet del Llobregat, Barcelona

Texto y fotos: Markceröck

Como deslumbrante acto de apertura de la velada, la escena subterránea encontró en Jota Carajota uno de sus puntos de inflexión más transgresores, magnéticos y visualmente impactantes de la noche.

 

Capitaneado por la polifacética artista gitana originaria de Jerez de la Frontera, Juan José Torres (Jota Carajota) a la voz principal y dirección escénica —referente multidisciplinar de la escena drag, del flamenco-punk transgresor y del indie urbano—, el proyecto saltó al escenario en formato de directo de sala arropado por su sólida banda de apoyo a cargo de bases electrónicas, percusión digital, sintetizadores y guitarreo en vivo.

 

 

Jota Carajota

Desde que sonó la primera secuencia de la noche, quedó claro que este arranque no iba a ser un mero trámite: la propuesta de Jota Carajota es una colisión frontal y apasionada entre el dramatismo del folclore patrio, el lirismo desgarrador de la copla y la crudeza bailable del electropop, el techno y el punk oscuro.

 

Sobre las tablas, la artista desplegó una imagen envolvente donde las raíces jerezanas y los matices del folclore se fusionaron con la estética goth, el cuero, el látex y la iconografía queer más desafiante.

 

Con una expresividad corporal arrolladora, su presencia actoral transformó el escenario en un híbrido entre un tablao cibernético y un altar pagano de devoción y provocación, mientras la banda tejió un colchón sonoro de beats rabiosos y líneas de sintetizador oscuras sobre el que la voz de Jota transitó desde el lamento flamenco hasta la contundencia electrónica más visceral.

 

 

A lo largo de la actuación, la comunión con el público fue absoluta gracias a un repertorio que encadenó en una sola ráfaga continua composiciones propias y reinterpretaciones incendiarias como «Mártir de la libertad», «Reina de la noche», «Coplas de medianoche» o las versiones al final de «Toro» (su visceral relectura del clásico de El Columpio Asesino) y «Llorando por ti» de Ku Minerva.

 

Rompiendo constantemente la cuarta pared entre tema y tema, la artista jerezana interaccionó con las primeras filas lanzando proclamas llenas de humor ácido, orgullo y energía, animando al público a «tomar las riendas de la vida», desatando el baile y ganándose la complicidad inmediata de la sala.

 

Como acto de apertura, el show no solo cumplió la misión de calentar la pista desde el primer minuto, sino que demostró que el espíritu de insubordinación, la teatralidad y el peligro escénico siguen más vivos que nunca, sirviendo como el puente ideal entre la vanguardia urbana y la devoción.

 

 

Sistema de Entretenimiento

La noche continuó con un cartel de acompañamiento muy potente dentro del panorama underground actual, destacando la presencia de Sistema de Entretenimiento, el trío barcelonés de arcade synth-punk —originario de Mollet del Vallès— compuesto por Víctor Fernández Echeverri («Skipper» / «Skiper O’Neil») a la voz, guitarra y sintetizadores; Anna Bannana en los teclados, caja de ritmos y coros; y Guixu al mando del bajo eléctrico y los apoyos vocales.

 

Procedentes del underground y referentes indiscutibles del sonido acelerado y las melodías retro-futuristas, la banda salió a comerse el escenario con píldoras de alto voltaje como «El baile de las máquinas», «Sarah Connor» o «Furia oriental».

 

 

Sin embargo, su actuación estuvo marcada por los constantes duendes del directo: fallos técnicos imprevistos, paradas abruptas y continuas disculpas sobre las tablas que rompían momentáneamente el ritmo. No obstante, lejos de venirse abajo, la interacción constante entre los miembros del trío y la respuesta del público fue una auténtica inyección de devoción y complicidad.

 

Cada contratiempo técnico se solventó con una sonrisa y una entrega absoluta por parte de Skiper, Anna y Guixu, transformando los parones en un ejercicio de cercanía magnética. La crudeza de sus sintetizadores analógicos, los ritmos frenéticos de canciones como «Basura espacial», «Creo que prefieren vernos morir» o «No quiero ser un robot» y esa atmósfera sudorosa conectaron de inmediato con la sala.

 

La sensación general fue la de un viaje directo en el tiempo: con su estética de videojuegos clásicos, sci-fi y anime, el concierto se vivió como regresar de golpe a los años ochenta, donde la pasión y la urgencia superaban con creces cualquier perfección digital.

 

 

Ana Curra

La actuación estelar arrancó con la intro «La pareja más guapa del foro», acompañada por una proyección de fotografías de Ana que fue preparando el ambiente para la entrada en escena de Ana Curra. Los primeros saludos al público y la mención especial al aniversario de Eduardo Benavente añadieron una carga emocional a una fecha que, por su proximidad a Halloween y al Día de los Muertos, parecía diseñada para convocar a los fantasmas de una generación que todavía sigue encontrando refugio en aquellas canciones.

 

El repertorio se desarrolló como un único bloque de intensidad creciente, sin perder el hilo conductor de una ceremonia musical en la que convivieron la obra propia de Ana Curra, las referencias internacionales que marcaron su universo artístico y los grandes clásicos de Parálisis Permanente. «En esta tarde gris» abrió el recorrido musical propiamente dicho, dando paso a «Envuelta en ron», antes de que «Pájaros de mal agüero» introdujera su particular atmósfera de inquietud y simbolismo. Con «Aphrodita la monarca», el concierto se adentró en una dimensión más teatral y personal, reafirmando la capacidad de Ana para transitar entre diferentes registros sin abandonar su identidad.

 

 

La aparición de «Ghost Rider», versión de Suicide, supuso una conexión directa con una de las influencias fundamentales de la música electrónica y experimental que ayudaron a definir el sonido de aquella generación. La interpretación rindió homenaje a la actitud radical y minimalista del dúo neoyorquino, cuya huella sigue presente en el universo sonoro de Curra. Sin abandonar esa línea de provocación, «Activista de la idiotez» recuperó el carácter más ácido e irreverente de su repertorio.

 

Tras la «Intro Requiem», llegó uno de los primeros grandes puntos de inflexión de la noche: «El acto», de Parálisis Permanente. La canción devolvió al escenario la esencia de aquella formación que supo transformar la oscuridad, la provocación y la urgencia punk en un lenguaje propio. Su interpretación fue coreada masivamente por la sala, especialmente en el célebre verso «si la araña no cree en mí y tú tampoco ya en mí». El recuerdo de Eduardo Benavente sobrevoló especialmente este momento, y cada palabra pareció adquirir una dimensión adicional en la voz de una de las protagonistas de aquella historia.

 

 

El recorrido continuó con «Esa extraña sonrisa» y «Te gustará», antes de alcanzar uno de sus momentos culminantes con «Quiero ser santa». Convertida en uno de los himnos más reconocibles de Parálisis Permanente, la canción desató una respuesta colectiva que fue mucho más allá de la celebración de un clásico. Su provocación, su irreverencia y su particular desafío a los convencionalismos siguen encontrando eco en el presente. Toda la sala retumbó al grito de «Quiero ser santa, quiero ser mártir…», en una de las escenas más intensas de la actuación.

 

Con «Nacidos para dominar», el repertorio recuperó la contundencia y el espíritu desafiante de Parálisis Permanente. A continuación llegó «Sangre», que prolongó el recorrido por el imaginario de la banda. El concierto desembocó después en «Heroes», de David Bowie, una emotiva versión cargada de memoria e historia. La canción estableció un puente entre las influencias internacionales que marcaron a aquella generación y la trayectoria musical que Ana Curra contribuyó a construir.

 

La siguiente descarga llegó con «Tengo un pasajero», otra de las composiciones fundamentales de Parálisis Permanente, que recuperó esa mezcla de tensión, personalidad y electricidad que define su legado. A continuación, «Quiero ser tu perro», el clásico de The Stooges, conectó directamente con las raíces más primitivas y salvajes del punk. La versión reivindicó la influencia de Iggy Pop y compañía en una escena que encontró en aquella actitud irreverente una de sus principales fuentes de inspiración.

 

 

Con «Unidos», Ana volvió a sumergirse en el universo de Parálisis Permanente, recuperando la fuerza de una canción que forma parte de la memoria colectiva de quienes crecieron con aquellos sonidos. Después llegó «Bach», un guiño especialmente significativo a sus raíces clásicas y a su vínculo con el órgano de El Escorial. La presencia de esta pieza recordó que detrás de la artista punk existe también una formación y una sensibilidad musical que van más allá de los límites de un género.

 

El tramo final fue adquiriendo una intensidad especial con «Adictos a la lujuria», una nueva incursión en el repertorio de Parálisis Permanente que devolvió a primer plano su provocación estética y su particular manera de abordar los territorios más incómodos de la condición humana. La tensión desembocó en «Autosuficiencia», uno de los grandes manifiestos de la banda y uno de los momentos más reconocibles de toda la noche. Su mensaje de independencia, aislamiento y desafío continúa conservando una vigencia extraordinaria. El público volvió a responder con entusiasmo, demostrando que estas canciones no sobreviven únicamente por su valor histórico, sino porque siguen interpelando directamente a quienes las escuchan.

 

Finalmente, «Un día en Texas» puso el broche musical a la actuación, con una nueva incursión en la iconografía oscura y cinematográfica de Parálisis Permanente. Una elección especialmente apropiada para una velada en vísperas de Halloween, en la que el imaginario del terror, la violencia y la estética de serie negra encontraba su reflejo natural en el universo de la banda.

 

 

En el tramo final, Ana Curra invitó a todos los presentes a sumarse a la celebración y abrió el escenario a las bandas que habían compartido cartel con ella: Sistema de Entretenimiento y Jota Carajota. Los músicos compartieron entonces las tablas con Ana mientras el público, completamente entregado, se incorporaba a la celebración. El escenario se llenó de compañeros, voces y complicidades, borrando por unos instantes la frontera entre artistas y asistentes.

 

En los momentos finales, Ana Curra aprovechó para agradecer la presencia del público y de los músicos que habían formado parte de la velada, además de recordar los canales de contacto en redes sociales y las próximas fechas de su agenda. Pero el verdadero desenlace estaba todavía por llegar.

 

 

Entre aplausos, ovaciones y muestras de agradecimiento, La última cena encontró su sentido definitivo: no era una despedida, sino una reivindicación de la memoria y de la continuidad de una manera de entender la música. Un encuentro entre generaciones que demuestra que el legado de Parálisis Permanente permanece vivo y que Ana Curra sigue siendo una de sus guardianas fundamentales.

 

Porque hay canciones que pertenecen a una época, pero también existen canciones que consiguen escapar de ella. Las de Parálisis Permanente forman parte de esa segunda categoría. Y mientras Ana Curra siga subiéndose a un escenario para interpretarlas con esa mezcla de elegancia, oscuridad y actitud indomable, la llama de aquella revolución seguirá encendida.

 


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