Sonata Arctica — Silence: 25 años desde que Stratovarius fue silenciado por su sucesor

Silence

21 de junio de 2001

Avalon

 

Stratovarius inició con Fourth Dimension (1995) una marcha triunfal, a disco clásico por año, que demostró que el power metal no era sólo cosa de Alemania. Creó escuela y, en su natal Finlandia, fueron tres sus más destacados discípulos. Uno añadió ópera a la fórmula (Nightwish) y otro le echó buenas dosis de metal extremo (Children of Bodom). El más joven fue el más fiel a las enseñanzas del maestro, pues se limitó a verter unas gotas de hard rock melódico o a acelerar el tempo, según le conviniera. Se llamaba Sonata Arctica y venía de Laponia.

 

Yo tenía dieciséis años cuando descubrí a la banda de Tony Kakko. Fue en un concierto en el que Sonata Arctica teloneaba a Rhapsody, que todavía no estaba en llamas, y precisamente a Stratovarius, que presentaba su álbum Infinite (2000). Me acompañaban varios amigos, compañeros del grupo en el que tocábamos entonces. Nos maravilló que esos jóvenes, apenas unos años mayores que nosotros, fueran capaces de tanto. Nos hicimos con Ecliptica (1999) y versionamos «Replica» hasta que nos sangraron los dedos. Es uno de los mejores álbumes debut de power metal de todos los tiempos, aunque el trono de Stratovarius parecía todavía inalcanzable.

 

Pero los titanes de Helsinki iban a permanecer en silencio durante algunos años. Además, en su horizonte, aguardaban los mediocres Elements (2003), la enfermedad mental del gran Timo Tolkki y el colapso de la flor de lis. Había llegado el momento de Sonata Arctica, que haría bueno el título del EP que publicó tras Ecliptica (Successor, 2000).

 

Tony Kakko a la voz, Jani Liimatainen a la guitarra, Marko Paasikoski al bajo, Tommy Portimo a la batería y Mikko Härkin a los teclados. Esa fue la alineación que grabó Silence, mezclado en Finnvox Studios y disco de oro en su país. Se publicó primero en Japón y un mes más tarde en Europa, a través de Spinefarm Records. Fue reeditado en 2008 y sus cuatro grandes hits («Wolf & Raven», «Tallulah», «San Sebastian (revisited)» y «Black Sheep») se incluyeron en su Best Of de 2006 y se regrabaron para sus Acoustic Adventures (2022), por lo que nos encontramos ante uno de los discos más relevantes de la banda lapona.

 

El disco

La portada de Silence, obra de Éric Philippe, nos anticipa su carácter dual. Ciertamente, hay una faceta introspectiva y «nocturna» (baladas y mid-tempos) y otra de fogosa intensidad powermetalera. O, quizás, lo que pasa es que en este álbum hay luces y sombras a partes iguales. Comprobémoslo.

 

En la edad dorada del power metal, era obligatorio que el disco arrancara con una intro. A poder ser, instrumental, sinfónica y grandilocuente. En ese contexto, «… Of Silence», en el que una profunda voz nos habla de la importancia del silencio con la única compañía de un minimalista teclado, es rompedora. Lo mismo puede decirse de la temática de la canción que introduce, «Weballergy», aunque «Blank File» ya nos contara algo parecido en Ecliptica. La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero, pero en boca de Sonata Arctica esa letra era creíble.

 

Cuando un grupo como Accept, a estas alturas, nos sermonea sobre las nuevas tecnologías en canciones como «Analog Man» (The Rise of Chaos, 2017) o «Zombie Apocalypse» (Too Mean to Die, 2021), parece que está deseando que le contesten: «OK, boomer». Sonata Arctica, advirtiendo de cómo Internet ponía en riesgo nuestra intimidad en aquel mundo anterior a los atentados del 11-S, sonaba profético. Por lo demás, en lo musical, «Weballergy» cumple su función. Es un potente trallazo de apertura marca Helloween, con algún tramo de teclado deudor de lo que entonces proponía Nightwish.

 

Sigue reventando metrónomos «False News Travel Fast» sin dejar de lado la melodía, en otro ejemplo prototípico del power metal de aquellos años. Lo más destacable de esta canción es la colaboración a la voz, ni más ni menos, que de Timo Kotipelto (Stratovarius). Kakko le eclipsa por momentos, permitiéndonos comprobar empíricamente el traspaso de poderes que estaba teniendo lugar entre las dos bandas. A continuación, nos esperaba un tema importantísimo para la historia de Sonata Arctica.

 

«The End of This Chapter» comienza con una llamada telefónica, en la que un sujeto reanuda el acoso a su expareja (muy siniestro resulta ese «c’est moi», en la llamada y en la letra). Todavía no lo sabían ni los finlandeses, pero el nombre de él es Caleb y el de ella, Juliet. La conocida como «Saga de Caleb» sería objeto de múltiples canciones en discos subsiguientes. El último fascículo fue «Dark Empath» (Clear Cold Beyond, 2024) y mi preferido es «Don’t Say a Word» (Reckoning Night, 2004). Pero todo comenzó con este buen mid-tempo, que nos cuenta desde el punto de vista del acosador cómo acecha a su víctima.

 

Vuelve la velocidad en «Black Sheep», acompañada de un furibundo shredding neoclásico, un estribillo muy pegadizo y espléndidos duelos entre guitarra y teclado. Por cosas como esta triunfó Sonata Arctica. «Land of the Free» no merece tanto elogio. Era una osadía titular una canción como la joya de Gamma Ray (Land of the Free, 1995), uno de los hitos de aquella explosión que había alumbrado a los fineses. El ego les jugó una mala pasada: power metal del montón, con unos coros facilones («hey!») pensados para el directo. Dicho en crudo: una canción de relleno.

 

Toda crítica de Sonata Arctica exige mencionar la labor de Kakko como letrista, especialmente en aquellos primeros años. Para bien, porque tenía algunas ideas muy originales, como ya hemos visto. Para mal, porque su inglés macarrónico ha sido objeto de mofa desde entonces. A mí me parece entrañable imaginar a aquel joven, con un inglés precario y un «Diccionario EnglishSuomi» de la época, intentando que le cuadraran las rimas. «Last Drop Falls» es, no me cabe duda, su peor letra. Y eso es mucho decir.

 

Kakko nos habla de un sujeto afligido porque una chica está enamorada de otro. Como diría El Fary: «de otro que no soy yo» («Paloma que pierde el vuelo», Amante de la noche, 1982). Este drama adolescente se concreta en una balada melosa de letra indescriptible, que imposibilita tomársela en serio. Mis extractos favoritos: «walking in the cool night air without underwear» y «now that I have found the whore in you, why can’t I tell you no?».

 

Lo que ya no me hace tanta gracia es «San Sebastian (Revisited)». No por la letra, dedicada a la ciudad de Donostia, sino porque empeora la original. «San Sebastian» es el punto álgido del EP Successor (2000) y una de las mejores canciones del grupo, pura velocidad desbocada. Nos encontramos en esta segunda visita con un exceso de arreglos y un teclado invasivo sumamente irritantes. Una versión inferior de una canción enorme.

 

«Sing in Silence» es otro mid-tempo, empequeñecido por «The End of This Chapter», y «Revontulet» es una corta y entretenida instrumental que confirma que Sonata Actica estaba muy atento a lo que sus paisanos de Nightwish hacían por esas fechas. Y así llegamos a los dos temas más recordados de cada uno de los dos aspectos de Silence.

 

En el apartado de la quietud, «Tallulah» es la balada más exitosa, no ya de Silence, sino del grupo. Nos habla de la exnovia del protagonista, Tallulah, que ahora está saliendo con «el melenudo baterista de la banda» (no me consta que tal tragedia se inspire en la biografía de Kakko y Portimo). Musicalmente, es muy edulcorada para mi gusto, e inferior a la gran balada de Ecliptica («Letter to Dana»). Pero es perfectamente entendible que los no diabéticos le tengan aprecio, porque es una bonita canción, digna de un baile de fin de curso, con una fuerte presencia del piano.

 

La que sigue a la anterior es una cima compositiva de Sonata Arctica. El que fuera primer single, «Wolf & Raven», como sugiere su título, es una animalada. El velocísimo riff inicial, el growl del amo que no libera a su siervo, los agudos, el interludio power/prog y el estribillo épico y pegadizo. Es una de esas canciones capaces de sostener ella sola un disco y elevarlo a otro nivel. Magnífica.

 

Después de eso, Silence sólo podía empeorar. La edición japonesa incluía un tema agradable, «Respect the Wilderness». De temática ecologista y algún toque folk, aportaba variedad al disco, pero en Europa no deberíamos lamentar demasiado su ausencia. En nuestra edición, pasábamos directamente de «Wolf & Raven» a «The Power of One». Conforme al mentado manual del europower, el álbum tenía que terminar de forma grandilocuente con un tema extenso, a poder ser con narrador. La jugada les había salido bien a los finlandeses en Ecliptica con «Destruction Preventer», eso no se puede discutir. Con «The Power of One» quisieron doblar la apuesta. Rebasando los diez minutos, es la canción más larga de la carrera de Sonata Arctica.

 

Comienza «The Power of One» con unos arpegios que oscilan entre la versión de «Sweet Dreams» de Marilyn Manson (Smells Like Children, 1995) y «Send Me an Angel» de Scorpions (Crazy World, 1990). Siguen una parte lenta algo tediosa y unos teclados que evocan Tubular Bells (Mike Oldfield, 1973). Es simpático el detalle final, tras un largo periodo de silencio, del narrador lamentándose: «I fucking touched the mic, hold on». Reducida a menos de la mitad de su extensión, la canción funcionaría mejor.

 

Veredicto

Silence es peor disco que Ecliptica, pero demostró que el debut no había sido flor de un día. En su siguiente álbum, el aclamado por la crítica Winterheart’s Guild (2003), grabó los teclados el virtuoso Jens Johansson, pieza clave de Stratovarius. Para entonces, el power metal finlandés ya era sinónimo de Sonata Arctica. Lo hicieron posible las luces de Silence, tan deslumbrantes que dispersaron sus innegables sombras.

 

El reinado de Sonata Arctica fue breve. En parte, porque llegó tarde a la fiesta: el mercado ya estaba saturado de grupos insulsos que mataron a la gallina de los huevos de oro que había sido el europower. Pero, sobre todo, porque su música experimentó una involución, exacerbada tras la marcha de Liimatainen. Durante muchos años, lo que Tony Kakko nos ofreció se parecía más a una versión madura de Tricky Beans (su grupo de hard rock precursor de Sonata Arctica) que a la sonata que nos embelesó durante el cambio de milenio. Un sonido que, a pesar de algún intento reciente, seguramente ya no volverá. Y una vez que Stratovarius se levantó, especialmente a partir de Nemesis (2013), los lapones perdieron cualquier opción de reclamar ese trono.

 

Guardemos un minuto de silencio por aquel Sonata Arctica de 2001. Yo lo dedicaré a recordar cómo acudí al Madrid Rock, hace veinticinco años, para comprar el CD de Silence. Un dinero bien invertido, aunque sólo fuera para escuchar cómo un lobo devoraba a un cuervo.

 


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