Katla y 1914 transforman Barcelona en un frente abierto

1914 + Katla

 Sala Upload 21 Abril 2026 (Barcelona)

Crónica y Fotos: Markceröck

Todavía siento el zumbido del bajo de Theis Stenberg Thorgersen vibrando en mi pecho. Anoche, tras el paso de Katla Barcelona, quedó claro que los daneses no han venido a ser unos teloneros más de 1914: han venido a arrastrarnos a su propia ciénaga de sludge y doom. Entrar en la sala fue como cruzar el umbral hacia esa melancolía densa que ilustra la portada de Scandinavian Pain; bajo las luces tenues, casi podía intuir la sombra del «perro negro» de Samuel Johnson merodeando entre los amplificadores. Todo estaba cargado, espeso, sostenido por una masa sonora que remitía a la producción de Lasse Ballade en estudio, pero que en directo adquiría una dimensión mucho más física, más cruda, más emocionalmente violenta. Rasmus Bang, tras los parches, no solo marcaba el pulso de aquella procesión fúnebre, sino que lo desgarraba con una voz que cortaba el aire, llena de una desesperación tangible, mientras los riffs de Marc Lennart Christensen se expandían, envolventes, por momentos casi espaciales, como si la sala misma respirara con ellos.

 

 

El descenso comenzó con «Dead Lover», y desde el primer compás entendí que no habría concesiones: su estructura minimalista y esos riffs repetitivos se transformaron en un mantra hipnótico que me atrapó sin escapatoria, una tensión constante entre el amor y la muerte que pesaba más con cada repetición. «Grim Jesus» elevó la intensidad sin romper ese trance, añadiendo una capa de rabia dirigida contra las estructuras de poder y la manipulación religiosa; no era solo un mensaje, era una descarga, algo que se sentía en el cuerpo. Cuando llegó «Dragonlord», Rasmus rompió brevemente la densidad con una aclaración cargada de ironía, desvinculando el tema de cualquier referencia superficial para devolverlo a su núcleo: pura potencia, sin distracciones. Pero cualquier atisbo de ligereza se evaporó con «Satan», un cierre de set principal que dejó la sala suspendida en una oscuridad casi hermosa, una belleza angustiante que recordaba a los pasajes más introspectivos de su obra.

 

 

El encore no fue un respiro, sino el golpe final: «Taurus» cayó sobre nosotros con una pesadez inevitable. El bajo de Theis, aquí, no se limita a sonar; aplasta, arrastra, somete. Y entonces ocurre algo que termina de elevar el momento: Vitalis Winkelhock, guitarrista de 1914, sube al escenario y se une a la banda. Su presencia no es anecdótica; es transformadora. La ya de por sí masiva base rítmica del tema se ve reforzada por una segunda guitarra que añade una capa extra de suciedad y densidad, convirtiendo el final en una auténtica pared de sonido que parece empujar el aire fuera de la sala. La sinergia es total: el sludge/doom de Katla se entrelaza con la oscuridad bélica que Vitalis domina en su banda principal, dando forma a un cierre que no solo es pesado, sino conceptual, casi simbólico dentro de esta gira compartida. Siento cómo el sonido me atraviesa, cómo me obliga a rendirme, a aceptar el peso sin resistencia, como si ese “animal” que da nombre al tema avanzara directamente sobre nosotros.

 

 

Cuando todo termina, salgo a la calle con el eco de «Don’t Let The Fuckers Get You Down» resonando todavía en mi cabeza, como un mantra deformado por la distorsión. Entiendo entonces que lo que acabo de presenciar no es simplemente el directo de una banda emergente, sino la confirmación de algo más sólido: Katla ya no son debutantes, sino una realidad plenamente formada dentro del metal europeo. Lo suyo no es solo ruido ni estética; es una exploración honesta de la depresión, la culpa y el peso de existir, traducida a un lenguaje de amplificadores saturados y ritmos que parecen arrastrarse desde lo más profundo.

 

Seguimos inmersos en las luces tenues y el olor a humedad de la Sala Upload, en el Poble Espanyol, siento cómo el aire se vuelve denso antes de que todo empiece. No hay música de espera, no hay distracción posible: solo el eco de gramófonos rotos y disparos lejanos que parecen filtrarse desde otro siglo en la pantalla de video. No estoy en un concierto; estoy a punto de entrar en una trinchera. Es una parada más de la gira The War That Never Ends Tour, pero aquí, en este espacio cerrado, se siente como algo mucho más cercano, más físico, más inevitable.

 

 

Ditmar Kumarberg, imponente, con su barba espesa y la mirada perdida en algún punto entre la historia y la locura; a su lado, Liam Fessen y Vitalis Winkelhock empuñando las guitarras como armas; Armin von Heinessen sosteniendo el pulso desde el bajo; y Rostyslav Potoplyak, tras los parches, envuelto en una iluminación estroboscópica que no ilumina, sino que bombardea. No toman el escenario: lo asaltan, como un batallón que emerge de una fosa común.

 

«War In» abre la noche como una puerta al abismo. Es una introducción cinematográfica que me hiela la sangre mientras los veo posicionarse entre sombras. Y sin aviso, el impacto de «FN .380 ACP#19074» me golpea el pecho como una detonación real. La velocidad es inhumana, casi violenta; no es música, es el disparo que mató al siglo XIX. Ditmar escupe cada palabra con una intensidad desquiciada, y el doble bombo de Rostyslav no marca el ritmo: ametralla, implacable, como una Vickers en pleno fuego de cobertura.

 

 

La transición hacia «Vimy Ridge» no me da respiro; al contrario, eleva todo a una épica devastadora. Las guitarras levantan un muro melódico y sucio que parece sostenerse por pura voluntad, un homenaje que no idealiza, sino que pesa. La sala, con su techo bajo, retiene cada frecuencia como si fuera presión acumulada en el frente. Ditmar da un paso al frente. No hay pose, no hay teatralidad gratuita. Solo una voz grave, cansada, que atraviesa el ruido que aún resuena en mis oídos:

 

«No estamos aquí para celebrar la guerra. No hay gloria en morir en el lodo por el ego de un emperador o un zar. Cada canción que escucháis es una lápida. Mirad a vuestro alrededor… En 1914, jóvenes como vosotros fueron despedazados por metal caliente en una zanja que ni siquiera sabían pronunciar. Esto es por ellos». No hay aplausos inmediatos. Solo silencio.

 

 

A mitad del set, «1918 Pt. 1: WIA» cambia el pulso de mi propio cuerpo. El ritmo se desploma y el bajo de Armin retumba como si emergiera desde el subsuelo. Siento el peso, la herida, la lentitud del que ya no huye. Es doom en su forma más pura: no hay épica aquí, solo agonía. Pero la tregua dura lo justo para recordarme que esto no ha terminado. «1916 (The Südtirol Offensive)» y «1917 (The Isonzo Front)» me arrastran de nuevo, esta vez a las alturas heladas, en una espiral de riffs y voces que no gritan: suplican, resisten, se rompen.

 

Passchenhell, aquí el aire desaparece. Literalmente. La densidad sonora es tal que tengo la sensación de que respirar es un esfuerzo consciente. Ditmar se acerca al borde del escenario y nos señala, uno por uno, como si estuviera leyendo nombres en una lista de bajas.

 

 

«Mucha gente nos pregunta por qué seguimos cantando sobre una guerra de hace cien años mientras nuestra gente muere hoy. La respuesta es simple: porque el hombre nunca aprende. Las trincheras de 1916 en el Somme son las mismas trincheras donde hoy mis amigos están enterrados. La historia no es un libro; es un ciclo de sangre que no hemos sabido romper». La sala queda en un silencio sepulcral.

 

Cuando «War Out» cierra el bloque oficial, no siento alivio: solo un zumbido persistente, como el silencio después de una explosión.

 

 

Pero no hemos terminado, «A7V Mephisto» llega como una ejecución. El riff avanza lento, aplastante, con la inevitabilidad de una máquina de guerra. No hay espacio para nada más: es masa, es peso, es final. La banda no concede bises ni gestos de complicidad. Cuando termina, el sonido del gramófono regresa, como si todo se plegara sobre sí mismo.

 

Y entonces, antes de desaparecer, Ditmar pronuncia sus últimas palabras: «Cuando salgáis de aquí, mirad el cielo. Disfrutad del aire que no huele a cloro ni a carne quemada. Recordad a los que se quedaron en la tierra para que vosotros podáis estar hoy bebiendo y escuchando metal. No los olvidéis. Nunca» .Después, se van sin despedidas,sin concesiones.

 

 

Porque esto no ha sido un concierto. Ha sido una inmersión total, una hora robada a la comodidad para obligarnos a recordar. Una ejecución precisa, militar, donde el black/death no ha sido solo música, sino memoria viva.

 

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