Midsommar
Directora: Ari Aster
Año: 2019
Productora: A24
Midsommar, dirigida por Ari Aster, se ha consolidado como una de las propuestas más sólidas del terror psicológico contemporáneo. A pesar de haberse estrenado en 2019, su impacto sigue vigente, y pocas películas recientes han logrado disputarle ese lugar privilegiado dentro del género. Parte de su fuerza reside en cómo ha sabido envejecer: no esperéis sustos fáciles o escenas explícitas, sino más bien de una construcción atmosférica y emocional que permanece.
Desde el inicio, la película nos sitúa en el contexto de una relación de pareja profundamente deteriorada. Dani y Christian, interpretados por Florence Pugh y Jack Reynor, atraviesan una crisis marcada por la dependencia emocional, la falta de comunicación y el desgaste. Este punto de partida se ve agravado por una tragedia familiar que golpea a Dani de manera devastadora, estableciendo un tono inquietante desde los primeros minutos pues no terminamos de entender en qué circunstancias mueren sus padres.
La narrativa no sigue una estructura convencional, y eso juega a su favor. Tras este prólogo emocional, el grupo de amigos decide viajar a una remota comunidad en Suecia para asistir a un festival de verano que solo ocurre cada cierto número de años. Este lugar, aparentemente idílico y bañado por la luz constante del solsticio, pronto se revela una cara mucho más inquietante. Lo que comienza como una experiencia cultural se transforma gradualmente en algo mucho más oscuro.
Uno de los grandes aciertos de la película es su uso del llamado “terror diurno”. A diferencia del terror clásico, que se apoya en la oscuridad, aquí casi todo ocurre a plena luz del día. Esta decisión no es estética por casualidad, sino una herramienta narrativa clave: la claridad visual contrasta con la creciente incomodidad del espectador.
A medida que avanza la historia, las situaciones extrañas y perturbadoras dejan de parecer incidentes aislados para revelar una lógica interna perfectamente orquestada. La comunidad no actúa al azar; cada ritual, cada gesto, responde a un sistema cerrado de creencias. Es entonces cuando comprendemos que los protagonistas no están allí por casualidad, y que su presencia forma parte de algo mucho más grande y siniestro.
Dani se va conviertiendo poco a poco, de manera sutiil pero ascendente en el verdadero eje de la historia. Su evolución emocional, en paralelo al desarrollo de los acontecimientos, es clave para entender el sentido profundo de la película. Más que una simple víctima, su papel dentro de la comunidad adquiere una dimensión simbólica que invita a múltiples interpretaciones y que la eleva hasta convertirse en la figura más importante dentro de esta. No me gustaría desgranarla, pero verdaderamente entenderéis el por qué a medida que van desapareciendo los demás.
Midsommar es una obra que apuesta por la incomodidad sostenida más que por el impacto inmediato. Cada escena está cuidadosamente construida, y su terror no reside tanto en lo que muestra, sino en lo que sugiere. La sensación constante de que algo no encaja, de que hay una lógica oculta detrás de cada acción, convierte la experiencia en algo profundamente inquietante. Es, sin duda, una película que merece ser vista y reflexionada con detenimiento.
Nanotecnóloga y química de formación y amante de la música como pasión. Me gusta la música en todas sus vertientes. Empecé tocando el violín y de la música clásica pasé al rock y al metal (mis primeras bandas fueron AC/DC y Mägo de Oz, por supuesto). No tengo muchas bandas predilectas, aunque Rulo siempre encabeza el podio. Helloween, Volbeat o Greta Van Fleet le siguen de cerca. Mis gustos han cambiado a lo largo de los años pero siempre abierta de mente, así que le doy al hard rock, al power, al death metal (melódico) y a todo lo que me haga descubrir cosas nuevas o me sepa impresionar.
