Cuando ellos se van
Julia Navarro
Plaza & Janés
Hace unos días me topaba con la portada de este libro de Julia Navarro. Y es cierto que, aunque no he leído a la autora, la reconozco como una de las grandes plumas de nuestra literatura contemporánea, así que no dudé en ponerme manos a la obra con este nuevo libro.
Aunque primero os voy a poner un poco en contexto, seré breve. Mi experiencia con los perros (positiva al menos) es de hace bastante poco tiempo (2021 para ser exactos). Sí que es cierto que algún amigo ha tenido un can al que he podido conocer y apreciar, pero por norma general sentía bastante terror por ellos, ya que siendo yo bien pequeña mi madre sufrió un ataque que la dejó coja una temporada. Así que sí, yo era esa persona que veía un perro venir de frente y cambiaba de acera con absoluto terror.
Entre 2020 y 2021 las cosas cambiaron. Conocí a Kenia (bueno más bien a su dueño, que a día de hoy es mi pareja) y la vida me dió un vuelco, me sacudió y me hizo ver y vivir el mejor lado de los perros. A finales de 2021 empecé a convivir con ellos y «malcrié» a Kenia todo lo que pude. Ella duerme con nosotros, tiene regalos de navidad y cumpleaños, y claro está, aprovecho cada instante para cogerla y hacerle mimos, aunque ella tenga personalidad de «gato» y nunca haya sido de que la toquiteen.

A finales de 2022 cambiamos de casa, esta vez sí, nuestra, y llegó Lolita, una mezcla de pastor aleman y belga, que nos tiene el corazón completamente robado. La rescatamos con 9 años, cuando su familia, después de toda una vida, decidió que ya no podía hacerse más cargo de ella. Creo que es la perra más buena y cariñosa que voy a conocer en la vida, y lo digo completamente convencida de ello.
Así que, como veís, ahora mi vida, al igual que mis redes sociales y fondos de pantalla, están llenas de canes. Por eso me llamó la atención este en concreto. Y al igual que Julia, escribo este texto con ellas a mi lado y bajo mi escritorio, pendientes de cada cosa que pueda decir suya.

Un homenaje, una despedida
Hay libros que se leen con los ojos y otros que se leen con el pecho. Cuando ellos se van, de Julia Navarro, pertenece sin duda a este segundo grupo. No es una novela, si es lo que algunos creen, y tampoco pretende serlo: es una especie de ensayo personal, una despedida, un abrazo largo y un “gracias por todo” dicho con palabras cuando ya no queda nadie moviendo la cola al otro lado de la puerta.
Como amante de los perros, leer este libro es entrar en un territorio conocido y, a la vez, temido. Ese lugar donde la alegría cotidiana —los paseos, las miradas cómplices, el silencio compartido— convive con la certeza de que ellos viven menos y nos enseñan más. Julia Navarro escribe desde esa herida abierta que deja la pérdida de Argos, su pastor alemán, pero lo hace sin caer en el dramatismo fácil. Aquí no hay lágrimas forzadas: hay memoria, gratitud y una ternura que desarma.
El libro avanza recorriendo la presencia de la figura del perro en la literatura, el arte, el cine y la historia. Desde Argos —el de Homero, el que reconoce a Ulises cuando nadie más lo hace— hasta los compañeros anónimos que han acompañado a millones de personas a lo largo de los siglos. Y es imposible no pensar en el propio Argos de cada lector: el que dormía a los pies de la cama, el que sabía cuándo estabas triste sin necesidad de palabras, el que te enseñó que la lealtad no se explica, se demuestra.
Hay algo profundamente honesto en la forma en que Navarro habla del duelo. Porque cuando un perro se va, no se va “solo un perro”. Se va una rutina, una presencia constante, un testigo silencioso de tu vida. Y eso, quienes hemos querido a uno, lo sabemos demasiado bien. Este libro no intenta aliviar el dolor —no hay truco literario para eso—, pero sí lo acompaña. Y a veces, eso es lo único que se necesita.
Cuando ellos se van es un homenaje, sí, pero también un recordatorio: amar a un perro es aceptar el precio de despedirse antes de tiempo. Aun así, nadie que haya vivido esa experiencia cambiaría el trato. Porque como escribe Navarro, ellos lo dan todo a cambio de nada. Y ese “nada” es, en realidad, todo.
Pdt: No quería cerrar este texto sin hacer mención a un canción que Txus de Mägo de Oz le dedicó a uno de sus perros fallecidos en el disco Ira Dei y que en ese momento no supe de entender, pero que a día de hoy no puedo escuchar sin que el pecho se me encoja y los ojos se me llenen de lágrimas. Lo siento Txus por no haberte entendido antes, pero que bonito es hacerlo ahora.
Mi nombre es Irene, y todo el mundo me conoce por mi apellido Kilmister adquirido por el que ha sido y será mi mayor ídolo en esta vida. Lo cierto es que yo empecé en esto de la fotografía sin pensarlo mucho. Era la típica amiga de la cámara, pero de que me quise dar cuenta me propusieron entrar a colaborar en un medio profesional en 2017 y desde ahí he pasado de ser esa amiga de la cámara a evolucionar y coinvertirme en lo que conocéis ahora.
Apasionada de la música en todos sus géneros y amante de la lectura y los conciertos, aunque mi verdadera profesión no tenga nada que ver con todo esto.
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