In Flames – The Jester Race: 30 años del inicio de algo enorme

The Jester Race

20 de febrero de 1996

Nuclear Blast

Con In Flames y Children of Bodom nos topamos en ese momento que muchos y muchas heavies que detestaban las voces guturales descubren que hay dos bandas que musicalmente les encantan a pesar de “ello”. Y fue este disco, y posteriormente Whoracle cuando estos suecos dan la campanada y llevan “lo extremo” hacia públicos mayoritarios. Después de Lunar Strain, In Flames se presentan con nuevo vocalista: Anders Fridén y un batería nuevo: Björn Gelotte. Frederik Nordström hace magia en la producción y añade teclados a un material absolutamente espectacular e icónico. Era su primer disco con Nuclear Blast que como sello discográfico empezaba a despuntar y el sonido Gotemburgo se define con la aportación de discos de bandas de la misma ciudad como Dark Tranquillity y At the Gates. También aparecía por primera vez la mascota y símbolo del grupo en la preciosa portada de Andreas Marschall: el Jester Head.

El disco

Descubrí a In Flames con esta canción: «Moonshield» así que no voy a poder ser objetivo con ella. Me parece una absoluta maravilla con ese contrapunto excepcional de acústicas con voces guturales, pocas veces visto antes. Luego irrumpen las excelentes melodías de lo que empezaremos a llamar como sonido Gotemburgo, en el que las melodías y las armonías todo lo toman. Himno absoluto con un Anders Fridén que rasga más que guturalea. Y “The Jester’s Dance” sigue esas premisas consiguiendo otro punto muy álgido y accesible. Es el bajo de John Larsson y los punteados de las guitarras de Jesper Strömblad y Glenn Ljungström los que nos llevan a un mundo nuevo.

 

En “Artifacts of the Black Rain” ya hay más velocidad y el doble bombo de Björn Gelotte. La voz agónica de Fridén hace pregunta y las melódicas guitarras de esa dupla le responde a la línea vocal con una clase absoluta. Imposible no rendirte a una pieza que vuelve a ser muy original en esos tiempos y en la que las melodías dominan ofreciendo algo que “nos parecía nuevo”. Pero cuidado, que el solo es absolutamente de la escuela Helloween, algo que te descoloca, pero te encanta. “Graveland” hace un amago a la caverna, para luego sonar actual, y en sus menos de dos minutos despliega las alas a base de guitarrazos y contratiempos muy marcados.

 

“Lord Hypnos” va con unas guitarras dobladas que pueden recordarte a Thin Lizzy si no fuer porque estamos de lleno en un death metal directo y certero. Pero en temas como este está claro que In Flames sabía perfectamente a lo que jugaba y que querían tender un punto entre lo clásico y su propuesta. Aquí ya juegan con parones y silencios, cosa que explotarían en su posterior obra. Puedes ver trazas de Iron Maiden, pero es Lizzy con lo que juegan, y lo hacen a las mil maravillas. Y en este disco los finales abruptos están a la orden del día. “Dead Eternity” es de lo que más se parece a lo que harán en su posterior álbum. Es otra maravilla tapada de un disco bastante repudiado, cosa que es difícil de entender.

 

“The Jester Race” da título al disco y vuelve a tener esas acústicas presentes, pero es todo un medio tiempo contundente, que a pesar de ser cantada en gutural hay un evidente poso melódico. El sonido Gotemburgo se va definiendo y las guitarras de Jesper Strömblad y Glenn Ljungström, sin ser nada del otro jueves, juegan con armonías y van dobladas a la vez que riffean duro. Realmente la producción es perfecta y el sonido de la batería de Björn Gelotte es excelso. Y atención a los solos encadenados, que son puro heavy metal. “December Flower” va a degüello, pero en ella, la sombra de Maiden es muy alargada a pesar de los guturales de Fridén. Es una de esas composiciones en las que lo instrumental pasa por delante de lo que es la canción en si y el grupo marca mucho su calidad y exhibe posibilidades e influencias.

 

“Wayfaerer” es una pieza instrumental en la que estamos más cerca del heavy metal que del death melódico y en la que se van puliendo cosas para definir un estilo. Hay cambios, es intrincada, pero tampoco busca una complejidad manifiesta. Curiosamente hay un solo de teclado de Frederik Nordström y casi que podemos hablar de sonidos optimistas en el tramo medio de la misma. Y hay momentos en los que el grupo parece homenajear el “Black Rose” de Thin Lizzy. “Dead God in Me” cuenta con voces agónicas y algún parón. No es precisamente lo mejor del disco, pero sí que enseña los dientes y apuntala sonido y estilo.

Veredicto

El ciclo glorioso de In Flames se inicia con The Jester Race y para sus antiguos fans termina en el Reroute to Remain. Todo lo que vino después ya cuesta más de digerir y es otra cosa, muy buena, pero no al nivel de lo que ofrecieron hasta ese punto. Aquí entra Fridén, se crea el logo del grupo y ya para el próximo disco cambiarán incluso las letras del nombre. Es un disco especialmente metálico y con muchos puentes tendidos hacia lo clásico por mucho de que se adivinen nuevas influencias y que tenían algo propio que podía ser muy grande. Escuchar otra vez el “The Jester Race” es una maravilla y me gusta verlo como el principio de algo que estaba por venir. Y sí… me costaría afirmar que es posiblemente su mejor obra.

 

 


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