Continuamos con la segunda entrega (de tres) de la entrevista que nos concedió el líder de DELALMA el pasado 6 de marzo de 2026. Tras exponernos la construcción narrativa del disco, nos habla ahora Manuel Seoane de su proceso de composición y de la elección y desempeño de los cantantes que han alumbrado esta “ópera rock”.
Esta es una pregunta que seguramente ya te habrán hecho muchas veces, aunque voy a darle un pequeño giro. En esta época dominada por el streaming y los singles, ¿nadie intentó disuadirte? No hablo solo de la discográfica: quizá alguien que te dijera “oye, quizá en 2026 no es la mejor idea sacar algo así”.
Tengo que decir que, gracias a Dios, Maldito Records fue el primer aliento que tuve. Creo que fueron los primeros en animarme a sacar el disco. Después de mi familia, claro, que tras todo el tema de la ruptura me vieron muy bajo de ánimo. Pero, dejando a un lado a la familia, creo que Javier y Emilio fueron claves. Tuvimos una reunión y aquello fue un antes y un después. Fue como decir: “venga, voy a por ello”.
Sobre lo que comentas, sinceramente creo que el público que escucha rock o heavy —o como queramos llamarlo— es bastante más inteligente que todo eso. Es verdad que un disco tan denso genera muchas preguntas, pero siento que el público del rock es exigente y no se conforma con cualquier cosa. Si la industria musical está mutando hacia el consumo rápido, no me parece ni bien ni mal. Seguramente haya un público para eso y está bien. Pero creo que eso pertenece más a otros estilos musicales, si me apuras, más pasajeros. No creo que eso afecte demasiado a nuestro público. El público de DELALMA, de hecho, siempre va a demandar algo denso, estructurado. No creo que entendiera canciones de tres minutos.
De hecho, yo tampoco sé hacer canciones de tres minutos. A la vista está… A veces digo: “venga, voy a intentarlo”, pero enseguida se me va de las manos.
Es curioso porque lo veo incluso en mis propios hijos. Ponen YouTube y ya ni siquiera les vale un vídeo de tres minutos: ahora son los shorts. Y después vendrán los mini-shorts, y al final les valdrá con tres segundos de información antes de pasar a otros tres segundos distintos. Pero así te estás perdiendo muchas cosas, el tiempo de saborear lo que tienes delante. Es como el que abre el gaznate y a comer: te estás perdiendo un montón de sabores. Un poco así, lamentablemente, es como siento que avanza la sociedad.
Pero bueno, en el caso de DELALMA creo que nuestro público entiende y demanda una obra como esta.
Hay algo que ha dicho Tobias Sammet, de Avantasia, cuando le preguntan por su proceso de composición, y es que él primero “ficha” a los cantantes para el siguiente trabajo y, una vez los tiene, compone canciones pensando en cada uno de ellos: una para este, otra para aquel. Teniendo en cuenta cómo fue el proceso de composición de este disco, intuyo que en tu caso no pudo ser así. ¿Una vez que ya tenías todo compuesto, tuviste que buscar qué voces podían encajar mejor en cada parte?
Todo completamente al revés que Tobias…
¿Y cómo fue ese proceso?
Realmente prefiero que sucediese así. Primero necesito tener la obra construida. Al final estoy inventando todo un universo con sus personajes, así que antes de nada tengo que estructurarlo todo.
De hecho, para poder verme a mí mismo dentro de toda esa vorágine creativa, llegué a confeccionar un dossier de unas treinta y seis o treinta y ocho páginas. Y no incluía ni siquiera las letras: sólo el contexto. Explicaba el marco histórico, el geográfico, de dónde veníamos, qué había pasado en el disco anterior, qué contaba ese disco, hacia dónde iba la historia ahora… Todo eso me llevó semanas.
En ese mismo dossier también aparecían todos los personajes: sus rasgos físicos, su personalidad, cómo debía ser su voz… Si, por ejemplo, quiero presentar a Edgar, que es el posadero de la muerte, el que da la bienvenida a los muertos, pues no me encaja una voz angelical.
Así que, a partir de ahí, es cuando empiezo a pensar qué voz puede encajar con cada personaje.
¿Solo por el timbre o también por la personalidad? ¿Ronnie Romero (Lázaro) y José Andrëa (El Mirlo) no tienen nada que ver en lo personal con sus personajes?
¡Sólo el timbre! También sucede que son voces, menos en el caso de Fran Rivas, que tengo muy interiorizadas de escucharlas desde hace muchísimos años. Entonces, cuando oigo las maquetas —que primero grabo siempre yo con mi propia voz— puedo imaginarme cómo sonarían ellos ahí.
Eso me permite ver si realmente encajan, si los estoy llevando a un registro que no han tocado nunca… Algo que, de hecho, pasa en este disco con varios cantantes.
Pero si tuviera que hacer este disco desde el principio, lo volvería a hacer exactamente así. Primero la obra y luego las voces. Entre otras cosas porque me resulta mucho más divertido. Y además estoy trabajando con cantantes que son top, gente con una trayectoria enorme, que se han metido de lleno en el personaje que les tocaba interpretar.
Han sabido amoldarse a registros que quizá nunca habían explorado. Y eso me parece brutal. Si te paras a pensarlo, José Andrëa, Ronnie Romero, Patricia Tapia… Ninguno de ellos tiene ya nada que demostrarle a nadie. Todos llevan, como mínimo, treinta años de carrera. Y aun así se han metido en el barro, han querido experimentar y probar cosas nuevas.
Por ejemplo, la estrofa de “Néboa”…
José Andrëa no parece ni él.
¡Claro! A José no lo has escuchado nunca en ese registro. Pero lo mejor es que fue él mismo quien insistió: “vamos a hacerlo así, que esto va a molar”. Es una locura, en el buen sentido. Es genial.
¿Hay alguno en particular que, sin desmerecer al resto, te haya sorprendido especialmente por su implicación o por el resultado final?
Sinceramente, creo que todos han aportado muchísimo. Y no lo digo por querer quedar bien con todos. Todos me han dado ideas, feedback… Cosas que ni siquiera tenían por qué hacer.
El otro día, por ejemplo, hablando con Ronnie, ya estaba pensando en ideas para el directo: “esta entrada podríamos hacerla así”, “aquí podríamos cambiar esto…”. José también me estaba comentando ideas para los vídeos o para los shows, incluso sobre el tipo de vestuario. Cosas como: “esta estrofa la voy a rematar aquí porque creo que así funciona mejor…”.
Todos han querido aportar. Y a mí eso me encanta. Yo no voy a decirle a ninguno de ellos cómo tiene que cantar. Igual que no voy a decirle a Dave cómo tiene que tocar la batería, ni a ningún otro músico cómo tiene que hacer su parte. Yo les doy las maquetas como referencia, porque al final hay una composición, unas melodías, una estructura. Pero, a partir de ahí, les digo: “esto es vuestro terreno”.
La idea era precisamente esa: que cada uno hiciera lo suyo. Por ejemplo, Carlos Escobedo me decía con la canción “Uno a uno”: “esto es muy heavy para mí”. En el sentido de que quizá se alejaba bastante del sonido más Sôber. Y yo le decía: “Carlos, precisamente eso es lo interesante. Quien quiera escuchar Sôber tiene Sôber para rato. Pero esto es otra cosa”.
Hay más casos llamativos. El de Vito Íñiguez, por ejemplo. Musicalmente, Sínkope y DELALMA están bastante lejos, y al principio hubo quien decía: “¿Vito en DELALMA? Vamos, no me jodas”. Pero al final esa sorpresa ha sido precisamente lo que ha hecho que a mucha gente le encaje. Recuerdo el día que estuvimos grabando con él. Me decía: “¿Esto está bien de verdad? Te lo pregunto en serio”. Y yo le decía: “Claro que sí, tío, está perfecto. Es Vito puro y duro”. Cuando canta “agua”, eso es Vito. No hay más.
Pero lo bonito es que todos ellos se han preocupado de que su papel estuviera a la altura del personaje y de la obra. Y eso, sinceramente, me hace sentir muy afortunado. Que te descuelguen el teléfono, que acepten participar y que además aporten su ayuda, su experiencia y su sabiduría… Para mí es algo enorme.
Yo soy una persona que siempre se siente en deuda cuando alguien deposita su confianza en mí. Así que, a partir de ese momento, mi mayor preocupación con cada uno de ellos era responder con un trabajo del que pudieran sentirse orgullosos, algo que estuviera a su altura. Hice lo mejor que pude, a ellos les gustó y ahí queda un trabajo bonito para la posteridad.
Desde luego, por parte de todos es innegable el nivel de profesionalidad. Mucha gente me decía: “habrá sido una locura gestionar a tanta gente”. Y para nada. Fue sencillísimo, precisamente porque son profesionales de verdad. Nadie está treinta años en la música por casualidad.
Claro, eso es evidente.
Es así. Cuando llegas a estas situaciones, lo entiendes perfectamente.
Fíjate qué dos canciones has citado: “Néboa” y “Ausencia de luz” (indirectamente, porque es donde Vito dice “agua”). El espectro de géneros que abarca Santa Compaña es muy amplio. En “Néboa”, por ejemplo, hay ciertos ecos que recuerdan a Marilyn Manson, mientras que “Ausencia de luz” te transporta hacia ese rock urbano noventero.
Sí, sí.
¿Crees que hay influencias en este disco que, por la razón que sea, no estaban —o no pudieron estar— en el anterior? ¿Has intentado abarcar más terreno aquí que en el debut?
He intentado hacer cosas que no aparecieran en el disco anterior. Aquel ya tenía doce canciones muy distintas entre sí, y aún así conseguimos algo que muchas bandas no logran ni en toda su carrera: tener un sonido propio. Y la verdad es que nunca supimos muy bien cómo ocurrió. Ahora se ha mantenido ese sonido y tampoco sabría explicar exactamente por qué. Imagino que tiene que ver con intentar ser lo más genuino posible a la hora de componer, igual que en el disco anterior.
Pero sí, a nivel musical hay algunos elementos nuevos. Por ejemplo, “Néboa” la quise integrar porque quería una canción con un ritmo atresillado, algo que no había en el disco anterior. “La ira del Mirlo”, que canta José, tiene ese sonido más de menor armónica, frigia, más arabesco… Y eso tampoco estaba en el disco anterior.
Luego, evidentemente, también hay cosas que comparten estética con el álbum previo. “Cosas por decir”, por ejemplo, podría haber estado perfectamente en aquel disco.
Al final compongo lo que me sale. No soy una persona que recurra a lo académico cuando está componiendo. Podría hacerlo, pero seguramente me saldrían canciones mucho más aburridas. Los conocimientos académicos los uso más bien cuando me encuentro con situación armónica que no termino de entender: algo que no suena bien y quiero saber por qué. Entonces sí, ahí analizo lo que está pasando. Pero por lo general me dejo llevar, y la canción va saliendo sola.
¿A ti te molesta la etiqueta de “ópera rock”? Te lo pregunto porque es una etiqueta que ahora se le está empezando a aplicar a DELALMA, y que se utiliza para grupos como Avantasia o Legado de una Tragedia.
Bueno, la gente necesita poner etiquetas, y lo entiendo. La verdad es que no lo sé. Puedes decir que hay canciones que tiran más hacia el power metal, otras que van por otro lado… Al final, si llamarlo ópera rock sirve para que la gente se haga una idea general de lo que es DELALMA, me parece bien.
Yo mismo no sabría definir exactamente el estilo de DELALMA. Creo que es, simplemente, el estilo DELALMA. Es lo que te decía antes del sonido propio. Igual que cuando escuchas algo y dices “esto suena muy Sôber”, pues aquí pasa lo mismo: hay cosas que ya suenan muy DELALMA. Pero ponerle una etiqueta concreta… No sabría hacerlo.
Así que mientras a la gente que no conoce la banda le ayude a orientarse un poco, llamarlo ópera rock no me molesta en absoluto.

Doctor en Derecho, licenciado en Ciencias Políticas, novelista especializado en fantasía y bajista en excedencia. Apasionado del metal en todas sus formas, debuto como redactor musical en Stairway to Rock.
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