En un momento clave para la banda, Megara se detiene a mirar hacia dentro. Hablamos con Kenzy Loevett, su fundadora y voz, en una conversación íntima que va más allá de la promoción al uso. Año Cero no es solo un nuevo lanzamiento, sino un punto de inflexión marcado por la reconstrucción, la identidad y todo lo que vino después de su paso por Festival de Eurovisión.
Entre reflexiones personales y decisiones artísticas, Kenzy abre una puerta poco habitual: la de lo que ocurre cuando el ruido se apaga y toca empezar de nuevo.
Buenas tardes a todos, ¿qué tal? Saludamos una semana más. Aquí estamos, servidora Yolanda desde Canterbury e Irene desde Barcelona. Y dejadme presentaros a quien tenemos hoy: Kenzy, cantante y líder de Megara.
—(Y) ¿Qué tal, Kenzy? ¿Cómo estás?
—Hola, todo genial. ¿Qué tal vosotras?
—(Y) Nosotras muy bien. Esta entrevista es principalmente para hablar del nuevo disco, que salió hace ya dos meses, pero veo que también venís con novedades.
—Sí, sí, ¿dos meses ya?… ¡cómo pasa el tiempo!
—(Y) Claro, porque además venís de hacer un concierto muy chulo y grande en Madrid, y de presentar el disco en Barcelona. Entonces, primero de todo, ¿qué tal esa presentación en Madrid? Tuvimos al equipo allí cubriendo el concierto, pero cuéntanos tú.
—Pues muy bien, la verdad. Nos lo pasamos súper bien. Todo salió muy bien, teniendo en cuenta el caos que supone organizar algo así. Estamos contentos, y creo que la gente lo disfrutó mucho, que al final es el objetivo de todo esto. Para nosotros fue una noche muy especial, rodeados de gente que sigue a la banda, familia y amigos, lo que nos hizo sentir aún más especiales.
—(I) Teníamos muchas preguntas sobre el concierto, pero hay una que nos dejó alucinadas cuando los compañeros nos contaron el final en Madrid: aquel apagón y el envío de un SMS a cada asistente, donde la IA se comunicaba con ellos. Eso me voló la cabeza. ¿De dónde sale esta idea?
—Pues en realidad eso surgió de nuestras propias mentes. Siempre estamos pensando en nuevas cosas. Tiene la parte negativa de que nunca desconectas, pero la positiva es que siempre se pueden ocurrir novedades chulas. Queríamos añadir un extra a la experiencia del concierto, y aunque no pudimos hacerlo en Barcelona por tiempo, en Madrid sí.
Todo el concierto gira en torno a la historia de una IA, que ha ido desarrollándose de forma inesperada y termina interfiriendo. El objetivo de esta IA es demostrar que el humano es reemplazable, que debe existir un progreso donde el ser humano no forme parte.
—(Y) ¿Y la música cómo entra en todo esto?
—Pues a nivel narrativo, en un momento la IA “se le va la cabeza” y quisimos hacer la experiencia más inmersiva. La idea era que el público sintiera esa interacción y formara parte de la historia mientras escuchaba la música.
En ese momento estás en tu rollo, y no analizas exactamente lo que está pasando. Cuando llega un SMS, piensas: “¡Hostia, se han metido en mi teléfono! La IA está descontrolada”. No te da la cabeza para pensar que simplemente es un SMS; luego ya reflexionas y entiendes cómo funcionó.
Obligamos a pedir el teléfono al comprar la entrada, así que teníamos los datos de gran parte de los asistentes. Lo hicimos para añadir un efecto sorpresa, acompañado del apagón. Luego piensas: había cosas que era imposible apagar completamente, como algunas luces técnicas. No es tan fácil como decir “apaga esto”, requiere coordinación. Nuestro técnico tuvo todo el mérito de poder apagarlo a tiempo, y aunque algunas cosas no se pudieron, con nuestras expresiones de “¿qué ha pasado?” y la música cortada en algunos momentos, conseguimos crear esa sensación de caos controlado.
Fue un detalle más de las locuras que se nos ocurren.
Megara redefine su fucksia metal en Madrid sin reparar en gastos
—(Y) Yo tengo que decir que, Irene y yo coincidimos, ya hemos visto muchas cosas en escenarios y cuesta mucho sorprender, pero esto realmente nos dejó con la boca abierta. Enhorabuena por esa originalidad y esas ideas.
(I) Además, como dice Yolanda, ya se ven muchas cosas en los escenarios, pero vosotros desde el principio habéis tenido algo más aparte de la música que siempre sorprende. Ya sea en un festival o en una sala, siempre lleváis algo que destaca. Mantener eso en el tiempo, desde que empezasteis, es un trabajo enorme y también tiene su parte de marketing que conllevará mucho trabajo ¿cierto?.
—Sí, efectivamente, es bastante duro. Hoy en día estamos en un mercado sobresaturado, y es muy complicado sorprender. Pero es aún más complicado hacerlo desde la desmotivación. La gente valora que seamos diferentes, y eso se agradece muchísimo. Nuestra ilusión y pasión por la música es lo que nos mantiene, porque si no, ya lo habríamos dejado hace tiempo. Esta banda quema, quema de verdad, pero seguimos porque nos mueve la pasión.
Al final, que algo sea tan absorbente no solo a nivel psicológico, eso tú lo puedes gestionar y organizar, y si has elegido ese camino, pues tiras para adelante. Pero la verdad es que luego cuesta muchísimo vender entradas, y eso es frustrante. Hablaba con Robert dos semanas antes y decía: “Si supiéramos que van a venir mil personas y que al menos vamos a cubrir los gastos, trabajaríamos más motivados”.
Imagínate montar todo el tinglado que montamos siempre sabiendo que vas a perder dinero… con algo que te apasiona tanto, es muy frustrante. Afortunadamente, para la gente que ama el proyecto, nos desvivimos por él, por el grupo, y hacemos que de alguna manera siga adelante. Pero es duro, muy duro.
—(Y) Yo quería preguntarte por la producción. Hay bandas que, a día de hoy, recurren a empresas externas para montar todo. ¿Vosotros también habéis tirado de eso o lo hacéis todo vosotros mismos?
—Hacemos todo nosotros. La gente que forma parte de nuestro equipo y hace posible el concierto son amigos y familia, porque de otra manera no podría salir. Por un lado, es bonito porque todo está en familia: estamos rodeados de gente que queremos, y eso genera buen ambiente detrás del escenario. Es como estar con tu mujer, Robert con la suya y con sus hijos, amigos, amigos de los hijos… gente con la que pasamos los fines de semana normalmente.
Pero claro, muchas veces tiramos de ellos y nos sentimos mal, porque gran parte del trabajo que hacen no está remunerado como debería. Aunque obviamente cobran, el esfuerzo que implica todo esto es enorme; les debemos la vida. La única gente dispuesta a hacer esos sacrificios por la banda son personas que nos quieren de verdad.
Si lo pidiéramos a una empresa profesional, te dirían: “Vale, paga los gastos o dame dinero”, porque todos quieren cobrar por su trabajo, como todo el mundo claro.

—(I) Hablando ya del disco… hemos hablado del concierto, pero dejamos el disco en “Año Cero”, como un renacer. ¿Qué supuso realmente este punto de inflexión para considerarlo así?
—Creo que fue Eurovisión, en realidad.
Ahora mismo, analizando la entrevista, debe de estar pareciendo que estoy llorando todo el rato, pero en realidad… Lo que estoy haciendo es simplemente abrirme y ser totalmente sincera. Creo que eso es lo que necesitan las entrevistas. Podría haber dicho: “El concierto fue genial, todo el mundo se lo pasó súper bien”, pero lo que estoy exponiendo es la verdad, lo que suelo hacer siempre en las entrevistas para que la gente realmente conozca la movida.
Dicho esto, el punto de inflexión para nosotros fue Eurovisión. Llevamos mucho tiempo con el objetivo de participar, porque creemos que tenemos un proyecto versátil capaz de llegar a públicos en España que aún no nos conocen, y pensamos que también nos podía abrir puertas a nivel internacional.
Fuimos para allá, y os resumo un poco la historia por si no la conocéis. En 2023 participamos en Benidorm Fest y quedamos en un magnífico cuarto lugar. Fue una experiencia increíble: aprendimos muchísimo, hicimos nuevos contactos, y todo fue súper positivo.
Nuestro objetivo al año siguiente era Eurovisión, así que volvimos a enviar una canción a Benidorm Fest con la esperanza de repetir el éxito, sabiendo que era complicado. Blanca Paloma lo había logrado el año anterior, así que dijimos: “Si ella pudo, nosotros también podemos intentarlo”.
Al final, nuestra canción no fue seleccionada para España, y nos sugirieron probar con San Marino. A pesar de ser un país pequeño, su preselección abre puertas a artistas internacionales. Contra todo pronóstico, fuimos allí y ganamos la final, lo que nos permitió ir a Eurovisión.
Ahí fue cuando recibimos el gran golpe: a diferencia de otros países, como España, allí no contábamos con subvención ni apoyo financiero. Tuvimos que cubrir prácticamente todos los gastos nosotros mismos, hipotecando parte de nuestra carrera . Y de esto nos enteramos después claro. Pero dijimos: “Para adelante, hemos venido a jugar y vamos con todo”. Fue una experiencia dura, muy dura, porque desde el momento en que pusimos un pie en Suecia, vimos que estábamos a años luz de las otras delegaciones. Psicológicamente, fue un golpe enorme.
Cuando llegamos a la final, ni siquiera pudimos conectar con todo el público al que queríamos llegar. Volvimos a casa totalmente desmotivados, y personalmente yo no tenía ganas de subirme a un escenario nunca más. Sentíamos que habíamos alcanzado un gran objetivo y, al mismo tiempo, nos habíamos llevado la peor hostia de nuestra vida. Lo que creíamos que nos podía abrir puertas y cambiar nuestra trayectoria, en realidad no resultó como esperábamos.
Nos habíamos hecho muchas ilusiones pensando que esto nos ayudaría a seguir creciendo, pero la experiencia nos enseñó otra cosa. Quizá es el precio de haberse volcado tanto tiempo en algo; esto de San Marino fue un aprendizaje desde un lugar que no nos gustó del todo. No nos gustó cómo fueron las cosas, aunque obviamente estamos agradecidos y felices de haber vivido la experiencia, porque no es algo que muchos hayan hecho.
El problema fue que volvimos desmotivados, sin haber ganado el público que esperábamos. Además, nuestro público metalero de siempre se había desconectado un poco, porque habíamos estado tan centrados en Benidorm Fest y Eurovisión estos años que algunos fans de antes nos habían perdido de vista. Fue un golpe doble: por un lado la frustración y por otro, sentir que habíamos perdido nuestra base de fans.
En ese momento, dijimos: “Hasta aquí hemos llegado”. Habíamos disfrutado del camino, pero parecía que no había más opciones. Sin embargo, poco a poco empezamos a ver la luz. Empezamos a trabajar en algunos temas sin presión y nos dimos cuenta de que no podíamos dejar este disco guardado. Nos estaba gustando demasiado y nos daba mucha rabia no poder compartirlo con la gente.
Decidimos volver a nuestras raíces: trabajar sin preocuparnos por el “qué dirán”, hacer lo que realmente nos apetece, 100% honestos con nosotros mismos y con nuestra música. Así es como renacimos, y por eso decidimos llamar al disco Año Cero: un renacimiento, un punto de partida desde donde somos realmente nosotros, con la gente que queremos a nuestro lado.
No te pierdas la parte 2 de esta entrevista en la que hablaremos en profundidad del disco, la producción, el uso de la IA en la música y mucho más…
Mi nombre es Irene, y todo el mundo me conoce por mi apellido Kilmister adquirido por el que ha sido y será mi mayor ídolo en esta vida. Lo cierto es que yo empecé en esto de la fotografía sin pensarlo mucho. Era la típica amiga de la cámara, pero de que me quise dar cuenta me propusieron entrar a colaborar en un medio profesional en 2017 y desde ahí he pasado de ser esa amiga de la cámara a evolucionar y coinvertirme en lo que conocéis ahora.
Apasionada de la música en todos sus géneros y amante de la lectura y los conciertos, aunque mi verdadera profesión no tenga nada que ver con todo esto.
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