La juerga escatológica de Gutalax conquista Barcelona

Gutalax

11 de octubre de 2026

Sala La Nau, Barcelona

Organiza: Aurum Booking

Redactor: Marc Fernández

Fotos: Marc Fernández

 Hay bolos a los que se acude con la devoción cuasi religiosa de escuchar una obra maestra en una catedral, y luego está lo que propone Gutalax. Intentar explicar un directo suyo analizando cada tema de forma individual es como intentar describir un sueño febril o una alucinación lisérgica a alguien que jamás ha pisado un pogo: le falta el olor, el contexto, el calor humano y la absoluta locura colectiva.

 

Lo vivido el pasado domingo 11 en Barcelona no se cuenta de manera convencional; se sufre, se baila, se suda y se ríe hasta la extenuación. No estamos ante una actuación musical al uso, sino ante un bloque compacto, una apisonadora de porno gore festivo que se degusta de principio a fin como una experiencia catártica completamente irrepetible.

 

Si has leído alguna de mis otras crónicas, muchas veces empiezo diciendo “Metal Paco va a X bolo de metal moderno”, y aunque esta vez no fui a ver a “emochos” en chándal, la experiencia fue similar. Adoro el metal progresivo, los álbumes conceptuales y etiquetas como la vehemente Thinking Man Metal. Pero el pasado domingo decidí abrirme a una experiencia total y absolutamente diferente. ¿El resultado? Sencillamente increíble.

 

Desde el momento en que crucé las puertas de la sala, supe que las normas habituales del directo de rock o metal habían quedado abolidas en el guardarropa. Aquí no hay espacio para la pose forzada ni para el aburrimiento contemplativo.

 

Desde el primer segundo con trallazos de apertura como “Assmeralda” o “Nosím místo ponožky kousek svojí předkožky” (si algún checo está leyendo esto, ya os vale, ¿no?), el show dejó meridianamente claro que nadie había venido a mirar el suelo con los brazos cruzados.

 

El vocalista (Martin «Maty» Straka para los amigos) tiró del carro con un carisma absolutamente arrollador, un imán escénico descomunal que conectó al instante con la masa y convirtió cada gruñido de ultratumba en una invitación colectiva al desmadre sin frenos. Fue una auténtica fuerza de la naturaleza sobre las tablas, gesticulando, riendo y dirigiendo el cotarro con la complicidad de un maestro de ceremonias de cabaret grotesco.

 

No sé si soy el único, pero por algún motivo me recuerda mucho a Seth, el personaje que interpreta Jonah Hill en “Supersalidos”, lo que sumado a su carisma y buen rollo no hace sino convertir cada uno de sus gestos en una invitación a la fiesta.

 

Mirar a tu alrededor en la sala era un ejercicio de estupefacción maravillosa y comunión absurda: el público estaba entregadísimo hasta límites insospechados, con una cantidad obscena de asistentes disfrazados mimetizados al 100% con la propia banda. El pack completo incluía: monos blancos de protección, máscaras de gas y accesorios imposibles.

 

Tampoco faltaron, cómo no, el clásico e infaltable toque surrealista marca de la casa: varias escobillas de váter surcando los aires como si fueran jabalinas de feria en plena verbena popular. El ambiente que se respiró en el concierto fue totalmente inigualable; el público fue, sin discusión, el rey indiscutible del buen rollo. Cero gilipolleces, cero actitudes de macho alfa en la primera fila y pura hermandad guarra con sonrisas de oreja a oreja mientras te aplastaban amistosamente en el moshpit.

 

Musicalmente, la maquinaria checa funcionó con la precisión de un reloj suizo de la escatología más bailable. En una cita como esta, tirar de un repertorio tan macarra donde se enlazaron joyas del calibre de “Poopcorn”, “Buttman”, la vacilona “Fart and Furious” o esa locura colectiva en la que se convirtieron “We Are What We Shit” y “Shitbusters” resultó una garantía absoluta de colapso físico.

 

Aunque los títulos sonaran inevitablemente a broma pesada de vestuario de rugby en su peor día, la realidad fue que el orden de los factores no alteró en absoluto el producto final: la base incesante de blast beats hiperbailables de retrete te obligaba inevitablemente a mover el esqueleto, diera igual si a tu alrededor olía a cerveza caliente, a sudor acumulado o a lo que fuera que flotara en ese microclima tan peculiar.

 

Si algo vino a demostrar esta última y aplastante visita de los checos a la Ciudad Condal fue que el crecimiento del fenómeno Gutalax es totalmente exponencial a lo bizarro de su propuesta. Cuanto más absurdos, divertidos y extremos se mostraron sobre las tablas, más los adoró una parroquia devota que no dejó de sumar adeptos.

 

Y aunque uno espera fervientemente que no cambien ni un ápice su fórmula secreta a base de humor de brocha gorda, riffs machacones y desenfreno, quedó en el ambiente un vaticinio clarísimo: se les empezó a quedar claramente pequeña la sala. La próxima vez que aterricen por tierras catalanas, su sitio natural va a ser petar por todo lo alto el Razz 2.

 

Al final, haciendo balance de la noche, quedó claro que fueron, sin lugar a dudas, el grupo más divertido que había visto en directo en muchísimo tiempo. Una bendita y sucia locura de la que uno sale sordo, físicamente destrozado, pero con una sonrisa de oreja a oreja y unas ganas locas de volver a embarcarte en el siguiente fango, todo concentrado en un bolo de apenas 80 minutos que se lo llevó todo por delante.

 

 

 


Descubre más desde Stairway to Rock

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta