Aunque pueda parecer sumamente exagerado… hay quien considera “Chlorine and Wine” una canción comparable al “Boheman Rhapsody” de Queen. Obviamente son palabras mayores, pero cuando Baroness sacaron sus cuatro primeros discos, de verdad que un servidor creía que estábamos ante uno de los grandes fenómenos musicales. Y bueno… es que John Dyer Baizley me parece un genio, pero sus dos últimos discos han enfriado mucho las expectativas. Como suele suceder… las estas terminan devorándote.
Las “canciones perfectas” suelen tener minutaje, y juegan con la literatura en su estructura, y eso se entiende por introducción, nudo y desenlace. Uno de los grandes gurús de la música progresiva me dijo en una entrevista que el prog era empezar una canción y que no sepas hacia dónde irá. Por lo que obviamente tendremos que considerar que “Chlorine and Wine” es una canción progresiva, pues nadie puede llegar a pensar que sea un clímax sostenido que avanza y termina en lo más alto.
“Chlorine and Wine” es del disco Purple de 2015 y es el disco favorito de muchos de sus fans. En su día fue “Shock Me” el single, pero pronto la canción que nos ocupa fue la que se fue imponiendo y quedando como el gran clásico. Gina Gleason todavía no había entrado en el grupo y era Pete Adams quien llevaba la guitarra solista. Sebastian Thomson a la batería consigue una de las demostraciones técnicas totales y también grabó los coros finales junto al resto del grupo.
La canción
El inicio de la canción es sencillamente elegante y delicado. El trabajo de la batería de Sebastian Thomson es una absoluta barbaridad, pero es que la línea vocal cantada por John te atrapa de buenas a primeras para no dejarte hasta el final. La maestría del avanzar con un mismo ritmo y hacer de él ejercicios de combinatoria musical son sencillamente espectaculares. Y la guitarra de Pete Adams es absolutamente Brian May en los fraseos. Embellecen de una forma exquisita algo que aparentemente parece sencillo y mantienen su sello de sludge metal.
Hay brumas, vastas extensiones sonoras y una especie de limbo exquisito de felicidad hasta que vuelve a cantar el líder en uno de esos estribillos perfectos. La magia sale a borbotones cuando todas las voces se unen a coro para elevar la pieza a otro nivel en el que brillan especialmente la batería de Thomson, toda una demostración de técnica y sensibilidad, esa guitarra que, repito, parece inspirarse en el mejor Brian May. Y si hablamos de Queen, obviamente tiene que haber un teclado… Es sino el piano de Nick Jost el extra que lo eleva todo a los altares. Y cuando ves el vídeo a todo el grupo formando en semicírculo y cantando con Dyer cruzado de brazos… transmiten fuerza, hermandad y felicidad.
La letra
Cuando Jordi me habló de esta canción y de lo que le evocaba su letra, de manera casi inmediata me vino a la mente Mar adentro. Me pregunto si los autores pensaron en la eutanasia durante la génesis del tema; probablemente no, pero tuve ese destello revelador que conectó ambas obras de forma instintiva. La letra presenta una voz profundamente vulnerable que parece debatirse constantemente entre el cuidado y la invasión, entre el deseo de alivio y la pérdida de control, entre el bien y el mal.
Aparecen dos figuras opuestas (la enfermera y el doctor) que funcionan como metáforas de las autoridades destinadas a sanar, pero que aquí resultan incapaces o incluso dañinas. Cuando se dice que “corta la caja torácica” o que “empuja las pastillas en los ojos”, no se describe un acto literal, sino una medicación forzada o una anestesia emocional: los sentidos y la percepción son alterados para silenciar el dolor más profundo.
Las referencias a un sabor “más dulce que el cloro y el vino” sugieren una evasión anhelada, quizá ligada a drogas o fármacos que ofrecen un consuelo momentáneo. El “cable que conduce a la mente” se convierte en una poderosa imagen de una conciencia atrapada, inaccesible incluso para quienes intentan curarla.
El invierno simboliza un estado emocional de vacío o depresión, frente al cual el hablante reconoce una dependencia creciente: “pediré más”, señal de una necesidad que nunca llega a saciarse. Dejar de nadar y salir de la marea implica rendirse, abandonar la lucha y aceptar una pasividad incómoda.
Curiosamente, la canción prescinde de una estructura clásica de estrofas y estribillos. Solo se repite dos veces un mismo pasaje, donde la rosa negra emerge como símbolo central: una belleza oscura que encarna deseo y destrucción a partes iguales. En la cama y en la vena representa amor, adicción o muerte. El ruego final de no ser “tendido bajo las rocas” expresa el miedo al olvido y a una muerte simbólica, y el deseo de permanecer encendido “convertido en fuego” en la mirada del otro.
Veredicto
Cuando crees que en el heavy metal está todo dicho y que el futuro va a ser de bandas tributo y revivals, te topas con algo tan especial como el “Chlorine and Wine” de Baroness y percibes que el mundo se te vuelve a abrir y a ofrecer piezas maestras capaces de estar alineadas con los tiempos actuales. Esto es una maravilla, una canción atemporal que pasará a la historia y que a día de hoy no es percibida como lo que realmente es (todavía). Casi dos millones de visitas en Youtube y unos comentarios que la ensalzan la contemplan.
El problema que tenemos muchos de sus fans, es si podrán ser capaces de brindarnos algo tan grande otra vez. Bandas como Gojira o los propios Baroness abrieron una vía hacia terrenos inexplorados, pero que los de Chicago no consiguieron ese reconocimiento que sí tienen los franceses (y muy merecido). Pero personalmente me duele que el grupo no haya llegado a ser lo que apuntaba de inicio. Sigo esperando cosas muy grandes de Baroness, pero posiblemente no veremos nunca algo tan grande como ”Chlorine and Wine”.

Licenciado en INEF y Humanidades, redactor en Popular 1, miembro fundador de TheMetalCircus y exredactor en webs y revistas como Metal Hammer, Batería Total, Guitarra Total y Science of Noise. Escribió el libro «Shock Rock: Sexo, violencia y teatro». Coleccionista de discos, películas y libros. Abierto de mente hacia la música y todas sus formas, pero con especial predilección por todas las ramas del rock. Disfruto también con el mero hecho de escribir.
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